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La Opinión de A Coruña

Ana Bernal Triviño

Las trabajadoras domésticas

Recuerdo que cuando firmé mi primer contrato (a pesar de su precariedad) uno de los logros era que, por cotizar, el día de mañana podría tener una pensión o poder solicitar desempleo. Aquello, siendo mujer, era ya un primer alivio. Muchas madres, que nunca tuvieron esos derechos, nos hicieron conscientes de ello. En cambio, en ese mismo tiempo, centenares de mujeres eran consideradas trabajadoras de segunda en uno de los trabajos más sacrificados y menos reconocidos, a pesar de que las empleadas de hogar fueron personal esencial durante la pandemia y sin ninguna protección. Pero fue ahí donde muchas personas abrieron los ojos a las condiciones de semiesclavitud de sus trabajos, sobre todo, las que están internas. Hablaban con miedo, con sus voces distorsionadas o sus rostros tapados en televisión, porque había quienes se aprovechaban, además, de que fueran inmigrantes para amenazarlas más.

España, al fin, ha ratificado el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Supongo que, de ser un sector masculinizado y con otro tipo de empleo, se hubiesen acelerado los trámites. El propio Tribunal de Justicia de la Unión Europea concluyó que España negaba el paro y otros derechos laborales a estas trabajadoras, por una “discriminación por sexo”. Que a lo largo de la historia se adjudicara a las mujeres el hogar y los cuidados ha impedido su reconocimiento. También su identidad, y de paso, mermar su autoestima. Cuatro de cada diez trabajadoras del hogar en España cobran menos del salario mínimo. Según diversos informes, cerca del 40% ha trabajado sin contrato. Ya me dirán cómo puedes vivir así. Y con fortuna de que, quienes te contraten, no te miren por encima del hombro.

Sexo y raza han sido dos puntos clave en esta discriminación. Ser mujer e inmigrante ha sido muy rentable para quienes nunca las consideraron trabajadoras, pero muy dañino para ellas. Han tenido que soportar más pobreza, callar situaciones de acoso (incluido el sexual) o sufrir violencia de género por su precariedad económica o administrativa. Frente a los debates necesarios sobre los techos de cristal, ellas hablaban de los suelos pegajosos. Ahora, ellas sí que han roto un buen techo, el de unos derechos que parecían inalcanzables frente a un sistema que las marginaba porque le convenía. Ellas han representado el feminismo que busca soluciones para sus vidas entre todas. Y ese es el feminismo útil.

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