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La Opinión de A Coruña

José Manuel Ponte

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José Manuel Ponte

Cuando la guerra ya no es noticia

A medida que la guerra en Crimea se hace más salvaje, más cruenta y más destructiva, las noticias sobre lo que allí está pasando empiezan a escasear y rara vez merecen honores de primera plana. En los primeros días del conflicto la atención mediática fue tan intensa como extensa. La brutalidad de los combates y la huida de millones de ciudadanos a los países vecinos, en un éxodo doloroso, ocuparon todo el espacio. ¿Quién era tan duro de corazón para no conmoverse ante las imágenes de este éxodo? Y llevándose con ellos las modestas pertenencias que les correspondería transportar, muchas de ellas perfectamente inútiles en el lugar de destino. Un desgarro familiar trágico porque mientras las mujeres y los niños eran autorizados a refugiarse en lugar seguro, los hombres eran reclutados para combatir con el Ejército ucranio. Según los medios de comunicación de masas, el culpable absoluto de esta tragedia humana era Vladímir Putin, un antiguo jefe de espías del KGB soviético, un hombre despiadado, que algunos tertulianos llegaron a comparar con Stalin. El objetivo al invadir Ucrania fue cumplir una antigua aspiración del imperio zarista y del imperio soviético respecto de la península de Crimea y de los territorios ribereños del mar Negro que garantizan la salida al mar Mediterráneo de la flota rusa. Esto es una aspiración rusa irrenunciable y todos los escolares que dimos Historia con don Carlos Seoane Rico nos lo sabemos de memoria. La primera parte del conflicto bélico nos hizo creer que las fuerzas armadas ucranias habían conseguido frenar y luego retroceder a los rusos, gracias a su moral de combate, al conocimiento del terreno y a la heroicidad de la tropa reclutada. Todo lo contrario de sus oponentes, poco profesionales y asustadizos, que obligaban a la oficialidad a ponerse al frente de la soldadesca para impedir que desertaran. Un comportamiento que desmerecía del libro de estilo impuesto al legendario Ejército Rojo que, al mando del mariscal Zhúkov, derrotó definitivamente a la Alemania de Hitler. Pero además de todo eso y de la superioridad moral de los “buenos” frente a la vileza de los “malos”, los ucranios tenían un arma secreta, el presidente Zelenski. Un actor cómico devenido en político, que despertó la admiración de sus conciudadanos y del resto de la humanidad con sus valientes mensajes. Vestido siempre con lo que parece un pijama de sufrido color verde, Zelenski ha sabido despertar la conciencia de lo que llamamos “Occidente”. Es decir, Estados Unidos, la OTAN y los Cinco Ojos anglosajones (Gran Bretaña, Australia, Canadá, Nueva Zelanda y EEUU). Con esa voz ronca, como de superviviente de una juerga con mal despertar, el actor ucranio se ha convertido en una estrella de la televisión. Sus discursos, en lo que se llamó la “pequeña pantalla” antes de que las “macropantallas” invadieran unos pisos cada vez más diminutos, fueron especialmente persuasivos. Pidió armamento pesado para combatir mejor a los rusos y todos los países “satélites” de Estados Unidos se apresuraron a cumplirle su carta a los Reyes Magos. Ahora nos cuentan que la guerra va para largo. Se supone que hasta que los fabricantes de armas se den por satisfechos.

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