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La Opinión de A Coruña

Juan Gaitán

Días de levante

Sopla levante fuerte en este sur que habito y que me habita. Lleva días así, encabritando sus caballos, sacándolos a correr al azul. Por lo visto, este levante gigantesco, indomable, tiene la culpa de la ola de calor que hace arder Iberia a casi cincuenta grados.

Alguna vez he dicho que la gente del rebalaje, los que vivimos frente al mar, siempre estamos pendientes de los vientos, esos grandes locos que nos hacen enloquecer (en Cádiz, cuando sopla levante, dicen que los majaras se disparatan).

Cuentan las viejas historias que los pilotos del más famoso califa abasí de Bagdad, Harún al-Rashid, (entre quienes se encontraba el mítico Simbad, con quien hice hermandad eterna en lo más temprano de mi infancia), veían la cara de los vientos y supieron ponerles nombre. Yo he oído que en Galicia llaman “tumba loureiro” al viento del norte, por su predilección por arrancar el laurel. Parece que incluso la novela Viento del norte, de Elena Quiroga, con la que ganó el premio Nadal, tuvo como primer título Tumbaloureiro. Los antiguos griegos creían que este viento fecundaba las yeguas, y se dice que los Turios, cuatrocientos años antes de Cristo, lo hicieron conciudadano, concediéndole casa y tierras de labor, por levantarse en temporal justo cuando una flota enemiga se disponía a atacarlos, dispersándola.

Al otro lado del país, donde España linda con el que los habitantes de sus costas han llamado siempre “mar en medio de las tierras” (Mar Medi Terraneum en latín, Mesogeios Thalassa en griego, al-Baḥr al-Mutawāsi en árabe, literalmente “mar intermedio”, y “Mar Blanco”, Ak Deniz, en turco, por oposición, seguramente, al mar Negro), el levante es un viento macho y marinero, que cuando se desboca, muerde la orilla y la arrastra hasta el fondo. Pero otras veces, cuando viene callado, se echa tranquilo sobre la ciudad con una luz acuosa, leve de bruma y algo salobre, tiñendo las calles de una claridad vaporosa, aquietando las olas en la playa, mojando los sueños de las muchachas y dejando un aroma de sal y espuma.

Y cuando el levante se agota, cansado de galopar y de comerse la playa, deja pasar al poniente, que siempre viste de azul índigo y vuelve nítida la luz. Lo que tiene el levante de avaro lo tiene el poniente de pródigo. Todo lo que quitó el uno lo devuelve el otro. El poniente es por eso un viento para regresar, mientras el levante invita siempre a la partida. Yo creo que al levante le gusta aventurarse en los anchos valles del mar, alborotándolos, mientras que al poniente le place más llegar a la playa y descansar un rato al sol, como quien ha vuelto a casa tras un largo viaje. Lo esperamos, ansiosos, con la ventana abierta.

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