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La Opinión de A Coruña

Carles Francino

Las cosas claras

Siempre me gustó este dicho, que reivindica llamar a las cosas por su nombre. Y la verdad es que las cosas no son tan complicadas como a veces pensamos. Estos días, por ejemplo, hemos confirmado que existen recetas progresistas para intentar capear el temporal económico. Gustarán más o menos; pero haberlas, haylas. Son, simplemente, medidas que priorizan la protección a los más débiles, aunque las dudas sobre su efectividad y las desesperantes peleas internas en el seno del Gobierno les hayan puesto sordina. También nos ha quedado claro que los gigantes de la economía, sean bancos, eléctricas o petroleras, suelen padecer algún tipo de atrofia muscular que les dificulta arremangarse cuando se trata compartir daños en una crisis.

La sobreactuada reacción de las bolsas ante el anuncio de impuestos especiales para reducir un pelín sus beneficios recordaba al chiste del dentista, que cuando está a punto de entrar a saco en boca ajena, nota la mano del paciente en sus partes nobles mientras este le susurra: “No nos haremos daño, ¿verdad?”. Tampoco pueden existir muchas dudas sobre la tara congénita que arrastra el Partido Popular con su uso torticero del terrorismo. Que 10 años después de la desaparición de ETA insista una y otra vez, confirma que necesita asistencia médica. Y moral. Porque escuchar en el Congreso que el espíritu de resistencia cívica que generó el asesinato de Miguel Ángel Blanco es el mismo que enarbola el PP para oponerse al gobierno de Pedro Sánchez, eso roza el guerracivilismo. Claro que también estos días nos hemos quedado al borde del vómito al escuchar, sin anestesia y de manera absolutamente descarnada, cómo se cuecen operaciones de acoso y derribo en las que participan periodistas y directivos de medios de comunicación. Nunca me gustó generalizar. Por eso celebro que, aunque sea solo de vez en cuando, se despejen las dudas. A partir de ahí, que cada uno actúe como le dé la gana y que cada palo aguante su vela. Pero las cosas, claras. Y el chocolate, espeso.

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