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La Opinión de A Coruña

Juan Gaitán

Para un incendio

Cuentan las viejas crónicas que Séneca, describiendo el gran incendio de Roma, que arrasó la ciudad durante el verano del año 64, precisó: “No ha quedado ni para otro incendio”. Y me acuerdo de esa frase del sabio cordobés cuando me sorprendo a mí mismo pensando que en España, de seguir como vamos, no quedará ni para otro incendio ni para otro verano.

Arden los montes por todas partes, casi se diría que arden todos los montes. España es un incendio y todo acabará en un yermo campo de pavesas. “Ceniza será mas no tendrá sentido” podría decir Quevedo, porque ¿qué sentido tiene quemar el bosque? Moreno Villa aseguraba en un hermoso poema que “el fuego es cosa celeste”, pero en esto no concordamos pese a ser paisanos en tantas cosas, porque casi todos estos incendios tienen un indudable linaje humano.

El fuego (uno de los cuatro elementos esenciales junto con el aire, el agua y la tierra), simbólicamente está ligado al cambio y la transformación. Según Gastón Bachelard, filósofo, epistemólogo, poeta, físico, profesor y crítico literario francés, “el fuego es un fenómeno privilegiado que puede explicarlo todo. Si todo aquello que cambia lentamente se explica por la vida, lo que cambia velozmente se explica por el fuego. El fuego es lo ultra-vivo”. Y, sin embargo, cuánta destrucción lleva en sí.

¡Es tan ancestral la fascinación del hombre por el fuego! Entre los símbolos que forman parte del imaginario común no hay ninguno que, como él, contenga al mismo tiempo, y de una manera tan balanceada, la formula vida-muerte, muerte-vida, porque es un elemento polivalente que lo mismo va ligado al bien que al mal. El fuego, como muy acertadamente dice Hans Biedermann en su célebre Diccionario de símbolos, es el único de los cuatro elementos que el hombre puede producir, “y eso lo equipara a los seres superiores”. Sí, exactamente, a los dioses y también a los demonios. Con el fuego creamos y destruimos, y así pasa de representar la plenitud a manifestar el vacío.

En uno de sus certeros versos, Jorge Luis Borges da las gracias “por el fulgor del fuego, que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo”. Plutarco afirmaba que no hay nada más semejante a un animal que el fuego, y yo a veces en el hogar, en una noche de invierno, he tenido la intuición de que al fuego le gusta escuchar relatos, porque cuando alguien comenzaba a contar una buena historia lo he visto despertar, poner atención y alzar llamas más vivas.

Pero, en su parte desbocada, esta que recorre nuestros montes construyendo páramos, es un adelanto del infierno, que no por casualidad es representado como un lugar donde eternamente queda para otro incendio.

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