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La Opinión de A Coruña

La insoportable levedad del ‘streaming’

Poco le ha durado el tirón a El agente invisible. Quince días después de su estreno la película se había diluido casi por completo en la conversación. Es un ejemplo más de lo efímera que es la vida de las películas estrenadas en plataformas de streaming, digeridas y expulsadas de nuestro circuito neuronal casi tan rápido como se han consumido. Semana tras semana caen en el olvido producciones a las que se ha dedicado tiempo, trabajo y recursos, arrastradas por un ciclo comercial tan fugaz que difícilmente estarán en condiciones de recuperar lo invertido.

Que nadie parezca estar interesado a estas alturas en El agente invisible es preocupante, especialmente si se tiene en cuenta un detalle: es la película más cara que Netflix ha producido hasta la fecha. De poco han servido los 200 millones que se invirtieron en hacerla, poner al frente a directores de renombre (los famosos hermanos Russo), el reparto de primer nivel que la protagoniza (encabezado por Ryan Gosling, Chris Evans y Ana de Armas) y la ambiciosa campaña de márquetin y promoción mundial que la ha acompañado. Los resultados han sido muy modestos. Según datos difundidos por la propia compañía a través de su site Netflix Top 10, la película ronda los 100 millones de horas vistas. Esto supondría, para una película que dura 122 minutos, que 50 millones de hogares la hayan visto de principio a fin (es decir, una cuarta parte de los suscriptores totales de la plataforma). La cifra se ha quedado muy lejos del récord de Alerta Roja, el mayor éxito cinematográfico en la historia de Netflix. Esta cinta de acción, protagonizada por Gal Gadot, Dwayne Johnson y Ryan Reynolds, cerró sus primeros 28 días en la plataforma con 364.020.000 millones de horas vistas, cuatro veces más que la película de los Russo.

El streaming ha traído innumerables ventajas a nuestras vidas. Las plataformas ofrecen un acceso cómodo a una cantidad muy abundante de títulos, muchos de ellos de estreno exclusivo, a un precio asequible. Pero, en paralelo, han surgido unos cuantos inconvenientes. En esa locura por intentar que el suscriptor no cancele la cuenta, estos servicios han entrado en una batalla absurda (e insostenible) por tener el catálogo más atractivo y amplio posible. Es ahí, en el volumen inabarcable, en donde radica parte del problema. El poder escoger a partir de una oferta abundante ha eliminado de un plumazo la expectativa que antes generaba la espera de una oferta mucho más limitada. Ahora siempre tenemos algo nuevo que ver. Las plataformas nos han lanzado de cabeza a una rotación tan frenética de novedades que es francamente difícil que todo cuanto vemos consiga asentarse en nuestra memoria como algo relevante. La película cuyo estreno nos llamó tantísimo la atención se convierte rápidamente en un recuerdo difuso porque, a la semana siguiente, otros tantos estrenos pelean de nuevo por nuestra atención. Y si se nos escapa el tren el fin de semana, el producto se convierte en algo viejo, falto de esa chispeante novedad a la que la dopamina nos ha vuelto adictos.

La relevancia de antaño se construía con un puñado de estrenos que tenían un mecanismo sencillo para llamar nuestra atención. Lograban su sitio porque disponían de tiempo y espacio para importarnos y para generar el oxígeno de una larga vida comercial: el boca a oreja. Lo que antes se planteaba como el taller de un artesano se ha convertido en una cadena de montaje con una salida de producto constante. La huella de lo que acabamos de ver desaparece bajo el siguiente producto que nos pone delante la plataforma de turno. La sociedad de la abundancia ha multiplicado nuestras opciones pero ha transformado la forma en la que apreciamos las cosas, la manera en la que estas perduran, nuestra capacidad para recordar y también de anhelar.

La máquina de ficción rápida patentada por Netflix se ha desbocado. Y es un problema, porque ni el bufé más abundante del mundo logrará satisfacernos a largo plazo si el regusto que deja es insulso. Crear fenómenos con un mínimo de persistencia en la era de la oferta inagotable jamás había sido tan difícil y necesario para sobrevivir.

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