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La Opinión de A Coruña

Matías Vallés

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Matías Vallés

Marilyn Monroe tuvo una muerte de autor

Cualquier excusa es buena para conmemorar la muerte de Marilyn Monroe, a quien nadie se atrevería a llamar por su apellido artístico en otro indicio de patrimonio colectivo. De un mito se aprovechan hasta las efemérides más impostadas, en este caso los sesenta años de su reaparición más que desaparición, el nacimiento de su inmortalidad. Los canonistas han demostrado que no necesitó un cuerpo perfecto para ser un ídolo perfecto, aunque cuesta divisar las inexactitudes físicas en el volcán que incendió a todas las personas que se cruzaron en su camino. Su labor dinamitera no se detuvo en los vulgares estadounidenses. Equilibrados europeos como Laurence Olivier o Yves Montand también quisieron dejarlo todo para seguirla.

Marilyn, desnuda ya de apellido, tuvo una muerte de autor. A nadie le tiembla el pulso a la hora de asociar a John Kennedy y Robert Kennedy con su desaparición, a falta de deshacer el enigma sobre una decisión fraternal conjunta o una iniciativa que adoptaron por separado. De hecho, las biografías más atrevidas desvinculan del suicidio a los hermanos. Era difícil que la actriz sobreviviera a una rendición del Happy Birthday que parecía interpretada en la cama junto a su destinatario presidencial, en lugar de tener como escenario a un Madison Square Garden escandalizado.

El Feliz Cumpleaños fue en mayo, Marilyn se suicida aparentemente en agosto. La foto de los Kennedy, incómodos y ruborizados junto a su musa tras la canción, demuestra que la suerte está echada. Parece que le están comunicando la condena, seis años antes de que los tres seductores especímenes desaparecieran de escena en circunstancias violentas y muy por debajo de su esperanza de vida. Frente a los dos aristócratas católicos y bostonianos, la actriz sigue encarnando la “elegante vulgaridad” que le atribuía Billy Wilder, y que contribuye esencialmente a que Con faldas y a lo loco sea una cumbre de la risa humana.

En la efemérides es superfluo discutir si Ana de Armas ejecuta a una acertada Marilyn Monroe en la película rodada a partir de la novela de Joyce Carol Oates, porque todas las actrices ambiciosas pretenden emular el impacto de la diosa. Además, a la hispanocubana le convenía rodar alguna película sin Daniel Craig. Y ha aportado la excusa perfecta para seguir hablando de una Marilyn que la tradición decreta huérfana de sucesoras. No es cierto, la heredó otra mujer que fue la más deseada y la más desgraciada del mundo con muerte prematura, Lady Di.

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