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La Opinión de A Coruña

Antonio Papell

Un invierno difícil

El pasado 24 de agosto, cuando se cumplían seis meses del inicio de la guerra de Ucrania, la ministra de Defensa, Margarita Robles, declaraba que, aunque no hay forma de saber hasta cuándo durará el conflicto, las perspectivas son “muy pesimistas” ante un invierno largo, complicado y “durísimo”. “Hay que estar preparados para lo que pueda ocurrir”.

Dos días después, el presidente francés, Emmanuel Macron dejaba de minusvalorar los retos de futuro y se sumaba a la corriente de pesimismo con duras palabras: “Creo que asistimos a una gran convulsión, a un cambio radical. En el fondo, lo que estamos viviendo es el fin de la abundancia, de la liquidez sin coste”.

Según Macron, la crisis energética y también la escasez de ciertas materias primas y de agua están sobre la mesa y habrá que tomar medidas al respecto. A juicio del francés, esta coyuntura “es también el fin de los tópicos. Si alguien pensaba que la democracia, los derechos humanos… marcaban el destino del orden internacional, los últimos años han hecho saltar por los aires algunas pruebas de ello”, dijo en referencia al auge de regímenes iliberales o autoritarios. El dirigente francés dijo que la guerra en Ucrania ha traído a Europa “el fin de la despreocupación” y añadió que “ante tales desafíos no tenemos derecho a esperar, a improvisar. Debemos proteger nuestro país con ambición, preservar lo que sea necesario y ayudar a los que lo necesitarán”.

En consonancia con esta posición, este lunes, la primera ministra francesa, Elisabeth Borne, presentó las grandes líneas de su plan de “sobriedad energética” del que se desprenderán paquetes de medidas para el ahorro, para garantizar el aprovisionamiento y para estimular la producción de energía.

Efectivamente, la guerra de Ucrania ha destruido muchos lugares comunes y nos ha obsequiado con ingratas constataciones de antiguas sospechas. En primer lugar, es mentira que la proliferación y/o el auge de regímenes iliberales sea inocua, como pensábamos hasta ahora. Ni Rusia ni ningún país que no respete los derechos humanos ni disfrute de un sistema representativo mínimamente democrático es de fiar. Merkel cometió el error garrafal de confiar en Moscú y de poner en manos de Rusia el principal abastecimiento europeo de energía. Pero, además, las grandes democracias occidentales deben reconsiderar sus planes a medio y largo plazo, no solo en el terreno energético-medioambiental (ambos aspectos del problema van unidos) sino también en el social.

Philippe Martínez, secretario general de la CGT, el principal sindicato francés, ha dicho que los comentarios de Macron estaban “fuera de lugar” porque muchos en Francia nunca habían conocido la abundancia. “Cuando se habla del fin de la abundancia, pienso en los millones de parados, en los millones de precarios. Para muchos franceses, los tiempos ya son difíciles, ya se han hecho sacrificios”, ha dicho Martínez en declaraciones recogidas por The Guardian.

Algo parecido podemos decir aquí. No es decente hablar de “abundancia” cuando un 21% de la ciudadanía española está en riesgo de pobreza, y cuando en el mundo menos del 1% de las personas tiene más patrimonio que el 99% restante (y la brecha ha crecido, en lugar de disminuir, con la crisis de 2008).

En resumidas cuentas, la crisis provocada por la guerra de Ucrania —todavía imposible de evaluar porque sus consecuencias dependerán de la duración e intensidad del conflicto— ha de obligar a precipitar la transformación energética que avance hacia la descarbonización, pero también es inaplazable la reforma social que proporcione una integración más rápida de los jóvenes en el mundo laboral, que reduzca a tasas ínfimas la desintegración social, que asegure a largo plazo a jubilados y dependientes una subsistencia digna, que garantice a todos la igualdad de oportunidades en el origen y el disfrute de servicios públicos universales y gratuitos.

Dicho esto, todo indica que nos aguarda un invierno difícil, pero no es sensato resignarse ante ello: además de usar la diplomacia para minimizar el conflicto desencadenante, la UE ha de avanzar en su conjunto por ese doble camino de la reforma energética y la reforma social. Hay que cambiar las cosas sin que el precio de la transformación recaiga en las espaldas de los menos favorecidos.

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