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La Opinión de A Coruña

Instrucciones de uso

“Diez cosas que debes saber de…”, “Lo que nunca debes decir a…”, “Diez cosas que debes evitar si…”, “Lo que siempre tienes que hacer antes de…”. Los periódicos, las revistas, las redes están llenos de artículos y listas de consejos. Desde los clásicos consejos cosméticos a instrucciones sobre actividades tan cotidianas como fregar una sartén, comprar tomates o invitar a alguien a un café. Todas ellas parten, por supuesto, de la premisa de que no sabemos cómo hacerlo, de que lo hacemos mal. Rematadamente mal, de lo contrario, tan sabios y útiles consejos no estarían formulados con el apremio y la solemnidad de quien te da instrucciones antes de emprender una peligrosa misión. Bueno, visto así, la vida cotidiana es una misión extremadamente difícil, un campo minado, donde cualquier paso en falso se paga caro, donde el enemigo, el error, acecha desde lugares insospechados.

Ya escribí hace un tiempo sobre el tema, si lo retomo es porque últimamente me ha llamado la atención una nueva forma que ha adquirido en algunos anuncios de televisión: los amigos impertinentes.

Así, por ejemplo, en un anuncio que se emite con cierta frecuencia, vemos a una pareja con unos amigos en la cocina. Hay copas sobre una encimera. Bien, parece que celebran algo. Error. Porque uno de los invitados levanta una copa, pero no para brindar, sino para echarle en cara a los anfitriones que las copas estén turbias. La anfitriona confiesa avergonzada que usa un lavavajillas de marca blanca. Es una confesión dura para la pobre, porque parecía tener en mucha consideración a ese producto, ya que vemos que, como si abriera un estuche en el que guardaba una joya valiosa, saca la botella de un armario en el que no había otra cosa. Los invitados mueven la cabeza consternados, no porque se den cuenta de lo descorteses que han sido, sino porque, además, les toca decirle que la joya era falsa.

Hay más anuncios con invitados impertinentes. En otro, esta vez de un limpiador de vitrocerámicas, los amigos (sí, aquí toca poner esta palabra en cursiva) son más pérfidos. Empiezan alabando algo que el anfitrión ha hecho bien. Gracias a ellos, por supuesto, porque primero le dicen muy ufanos “veo que has seguido mi consejo”. Deslumbrado por estas palabras, el anfitrión no tiene los reflejos de echarlos de inmediato, si no de la casa, por lo menos de la cocina, sino que sonríe satisfecho. Momento que los invitados aprovechan para darle la puñalada: sacan el arma que todo sabelotodo lleva siempre cargada, un pero. Así, mientras el anfitrión todavía está sonriendo, ¡zas!, “pero no me hiciste caso con lo otro”. Dedito acusador señalando los cercos en la vitrocerámica. Adiós sonrisa. Cuando estás deseando que los saque a patadas, primero de la cocina y después de su casa, aparece el producto. No recuerdo si los invitados lo llevan casualmente encima o ahora me lo estoy inventando. Si lo llevaban encima, era porque ya se imaginaban que iban a pillar al otro en falta. En ese momento te dan ganas de gritarle al protagonista del anuncio —porque es el protagonista, los otros son los malos— que se deshaga cuanto antes de esos amigos. Nadie necesita a gente así en su vida. Ponlo de patitas en la calle, borra sus números de teléfono del móvil, no contestes a sus mensajes. Fuera con ellos.

Pero volviendo a las listas de consejos, y a sus profetas, los amigos plastas, me digo que su proliferación tal vez tenga que ver con el hecho de que los cómos son un refugio, un consuelo cuando los porqués son tan complejos que se nos escapan. Así, mientras sigues sin entender muy bien las causas y las consecuencia de la guerra de Ucrania, hace rato que te perdiste con el tema de la ley trans, te llegan análisis contradictorios sobre el procés, sobre el auge de la ultraderecha en Italia y en Suecia, sobre el nuevo orden mundial… encuentras uno de esos textos en los que te explican cómo hacer algo y, con solo leerlo, tienes la impresión de que hay una parcela en el mundo, mínima, en la que tienes el control. Es una fantasía, por no tener no tenemos ni el control de nuestros armarios. Pero mientras vivimos en esa fantasía, el mundo parece tener un poco, un poquito de sentido, aunque solo sea porque ahora creemos saber cómo escoger un melón.

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