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Matías Vallés

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Sánchez y Feijóo luchan por el voto de izquierdas

Los políticos españoles van a descubrir el vértigo de verse gobernados por algoritmos, a veces denominados encuestas. La evolución de los sondeos decidirá la fecha de las elecciones, porque la inflación desbocada que surge de otra función estadística equivale a una moción de censura mensual contra el Gobierno, que priva a Pedro Sánchez de la libertad de programar su destino. El fotógrafo Cartier-Bresson cifraba la magia de su profesión en localizar el “instante decisivo”. La tarea adquiere proporciones hercúleas cuando ese momento viene impuesto por factores externos.

Sánchez y Feijóo luchan por el voto de izquierdas

Con subidas de precios siempre maquilladas por encima del cinco por ciento, la continuidad de Sánchez es inviable, de momento ya le han maniatado el calendario por mucho que presuma de imponer sus fechas. Una vez aclarado que las encuestas son una religión porque las personas que las siguen a pies juntillas no creen en ellas, queda por determinar el factor dominante en las próximas generales.

Sánchez y Alberto Núñez Feijóo, salvo que el PP tenga preparada otra sorpresa, van a disputarse el voto de izquierdas. Frente a la salmodia de que todos los males progresistas se deben a la abstención de sus feligreses, la migración hacia la derecha ya ocurrió con general sorpresa en Andalucía, donde la inofensiva apariencia de Moreno Bonilla rebañó las voluntades socialistas. De ahí el error del presidente andaluz al subvencionar a los señoritos de su tierra, con lo que pierde millones de euros y miles de votos prestados.

Aunque las percepciones personales no deban inmiscuirse en un artículo con pretensiones teóricas, ¿a cuántos conocidos y familiares de talante izquierdista ha descubierto traicionando en los últimos tiempos su fe progresista de palabra, obra u omisión? En una sublime ironía, los votantes incluso socialistas que han decidido apoyar a Feijóo tendrán que esperar. Este paréntesis es el principal obstáculo del candidato popular, porque los ciudadanos educados en la inconstancia desean victorias inmediatas. Así se explica que el PP acelere con una despreocupación próxima al negacionismo.

La francesa Emmanuelle Charpentier, premio Nobel de Química por sus tijeras genéticas, advierte contra la superficialidad digital que impide a las nuevas generaciones consagrar “ocho o nueve horas seguidas a un laboratorio”. Mantener en estado de excitación durante más de un año a millones de votantes volanderos es todavía más improbable, salvo que la insidiosa inflación les allane el camino al voto. De ahí que Sánchez se vea obligado a incrementar el voltaje de sus prestaciones, en tanto que a Feijóo le conviene relajar la tensión, bajar la pelota al piso para aplazar las expectativas.

Dado que el futuro de España depende de las encuestas, no viene de más detenerse en su balance provisional. Ateniéndose al estado de ánimo de la población, el PP aventaja a PSOE por un margen en torno a los cinco puntos, significativo pero no decisivo. Este panorama tiene la ventaja de auspiciar interpretaciones de cada bando favorables a sus intereses respectivos. El hiperactivo Sánchez de los últimos meses puede abonarse a su labor de frenado de la progresión de la derecha. A cambio, se le reprochará que no ha mejorado los porcentajes socialistas.

Quienes pregonan no siempre desde la obediencia partidista que el PP ha tocado techo en su actual configuración, olvidan un efecto colateral. El presunto desfallecimiento se derrama hacia la extrema derecha. Con Podemos más retirado de la competición que Federer, la coalición PP/Vox se aproxima a los 185 diputados que igualarían al hegemónico Rajoy de 2011. Solo un progresismo de perdedores puede reconfortarse con el desquite de que Feijóo no podrá dormir por las noches, con Santiago Abascal de vicepresidente.

Para no convertirse en la única pieza política publicada durante la última semana sin una mención al tsunami italiano, ya solo falta introducir el factor Giorgia Meloni en el diagnóstico infalible de las encuestas electorales españolas. Es demasiado obvio y por tanto improbable que la reencarnación patriótica de la líder de Fratelli sea Macarena Olona, superada a diario por Tamara en su melodramatismo de ultraderecha.

El dato esencial de las melonis y los macrones es su imprevisibilidad, se esfuman al atraparlos antes de tiempo. La primera regla para que exista una candidata, o incluso candidato, revelación en 2023 es que ahora mismo no exista ni una conjetura sobre su identidad. Por eso debe contemplarse con algún escepticismo el atropellado renacimiento de la muy inteligente Cayetana Álvarez de Toledo, una política solo de derechas.

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