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Gemma Altell

Las élites y las políticas públicas

Ha sido generalizada la indignación con el comportamiento de los jóvenes del Colegio Mayor Ahuja de Madrid. Se han escrito decenas de artículos sobre la violencia ejercida por los mismos, pero también sobre la respuesta de las jóvenes a quien iba dirigida. En general nos hemos preguntado cómo puede ocurrir una situación como esta en un momento en el que el feminismo está en auge y las políticas públicas —aun con muchos matices— apuestan por sensibilizar acerca de las violencias machistas y “educar” en la igualdad. Pero... ¿esta apuesta política es para tod@s?

La respuesta es no. Los gobiernos —especialmente los de izquierdas— llevan años implementando políticas que —con más o menos aciertos— tienen la voluntad de llegar a toda la infancia y juventud de la misma manera que tienen la voluntad de detectar y abordar las violencias machistas desde los estamentos adecuados como por ejemplo el sistema de salud. Lo conozco bien. Mi labor profesional consiste en acompañar a administraciones públicas en la incorporación de la perspectiva de género en diferentes ámbitos y ello conlleva también formar a profesionales de la educación y la sanidad —entre otros colectivos— para ofrecer herramientas que permitan abordar estas cuestiones y poder desarrollar proyectos y programas específicos que reviertan desigualdades. Sin embargo, existen dos realidades que conviven en paralelo y, por tanto, en muchos casos no se cruzan. Algunos segmentos de la población —lo que podríamos llamar las élites— educan a sus hijos e hijas en colegios privados y acuden a la sanidad privada. Tampoco suelen acudir a las actividades públicas organizadas por entes locales o supramunicipales y me atrevería a afirmar que sus espacios de ocio solo en contadas ocasiones son compartidos con el resto de la población o encuentran referencias a la igualdad de género en ellos.

Así pues, una vez más, constatamos que el clasismo y el sexismo van de la mano. Lo ocurrido hace unos días en el Colegio Mayor de Ahuja es un ejemplo de ello. Sería interesante conocer si los alumnos que están residiendo en este tipo de colegios mayores (tanto ellos como ellas) han recibido a lo largo de su recorrido educativo alguna información, sensibilización o abordaje coeducativo que les permita poner en cuestión los valores patriarcales.

No voy a hablar del derecho a una educación con unos mínimos valores igualitarios para todos y todas. Sería demagogia hablando de las élites; pero sí el derecho que tenemos todos y todas, como ciudadanía, a que la educación transmita —de forma universal— valores igualitarios y no discriminatorios que reviertan en una sociedad más justa y mejor en el presente y en el futuro.

No obstante, me gustaría ir más allá. Sabemos que muchos de los estudiantes (y algunas estudiantes) que tienen trayectorias académicas privadas acabarán liderando grandes instituciones, empresas e incluso gobernando. Porque, por desgracia, es en estos círculos donde en muchas ocasiones se dirimen los espacios de poder; por consiguiente, aún es más imprescindible asegurar que la transformación feminista que apueste por erradicar todas las violencias machistas llegue a todos y todas. No se puede entender que los gritos e insultos —cual manada— que perpetraron los chicos del Ahuja responden a una violencia simbólica que está en la base y legitima otras violencias aún más graves si no se ha tenido una educación transversal en igualdad que lo transmita. Sin ninguna voluntad de justificarlos.

Cuando las políticas públicas no llegan a los centros educativos privados o a la sanidad privada estamos transmitiendo el mensaje siguiente: el machismo va con determinados grupos sociales. En las élites esto no pasa. La realidad nos demuestra todo lo contrario como estamos hartas de comunicar. La desigualdad de género, el machismo y las violencias forman parte de una desigualdad estructural transversal a todas las clases sociales.

Y de esta cuestión sí que hace falta hablar. Las mujeres de las élites también sufren violencias machistas y, a menudo, no encuentran en su entorno apoyos; entre otras razones porque su sistema de salud privado y su lejanía de la atención social no les ofrece mecanismos de detección e identificación de las violencias. Desenmascaremos pues esa hipocresía. Las transformaciones sociales también deben ir con las élites. Nadie debe estar por encima de ellas.

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