Opinión | La espiral de la libreta
Feijóo, Orwell y el aliento de la distopía
Hace muchos años, veintipico, el periodista Rafael Tapounet, que sabe mucho de tantas cosas, nos dejó boquiabiertos en un consejo de redacción. En esa reunión matinal, también conocida en la jerga como aquelarre, el director y los responsables de cada sección deciden qué noticias se priman, un sanedrín en el que antes de internet, créanme, se sudaba como en una partida de póquer del cine negro. A cuento de una película del Festival de Sitges, creo, Rafa empleó el término “distopía” y alguien preguntó en el cónclave qué diablos significaba aquello. Yo había escuchado campanas, pero fue Rafa quien sentó cátedra, explicando el sentido de la antiutopía, el peor de los mundos posibles, la sumisión definitiva a gobernantes tiránicos, la asfixia de una sociedad alienada y ocluida sobre sí misma. Hoy, en cambio, aquella palabra tan inusual se ha convertido en moneda corriente.
Es más, podría decirse que nos encaminamos a paso ligero hacia la distopía. Una pandemia. Murciélagos, pangolines. El deshielo de los glaciares. Los monos, que empiezan a bajar de los árboles por la deforestación. La sequía (¿cuándo llegará la lluvia bendita?). Ucrania desventrada. Putin y la amenaza del botón nuclear. La inflación al galope. Regresión de libertades y derechos. El asalto al Capitolio y la posverdad… Inauguró el género distópico H. G. Wells con La máquina del tiempo (1895), pero tal vez resulte más conocida la novela 1984, de George Orwell, publicada en 1948, por cierto, en pleno estalinismo, con el pobre Winston Smith y el horripilante Ministerio de la Verdad. “El Gran Hermano te vigila”. “La guerra es la paz”.
Patinazo
A todo esto, Núñez Feijóo se hace un lío con la fecha de publicación de 1984, dando lugar a memes y comentarios muy divertidos de cuya ocurrencia, por lo menos, ha sabido reírse. Podría haberse preparado mejor para un acto público, cierto. Tampoco es la primera vez que el líder de la oposición tropieza con un asunto de cultura general. Lamentable, pero no nos pongamos estupendos: puede ocurrirle a cualquiera, al mismo Pedro Sánchez, que ha confundido Kenia con Senegal. “¡Viva Honduras!”.
Un patinazo, la llama de una cerilla. Lo lacerante supura en otro lugar, en el enésimo bloqueo del PP a la renovación del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), la voladura del acuerdo cuando ya estaba prácticamente cerrado, con el pretexto de la reforma de las penas de sedición en el Código Penal. Las mezclas dinamiteras de los unos y la prisa cuántica de Sánchez dan una vuelta de tuerca a la distopía, hibridan el género con toques de tragicomedia amarga. Puro barroco. Ya no sabe una si reír o llorar.
*Periodista y escritora
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