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Arenas movedizas

Jorge Fauró

La crisis de la edad adulta

Hay una edad en la vida en la que uno está a tiempo de dar un vuelco absoluto y recular, si al final se ha tomado la decisión equivocada. Es ese periodo entre los 40 y los 45 en el que se puede correr el riesgo de cambiar de trabajo, dejar un exitoso bufete de abogados y montar un hotel rural, divorciarnos y echarnos en brazos de alguien 15 años más joven o 15 años mayor, modificar los gustos artísticos y abandonar a las élites que adorábamos de adolescentes para abrazar el mainstream, cambiar el sentido del voto, el viraje más lícito y más incomprendido (no cambiamos nosotros, cambian las circunstancias) e incluso pasarse al partido rival. Acaso solo exista una excepción, la de cambiar de equipo, porque hay más probabilidades de saltar al extremo contrario en política que ser del Madrid y hacerse del Barcelona, y viceversa. Es esa edad en que aún se está a tiempo de probar y corregir, y, en caso de fracaso, retornar a la posición inicial y seguir con la vida.

Hay otra edad, en cambio, esa que nace entre los 45 y los 50 y alcanza su cénit a partir de los 55, en que no merece la pena esforzarse en lo anterior porque apenas queda tiempo para volver a la casilla de salida, una edad en que cualquiera se ve abocado a mantener el empleo aunque no le guste porque el mercado de trabajo ya no le contempla como potencial incorporación; esa edad en que el ejecutivo de éxito que abandonó jornadas extenuantes de estrés y Visa Oro por confluir con la naturaleza se come sin remedio el hotel rural, el huerto ecológico y las cuatro gallinas, porque la nueva economía ya le toma por apátrida. Se trata de un momento crítico de la existencia en que a la mayoría le invade una repentina parálisis cultural que implica, erróneamente, que “ya no se hace música como la de antes”, sin darnos cuenta de que dejamos de escuchar las novedades desde el momento en que nació el primer hijo y las aficiones pasaron a un segundo plano. Nos quedamos en Nirvana y nos perdimos a Moderat, a Bon Hiver y a Sharon van Etten. Los jóvenes de los 60 abrazaron a los Beatles, los de los 70 a los Pistols y los de los 80 a Madonna y a Michael Jackson, y conforme pasaron las décadas, los fans de los Beatles repudiaron a Frank Sinatra como los punks despreciaron a los de Liverpool, y los que vieron un mundo nuevo en Thriller abominaron de los Sex Pistols y de los Clash, de Bergman y de Buñuel. Bienvenidos Wenders y Rohmer, hoy un dúo de neandertales para la muchachada milénica. La Generación Z considera un bodrio a Almodóvar y a Woody Allen, qué se le va a hacer. Están a tiempo de cambiar de opinión y probablemente lo harán, pero no pidamos a un señor a punto de cumplir los 60 que se entusiasme con Quevedo o con la última edición del Grand Theft Auto.

De niño corría en mi casa uno de esos best sellers del Círculo de Lectores, La crisis de la edad adulta (1976), de la periodista y socióloga Gail Sheehy, cuyas reseñas cuentan que “atrapó a una generación desgarrada por la revolución cultural de la época, en la que se abordaban temas como la luchas de la mediana edad, los problemas matrimoniales, los roles de género cambiantes y las preguntas sobre la identidad”. El libro se quedó viejo cinco años después, de la misma manera que hay adultos que se quedaron en Bret Easton Ellis y jóvenes que datan los clásicos a partir de George R. R. Martin.

En España hay una clase dirigente en una y otra fase de la vida. Díaz Ayuso (44), Pablo Iglesias (44), Inés Arrimadas (41) pueden permitirse el lujo de cambiar, como así ocurre, sin ser juzgados con extrema dureza. Otros, como Pedro Sánchez (50) o Yolanda Díaz (51) se ubican en la frontera fatal de tener que decidir si siguen o vuelven. A Feijóo (61) ya no le queda margen de retirada, por eso se acopla a la ruta marcada por la dirigente madrileña y no consigue desvestirse del traje de dirigente de derechas de toda la vida. En cuanto se descuide, acabará arrollado por Ayuso. Nadie quiere seguir el ejemplo de Toni Cantó, la excepción que confirma la regla, que con 57 años cree estar todavía en la edad de poder cambiar cuando le convenga. Y ahí tienen el resultado. No se cansa de hacer el ridículo.

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