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Higueras

La guerra de los chips se calienta

Las nuevas restricciones impuestas por EEUU en octubre para frenar el progreso de China en la fabricación de semiconductores calientan la guerra tecnológica entre las dos superpotencias e impulsan un desacoplamiento, tal vez más grave para Occidente que para la misma China. Washington quiere impedir avances militares y de inteligencia de Pekín, pero la contienda desatada va mucho más allá, es una guerra por el control del futuro.

EEUU no solo ha prohibido la exportación de chips, sino también las herramientas, la tecnología y el software necesarios para diseñarlos y producirlos. La restricción afecta a todas las empresas del mundo, que no podrán vender obleas de supercomputación e inteligencia artificial (IA) fabricadas con software, maquinaria o tecnología estadounidense.

También los estadounidenses que trabajen para este tipo de empresas chinas tendrán que pedir permiso a Washington. Muchos chinos se fueron a estudiar a EEUU, después trabajaron y se nacionalizaron estadounidenses y luego volvieron a su país a montar su empresa. Ahora tendrán que elegir entre pedir permiso o ceder el pasaporte o el permiso de residencia en EEUU. En los últimos años, 1.400 científicos abandonaron EEUU por el racismo y las sospechas de que trabajaban para Pekín.

Biden quiere emular el éxito de Trump al sancionar a Huawei, el gigante tecnológico chino, que vendió su división de móviles después de perder el 80% de su cuota de mercado por la prohibición de utilizar chips con tecnología estadounidense. Pretende hacer lo mismo con todas las tecnológicas, pero no es tan fácil. Necesitará asegurarse la sumisión de los aliados. De momento, hay bastante malestar en la alemana Siemens y la holandesa ASML, líder mundial en equipos de fotolitografía de semiconductores. Estas empresas, junto con las estadounidenses Synopsis y Cadence, copan casi la totalidad del mercado de herramientas.

La prohibición de las exportaciones a China supondrá, a corto plazo, pérdidas de cientos de miles de millones de dólares a empresas como Intel, Applied Material y Nvidia. A largo plazo puede reportar beneficios, pero hoy por hoy agrava la recesión global y puede dañar la exportación china de obleas de gama baja, que utilizan la industria automovilística y de electrodomésticos.

Por otra parte, China no se rinde con facilidad. Jruschov retiró en 1960 a los científicos soviéticos que debían ayudar a China a fabricar la bomba atómica y, cuatro años más tarde, Mao supervisó la primera explosión nuclear de la República Popular. De igual manera, Huawei cuenta ya con su propio sistema operativo, Harmony.

El presidente Xi Jinping busca la autosuficiencia tecnológica antes de las primeras sanciones a ZTE y Huawei. En octubre, en el 20º Congreso del Partido Comunista Chino, insistió en “una mayor autosuficiencia y fortaleza en ciencia y tecnología”. Pekín ha invertido 100.000 millones de dólares en la industria de microchips, y los gobiernos de Shenzhen y Shanghái ofrecen fuertes subvenciones a empresas e incentivos para atraer talento en tecnología de salud, cuántica, aeroespacial, IA, biotecnología y otras del futuro con las que colocar a Pekín en la cima tecnológica mundial en 2035.

SMIC, la principal fundición china, fabrica chips de 14 nanómetros, pero tras su inclusión en la lista negra de EEUU en diciembre de 2020 ha tenido problemas para acercarse a 10 nm. Mientras, los gigantes Taiwán Semiconductor Manufacturing Co (TSMC) y la surcoreana Samsung Electronic los han reducido a 3 nm.

Las amenazas de Pekín a Taipéi de recuperar la isla rebelde, “incluso por la fuerza”, también juegan en esta guerra tecnológica. Taiwán ha prohibido a sus ingenieros de alto nivel trabajar para China continental y ha aumentado las sanciones por transferencia de tecnología.

Ni las restricciones, ni la aprobada en agosto ley de chips y ciencia, que dedica 53.000 millones de dólares a incentivos para fabricar en suelo estadounidense, servirán para atrapar a TSMC, que produce con diseño de EEUU el 90% de los chips más avanzados del mundo, ni a corto plazo para igualar a Samsung.

Pekín considera las restricciones “un acto de intimidación tecnológica”, pero aún no ha utilizado la ley de 2021 de contramedidas contra sanciones, por la que respondería contra los gigantes de EEUU que operan en China, como Tesla, Apple o Microsoft. En ellos trabajan cientos de miles de chinos y el Gobierno no quiere ponerlos en riesgo. Su jugada es a largo plazo.

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