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Joan Tapia

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¿Pierden los líderes autoritarios?

La ocupación del palacio presidencial, el Congreso y el Tribunal Supremo del Brasil por una turba de seguidores de Bolsonaro, que tanto recuerda lo sucedido en el Congreso americano hace dos años, me ha hecho repasar el libro La era de los líderes autoritarios, escrito en 2021. Su autor, Gideon Rachman, columnista del Financial Times, sostiene que desde principios de siglo el auge de los líderes fuertes se ha convertido en una característica crucial del mundo.

Según Rachman se ha visto no solo con Putin, que es algo así como el origen y arquetipo de la corriente, sino también en Estados Unidos y Gran Bretaña —las dos cunas de la democracia— con Trump y Boris Johnson. En el dominio total de China por Xi Jinping, el Brasil de Bolsonaro, la Turquía de Erdogan, Orbán en Hungría, Polonia… Rachman relata con brillantez cómo el autoritarismo crece tanto en las democracias consolidadas como en las dictaduras y los regímenes intermedios. De Trump y Bolsonaro a Xi Jinping y Putin pasando por Erdogan y Orbán. Y enumera las características que los definen más allá de que unos han ganado elecciones y otros no. A los que gobiernan en democracias se les tacha de iliberales.

Su primer punto común es el culto a la personalidad del líder, seguido del desprecio al Estado de derecho, a la pretensión de representar al pueblo auténtico frente a las élites (populismo), y a un nacionalismo extremo y contrario a todo lo diferente. Y en muchos casos a los inmigrantes. El “solo yo puedo arreglarlo” de Trump y el identificar los intereses del líder y los del Estado es la consecuencia.

El éxito de los líderes autoritarios que retrata el libro con maestría (explica que a Trump le gustaba Putin) es una seria amenaza para la democracia y el orden liberal internacional (de 1945), reforzado con la caída del comunismo (1989). Pero en enero de 2023 me atrevería a decir dos cosas. Una, que estos líderes están perdiendo poder, tanto fáctico como de atracción y glamur. Dos, que pese a ello siguen siendo un gran peligro para la libertad y la paz mundial.

Johnson el gran artífice del Brexit, de que Gran Bretaña recuperara “la libertad frente a Bruselas”, fue obligado a dimitir el pasado verano por su propio partido. Bolsonaro ha perdido las elecciones de Brasil frente a Lula, que acabó siendo el candidato de partidos muy dispares. Trump no logró la marea republicana en las elecciones midterm de noviembre, muchos de sus protegidos salieron derrotados y la pírrica victoria en la Cámara de Representantes acaba de terminar con una rebelión de los trumpistas más recalcitrantes contra el propio Trump y la dirección republicana. Su candidatura para 2024 ha perdido gas. El prepotente Putin se ha convertido en un proscrito tras la invasión de Ucrania, que además no le ha salido bien y demuestra (poder nuclear aparte) la debilidad de su imperio. Xi Jinping ha conseguido ser coronado como el nuevo Mao (el amo absoluto) del PC chino, pero ha visto como la tan pregonada superioridad de la política del COVID cero se estrellaba contra la realidad y tenía que ser abandonada por las protestas y el menor crecimiento económico que amenaza la paz social.

El 2022 no ha sido propicio para los líderes autoritarios. Hayan perdido el poder, como Bolsonaro y Johnson, o lo conserven, como Putin y Xi Jinping. Pero tampoco hay duda de que siguen siendo una amenaza para la democracia y el orden internacional. La guerra de Ucrania ha trastocado absolutamente todo y no tiene fin previsible. Rusia ya no puede ganar, pero tampoco perder (a corto). La amenaza china sobre Taiwán ennegrece aún más el panorama y, de llevarse a cabo, sería peor que lo de Ucrania. Gran Bretaña sigue prisionera del Brexit, aunque ahora la mayoría cree que fue un error. Bolsonaro ha perdido, pero el bolsonarismo amenaza la democracia brasileña. Y la sombra de Trump, y del nacionalismo-aislacionismo americano, sobre las elecciones de 2024 se ha debilitado, pero no desaparecido.

Además, Orbán, líder autoritario en la Hungría de la UE, ha vuelto a ganar las elecciones. Y en Turquía, Erdogan, con elecciones a la vista, sigue ahí. Ambos, desde dentro o desde fuera, perturban los necesarios avances hacia una Europa más cohesionada.

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