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Olga Merino

La espiral de la libreta

Olga Merino

Un gabinete de curiosidades en el barro del Támesis

En una escapada a Londres, antes del Brexit de las narices, me alargué hasta el distrito de Wapping, cerca del gran meandro que traza el Támesis en torno a la Isla de los Perros, una lengua de tierra que en los mapas parece la de los Rolling Stones. Buscaba atmósfera, supongo. Imaginar cómo sería el mayor puerto del mundo en tiempos de la reina Victoria, con su trasiego de navíos coloniales. Algodón, azúcar, índigo, ron, tabaco, té. Contribuían al viaje en el tiempo algunos callejones supervivientes de la especulación —empedrados, húmedos, oscuros— y las malditas gaviotas, demasiado interesadas en el plato de fish and chips que pedí en la balconada de un pub, el Prospect of Whitby.

A la salida, la bajamar había dejado tras de sí una playa de guijarros a la que podía accederse al final de un pasaje que acababa en una escalera de madera, medio podrida y cubierta de verdín. El Támesis es un gran embustero. Parece un río domesticado, pero esconde una marea turbulenta con una diferencia de hasta siete metros de profundidad, en según qué tramo, entre el flujo y el reflujo de las aguas. El río taimado. La playa era lo suficientemente ancha como para pasearla. Recogí trozos de cristal pulido por el tiempo y pensé en los mudlarks (traperos del barro), niños y ancianas desharrapados que, en la época victoriana, peinaban el lodo con la marea baja para hacerse con migajas de la brega portuaria. Un cabo de cuerda, un clavo, un trozo de carbón, una esquirla de cobre. Un hueso.

Horquillas romanas

Por eso me he lanzado de cabeza al libro Mudlarking. Historia y objetos perdidos en el río Támesis, recién publicado por Capitán Swing, cuya autora, Lara Maiklem, se ha pasado los últimos 15 años rastrillando los bancales fangosos del río en busca de objetos perdidos o arrojados al agua durante siglos. El inventario de sus hallazgos constituye un gabinete de curiosidades fascinante: horquillas y monedas romanas, tipos de imprenta, pedernales del mesolítico, un zapato de la era Tudor, pipas de arcilla, restos de navíos, amuletos celtas, latas de rapé, cucharas de peltre, fragmentos de porcelana medieval, ojos de cristal. Y plástico a capazos, claro, También, algún cadáver.

Lo minoritario acaba masificándose. En 2016, la Autoridad Portuaria londinense tuvo que controlar la afluencia de aficionados mediante la concesión de permisos. Invita a la reflexión cómo la mejora de las condiciones sanitarias, educativas y sociales ha transformado en mero ocio un viejo oficio de supervivencia y exclusión. Algunos mudlarks actúan hoy solo por avidez cazadora; Maiklem, en cambio, ha convertido su afición en una suerte de meditación sobre el pasado y la lentitud de la naturaleza.

Olga Merino es periodista y escritora

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