Sorprende, francamente, que un drama mayor, la muerte del licenciado Raúl Padilla López, en circunstancias aún no esclarecidas, haya sido recibido con sordina en España, y probablemente también en otros territorios de la lengua y de las literaturas romances, como se ha solido llamar la más importante apuesta internacional a favor de la escritura en este idioma y en otros que son concomitantes. 

La FIL de Guadalajara, que él condujo desde 1987, y mantuvo hasta el último instante como una apuesta universal por lo mejor de nuestro idioma, no será nunca como fue, pues su impronta es la de un líder moderno que juntó universidad (la Universidad de Guadalajara, a la que estuvo siempre ligado) con discusión literaria, intrepidez pública y arrojo privado. Eso dio de sí, muy pronto, un invento que quizá nadie más hubiera tenido la energía de edificarlo y de continuarlo tal como él lo llevó a cabo. 

Cuando se supo de su muerte se encontraron especulaciones relacionadas tanto con las dudas como con la realidad acerca de las condiciones en que se produjo la muerte. He visto por la televisión las exequias, he contemplado con estupor que aquel ser vivo, tan importante para esas literaturas de las que escribo, yacía en medio de llantos de despedida, inerme ya de todos los poderes que tuvo para convertir su criatura, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en un emporio cultural como no hay otro en las lenguas de las que forma parte la raíz espiritual del español. 

Como si una mano doblada o ruin, la mano del destino, quisiera acabar con esa organización que Padilla y los suyos (ahora, Marisol Schulz, la editora que dirigía ya la FIL que él fundó) pusieron a disposición de la zona sagrada de la literatura, cuya pujanza en todos los idiomas que confluían en los otoños de Guadalajara hizo más grande no sólo lo que se presentaba sino, sobre todo, lo que se escribía.

Han sido años muy importantes para esas literaturas que aquí vieron revitalizarse como un nuevo boom. Escritores de todas las procedencias, y de todas las edades, hallaron cobijo para las presentaciones o apuestas de sus libros, en tenidas realmente insólitas, en las que el público parecía que llegaba a la patria de Juan Rulfo como en bandadas de palomas. Las solemnidades con las que se recibían a los países invitados, y a los escritores premiados, eran un estímulo para pensar que ese invento de Padilla iba a servir para siempre. Servirá, seguirá este universo de nuestras literaturas. La Fil no sólo es una conveniencia comercial de extrema importancia, sino que es parte de lo que había que apoyar para que nunca más, nunca más, estas literaturas, por ejemplo, la que se hace en España o la que se imagina en América Latina, jueguen en campos separados o contrarios. La Fil es un milagro, aho apuestas evitalizarse como si e se produjo la muerte. cara a la puertaa para que escribir, discutir sobre lo escrito, leer, imí sigue, su herida necesita ahora el abrazo de la supervivencia. 

Quizá un inciso cabe aquí para decir que esa literatura que se juntaba en la feria no es tan solo la expresión de alcances locales: América es mucho más que un territorio literario, pero lo es. Y desde antes del boom, aproximadamente, le ha dado lecciones a la literatura que escriben los españoles, adormilados desde hace rato con la satisfacción de publicar, vender y ser elogiado, sin recurrir, a mi arbitrario parecer, a la obligación de haber leído para ser mejor, o para mejorar. 

Al contrario que lo que ocurre entre nosotros, y Dios me libre de ser de nuevo arbitrario e injusto, la literatura que se hace en América, desde antes y hasta ahora mismo, es mucho más audaz, más cercana a la obligación de ser mejor, que la nuestra, acostumbrada al timbre de éxito que ha llevado a escritores, pasados o actuales, a sentir que es mejor viajar con lo que ya se tiene que ocuparse de buscar, en la literatura ajena, el cumplimiento de desafíos ahora desvaídos.

Dicho esto, hablemos de Guadalajara, y de Padilla. Este año será el año de España en la Fil. Tanto Padilla como Schulz han trabajado estas celebraciones internacionales de la feria, desde Japón a la India o a Egipto o a Rumania, o a Turquía, o a cualquier sitio que estuviera en el mapa de las literaturas. Lo han hecho como si estuvieran ofreciendo una promesa al futuro. Así que seguro que esta edición con preparativos en marcha está decidida y será, ojalá, el éxito que merecen la memoria de Padilla y los esfuerzos de la querida Marisol, entre otros muchos. 

Es posible que ahora haya un botón que alguien pulse y todo lo que siempre funcionó allí como un reloj regrese a ser tal como era antes de que la desgracia tocara a la puerta. La Fil lo merece, y España también. Pero… La ausencia de Padilla convoca preocupaciones a las que aquellos que han sido ayudados por él han de atender ahora, pues es imposible que un edificio tan perfecto, teniendo tan perfectas estructuras, no requiera también, ahora mismo, una atención, una apuesta, a la que esta España que tiende a reaccionar con legañas en las horas aun no despiertas ha de prestar no sólo atención y proyecto, sino el entusiasmo que se merece la Fil de Padilla. 

Padilla era aquel hombre que parecía enigmático y elusivo. Estaba atento, sin embargo, al canto de cualquier grillo que se desmandara. Ya no está. La evidencia es también un llanto que se escuchó en el sepelio que radiaron desde la Universidad de Guadalajara. Esa desaparición es un drama mayor de las literaturas que han hecho mejores las circulaciones de las ideas, de las discusiones, y de los libros. La Fil sobrevivirá, nadie lo duda, pero hay que despertar con ella para que escribir, discutir sobre lo escrito, leer, imponer la alegría de leer, sea una de las apuestas que hagan mejores los países que, gracias a gente como Padilla, se junta desde hace décadas en las llanuras perplejas de Pedro Páramo. Ahora, en este instante, un páramo que contiene hasta cien años de soledad.