Opinión | Inventario de perplejidades

La española cuando besa...

La conquista del Campeonato del Mundo de fútbol femenino por la selección nacional española pasará a la Historia como un hito de la larga lucha contra el machismo. Entre los varones que asistieron a la hazaña, que tuvo lugar en las antípodas (Nueva Zelanda y Australia) se encontraba el presidente de la Federación Española de Fútbol, Luis Rubiales, un ex jugador profesional que supo hacerse un hueco en la caciquil burocracia del balompié patrio. Que no solo incluye la representación de los profesionales en activo, la de los amateurs, la de las viejas glorias, la de los árbitros, la del personal de oficinas y, ¡bendita sea su estampa!, la del fútbol femenino, que es la sección que primero y más rápidamente alcanzó la gloria. Y con ella el derecho a disfrutar de la tarta publicitaria que ha hecho inmensamente ricos a algunos de sus colegas masculinos. Aunque su nómina tampoco está mal. Casi setecientos mil euros de salario anual, más el pago de la hipoteca de la casa que se ha comprado, más viajes, hoteles, dietas y resto de canonjías. Pero todo eso queda a la espera de lo que acaben sentenciando los jueces porque el pleito se presume largo, salvo que Rubiales acepte una indemnización.

La presidencia de la Federación Española de Fútbol siempre fue un cargo muy codiciado y otorgaba a quienes la ocupaban popularidad y entrada en los círculos sociales, empresariales y financieros más influyentes. Todo el mundo sabe que en los palcos del Camp Nou y del Santiago Bernabéu se tramaron negocios importantes y hasta maniobras políticas.

Pues bien, en esa parte del mundo aterrizó Rubiales, que acreditó desde el primer momento una ambición notable y muchas ganas de abrir nuevas vetas de negocio al fútbol globalizado. Uno de sus logros más espectaculares fue el traslado de la sede de la final de la Supercopa (luego de Alfonso XIII, de Francisco Franco, de Juan Carlos I y de Felipe VI) desde el Reino de España al Reino de Arabia Saudita. Las salidas de tono de Rubiales encontraron pronto eco en los medios, y hubieran hecho felices a José María García y a su sosias De la Morena, que le deben a la Federación Española de Fútbol muchas horas de persecución radiofónica de los que fueron sus presidentes y también de sus mozos de estoque. “Todos ellos buenos comedores y mejores bebedores”, que diría Supergarcía.

Pero, volviendo al asunto que nos interesa, hay que resaltar que el beso que le propinó Rubiales a la futbolista Jennifer Hermoso, en la boca a traición, sin avisar, sin consentimiento y sin respetar las normas de la más elemental educación, no tiene nada que ver con aquel beso idealizado que cantaron en coplas Carmen Morell y Pepe Blanco ( “la española cuando besa es que besa de verdad”). Y el hecho de que el asalto se haya producido durante la celebración tumultuosa del triunfo no rebaja un ápice el reproche de todos los que supieron de un suceso que tuvo alcance mundial.

Por si esto fuera poco, se difundieron unas imágenes de la tribuna de invitados en la que estaban la reina doña Leticia y su hija la infanta Sofía. En una esquina de la tribuna pudo verse a Rubiales tocándose los cataplines para celebrar una buena jugada del equipo español. Indudablemente, no era su día.

Es una costumbre rusa que dos hombres se besen en la boca en algunas celebraciones.