Opinión | Parece una tontería

El último Seat

En casa éramos forofos de los Seat de segunda mano. Tuvimos cuatro y marcaron mi adolescencia. Antes pasaban esas cosas, y ahora también, que ciertos objetos o bienes adquieren tal fuerza que al cabo se vuelven referentes del tiempo, símbolos de las distintas épocas de tu vida. Sucede con un grupo de música, un videojuego, unas zapatillas, un peinado, un teléfono, un coche, un póster, una película, un libro, una línea de autobús…

Después del primer coche, un Ford Orion de recuerdo pésimo, mi padre quiso garantizarse un vehículo que no diese problemas, con espíritu de ser “para toda la vida”. Y se compró un Mercedes. La mayor parte de los días se usaba para recorrer medio quilómetro, así que acabó entendiendo que, para trayectos cortos, y con dos hijos, mejor sería tener un coche de segunda mano. Y así llegó a casa el primer Seiscientos. Arrancaba a la tercera. Era lo que más me gustaba. Nunca a la primera, nunca a la segunda, nunca a la cuarta. Y era rojo, y eso aún me gustaba más. La radio sonaba fatal, y se comía los cassettes, por no decir que era lento, ruidoso, y las ventanillas no bajaban. Tenía muchísimos defectos, y todos nos encantaban. Un día, durante unos carnavales, nos lo robaron.

Aquello causó un pequeño trauma familiar, un golpe silencioso que solo supimos reconducir haciéndonos con otro Seiscientos, esa vez de color blanco. Pero ya no fue lo mismo. Incluso arrancaba a la primera. Iba bien, demasiado bien, hasta que se averió y el arreglo salía más caro que comprarse otro en el divertido mercado del coche usado. Y eso hicimos: adquirir nuestro tercer Seiscientos. Se había vuelto una superstición, más que un automóvil. No tengo recuerdos de ese modelo, salvo que también era blanco. Un día también se estropeó y mis padres decidieron que ahí acababa una época y empezaba otra.

Entonces llegó a casa un Seat 127 CL de color oliva. Con él sufrí mi primer accidente de tráfico, a los diecisiete años. No tenía permiso de conducir, naturalmente, pero mi padre me dejaba usarlo para moverme por el pueblo e ir a la piscina, al bar, al estanco. Llegó el verano y nos fuimos Cuqui, Juncal y yo a derrapar y hacer trompos por las pistas forestales. “Vas muy despacio, ¿no?”, comentó en un momento dado Cuqui, desde el asiento trasero. Lo dijo poco antes de entrar en una curva, así que aceleré a fondo. Para eso estaba la inteligencia a los diecisiete, pienso ahora. Salimos de la curva de puro milagro, y a continuación el coche se fue a la izquierda, luego a la derecha y de nuevo a la izquierda. Y entonces, volamos. Entretanto, me dio tiempo a pensar: “Mi padre me mata”. Era un pensamiento, en realidad, generacional, que me asaltaba una vez al mes, por lo menos.

El 127 se llevó por delante un muro de piedra. Aterrizamos en un prado sin un rasguño, menos asustados que alucinados porque al coche solo se le habían abollado los bajos. Era como un tanque. A mi padre le conté una mentira que nunca se creyó, y que dejó de tener importancia cuando a los pocos meses se deshizo de nuestro último Seat, en otro final de época.