Opinión | Gárgolas

La euforia de la fabulación

En el capítulo 38 del volumen sexto de Vida y opiniones de Tristram Shandy (The Life and Opinions of Tristram Shandy, Gentleman, de Laurence Sterne), hay una página en blanco. El autor, que se dirige directamente al lector, propone que se siente y que coja un pincel y dibuje el perfil de una viuda sensual llamada Wadman. Le pide que lo haga tal y como le gustaría que fuera su amante y tan lejos como la conciencia le permita de la esposa que tiene delante. Desde que se publicó (entre 1759 y 1767, a pellizcos, podríamos llamarlo en fascículos), muchos lectores han devuelto el libro a la librería y se han quejado porque su ejemplar era defectuoso: “¡Tengo una página en blanco!”. Hay más sorpresas como esta. En el primer volumen, en el capítulo 12, como resultado de una emboscada muere uno de los personajes, el párroco Yorick, y su amigo Eugenius le entierra y coloca, sobre la tumba, una lápida de mármol donde se puede leer: “¡Alas, poor Yorick!”. La página siguiente está toda entintada de negro y también lo está la página que viene después, cuando el narrador explica que toda la gente que pasa cada día junto al cementerio lee el epitafio y exclama: “¡Ay, pobre Yorick!”.

Son solo dos ejemplos de la novela que el propio Sterne calificó así: “Mi trabajo es digresivo y también progresivo, todo a la vez”. La novela más caótica, divertida, procaz y magmática de las que jamás se han escrito. Una broma inmensa, que uno de los críticos con más renombre de la historia, Samuel Johnson, contemporáneo de Sterne, se cargó con todas las de la ley: “No hay nada extravagante que dure mucho tiempo; Tristram Shandy tampoco durará”. A fe que se equivocó, porque el influjo de la obra, que bebe de las fuentes del humor inglés, como el de Swift, pero también de Rabelais y, sobre todo, de Cervantes, se ha prolongado a lo largo de los siglos como el ejemplo más evidente de la capacidad de la novela para acoger cualquier invento, todas las posibles gamberradas, todas las potencias y capacidades.

Hablo de Tristram Shandy porque acaba de salir en catalán (editorial Navona) la edición revisada de la traducción modélica de Joaquim Mallafré. Era muy difícil de encontrar y ahora la volvemos a tener al alcance. Es una auténtica fiesta, ese “relato intrauterino”, como escribió Juan Goytisolo, esta historia del hombre que sufre porque, en el momento de concebirlo, padre y madre estaban pendientes de dar cuerda al reloj. Y así, todo lo demás. Entre arabescos, excursiones narrativas, juegos, palabras, imágenes y la euforia desatada de la fabulación.