Opinión

Somos humanos, casi nada

Somos humanos y como tales injustos, desequilibrados, egoístas, ambiciosos, pero también solidarios, compasivos y generosos. Esa combinación es la que nos lleva a repetir la historia, para bien y para mal. Sabemos que una guerra no la provoca un choque puntual, que los países enfrentados nunca son solo los que se intercambian misiles y que el interés no es únicamente el que se cuenta públicamente. Las conexiones suelen darse a millones de kilómetros, la misma distancia en la que se encuentran los verdaderos responsables de los hilos, que mueven a un lado u otro a su antojo. Hipócritas, también lo somos, y capaces de condenar en público la violencia y alentarla en la trastienda.

Con todo esto claro, los últimos días continúa el intercambio de rehenes entre Israel y Hamás. Afortunadamente, en medio de esta sinrazón, este acuerdo abre una ventana a la esperanza para que esta barbarie termine. El primer ministro israelí Netanyahu cada vez siente más presión de la comunidad internacional. Hasta Estados Unidos ha pedido que ponga fin a esta masacre que está arrasando la vida de miles de personas que solo quieren vivir en paz.

Lo saben también en Ucrania. Sigue el tira y afloja con Rusia mientras los ucranianos hacen vida normal a duras penas. Se han acostumbrado a las alarmas, a los bombardeos, a las celebraciones familiares rodeadas de ruinas. No hay peor palabra que esa: costumbre. ¿Existe algo peor que integrar el sufrimiento y la muerte en tu día a día? El hombre es capaz de eso y mucho más, porque nadie sabe cuánto más puede prolongarse esta guerra como sucede con tantas otras que llevan activas años y nadie recuerda.

Pero llega esa época del año en la que nos reconciliamos con la vida. El buenismo, la generosidad, los propósitos para el año nuevo… Participaremos en fiestas familiares , compraremos regalos, muchos, y comeremos abundantemente. Nos abrazaremos, discutiremos y nos despediremos, con muchos hasta las navidades del año que viene. Nos echaremos de menos, nos pondremos nostálgicos y por un momento pensaremos que estamos en paz. También nos acordaremos de los que lo pasan mal, porque somos humanos y tenemos ese rincón en el corazoncito que nos recuerda que hay quien tiene menos suerte que nosotros en este momento. Somos las dos caras de la moneda, no podemos desechar ninguna pero sí elegir cuál queremos que predomine en el mundo. No es una tarea sencilla puesto que no está en nuestra mano en la mayoría de ocasiones, pero sí levantar la voz cuando podemos para gritar fuerte.