Opinión

La triturada Carta de Derechos Humanos

El pasado domingo hizo 75 años que la Asamblea General de Naciones Unidas, reunida en el Palacio de Chaillot de París, aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Unos años antes, en 1941, el presidente Roosevelt había fijado las “cuatro libertades” que había que garantizar: libertad de expresión, libertad de culto, libertad de vivir sin necesidades y libertad de vivir sin miedo. Pero lo que era un principio ético se convertiría, en 1948, en una declaración institucional que, años más tarde, después de varios tratados, pasaría a ser ley internacional.

Este año, a raíz del aniversario, el secretario general de la ONU, António Guterres, ha dado la voz de alarma asegurando que “el mundo está perdiendo el rumbo”, y ha denunciado que las desigualdades son cada vez más profundas, que el autoritarismo va a peor, que la igualdad de género es un “sueño distante” y que habría que reformar el Consejo de Seguridad porque está “paralizado por las divisiones”. Hasta aquí, un discurso impecable en voz del máximo representante de Naciones Unidas. Aun así, y más allá de las declaraciones políticamente correctas de rigor, el hecho es que Guterres es un ejemplo sonoro de esta derivada, como lo es la misma ONU. Por mucho que fuera creada con la idea de mantener la paz y expandir los principios de igualdad y autodeterminación, siempre con un ideal de libertad, el hecho es que ha fallado de manera estrepitosa.

La asamblea general de la ONU está plagada de dictaduras intolerantes que no tienen escrúpulos en dar lecciones de moral a las democracias, y que disfrutan de un proceso de naturalización y blanqueo. De ahí que sus resoluciones tengan más que ver con intereses geopolíticos que con derechos humanos. De hecho la ONU solo se activa cuando se trata de conflictos fuertemente mediatizados, sobre todo si forman parte del interés de lo políticamente correcto, pero está desaparecida en muchas tragedias que nunca llaman su atención. Mientras se ha mostrado obsesivamente beligerante contra Israel, ha mantenido una actitud buenista y silente ante las brutalidades de muchos países islámicos, con el caso de Irán como uno de los ejemplos más recientes y vergonzosos. La lucha de las mujeres iranís, abandonadas a su desdicha, no vaya a ser que los ayatolás se molestaran. A la vez, el mismo secretario general Guterres, que ahora se desgañita contra Israel a raíz de la guerra en Gaza, no tuvo nada que decir cuando Siria presidía la comisión sobre desarme de armas químicas, mientras gaseaba a su población, en una trágica violación de la convención de armas químicas. Y durante su mandato, el Yemen sufre una guerra terrible, con miles de muertes y con una crisis humanitaria y sanitaria de proporciones gigantescas, sin que el secretario general considere necesario activar el artículo 99 y exigir un alto el fuego inmediato. Un artículo que no activó en la mortífera guerra en Siria. Ni tampoco activó cuando la alianza contra el Daesh avanzó sobre Mosul y dejó miles de muertes. Y más allá, ¿dónde está la ONU ante la grave situación de las mujeres y las niñas en Afganistán, donde se violan todos sus derechos básicos? ¿Y dónde ha estado con las masivas violaciones y violencia extrema contra las mujeres en la masacre del 7 de octubre? Por cierto, en este caso, el silencio de la ONU va parejo con el silencio cómplice de los Me Too, y los movimientos feministas que permanecen callados ante la atrocidad feminicida que han sufrido las mujeres israelís. De regreso a la ONU, y como último ejemplo, ¿qué utilidad ha tenido ante la tragedia armenia en Nagorno Karabaj, donde se ha hecho una limpieza étnica completa ante nuestros ojos, perpetrada por Azerbaiyán, que se permite dar lecciones en su asamblea general? Y así, un largo etcétera.

Hace mucho tiempo que la ONU se ha convertido en un escenario de pancartas y consignas, donde los intereses de la geopolítica y los intereses económicos mueven los hilos, más allá de los derechos humanos que teóricamente tendrían que defender. Simple y llanamente, hay conflictos que no interesan, que se silencian, se blanquean, se naturalizan, vulnerando los principios por los cuales nació Naciones Unidas. Es posible que el mundo esté perdiendo el rumbo, como dice Guterres, pero que mire hacia adentro, porque la ONU hace mucho tiempo que lo ha perdido.