José Antonio tiene 74 años y vive solo. Un accidente cerebrovascular puso fin hace cuatro meses, sin previo aviso, a medio siglo de convivencia con Paqui, su compañera de batallas. Su plan de jubilación. Su vida. Nunca se habían separado y desde su retiro, hace casi una década, lo hacían todo juntos. Ahora José Antonio se siente perdido. Sin hijos, con su única hermana en la otra punta de la península y sin apenas trato, más allá de la preceptiva cordialidad, con los vecinos de su edificio, muchos de ellos parejas jóvenes que residen desde hace pocos años en el inmueble, se pasa los días solo y preguntándose, en demasiadas ocasiones, “qué pinto yo aquí”. Una enfermedad degenerativa en los huesos, que le causa dolor y que condiciona ya algunas de sus actividades diarias, tampoco ayuda. De un tiempo a esta parte, piensa que su existencia ha tocado fondo y ha llegado a plantearse, incluso, tirar la toalla.

La historia, aunque figurada, se repite con frecuencia. El suicidio de mayores es un drama tan real como silenciado. Un total de 305 personas se quitaron la vida en Galicia en 2020, según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), y más de la tercera parte, en concreto 108, superaban los 65 años. La franja de edad de 80 a 84 años es, de hecho, la segunda con más muertes autoinfligidas en la comunidad gallega, 34, solo por detrás de la de 50 a 54 años, que registró 40 suicidios en el primer año del COVID. Geriatras y expertos en Salud Mental urgen medidas para detectar situaciones de riesgo e intentar prevenir, en la medida de lo posible, estos decesos. Citan el “aislamiento social” y las “enfermedades crónicas, dolorosas e incapacitantes”, entre los “factores estresantes” que a menudo conducen a ese punto de no retorno, e invitan a la sociedad, en su conjunto, a reflexionar: “Detrás del suicidio hay un sufrimiento, con independencia de la edad de quien decide acabar con su vida”.

La elevada tasa de suicidio en personas mayores es una realidad, y va a ir a más, por dos razones. La primera es que cada vez hay más personas mayores, y si el porcentaje de suicidios es más elevado en este grupo de edad, lo lógico y matemáticamente previsible es que se incrementen”, advierte el geriatra e investigador de la longevidad gallego Miguel Ángel Vázquez, quien insiste en que “comprender cómo una persona desarrolla pensamientos suicidas puede ser útil en los esfuerzos de prevención”, es decir, “conocer el proceso ayuda a intervenir evitándolo”. “Brindar ayuda y apoyo a las personas que están en una situación de riesgo de quitarse la vida es fundamental”, subraya.

Incide Vázquez en que el suicidio es “un tema complejo en cualquier grupo de edad, y en personas mayores, todavía más”, refiere que “la primera pregunta que surge cuando hablamos de suicido es por qué hay personas que deciden quitarse la vida” y señala que existen “varias teorías” para dar respuesta a esta cuestión, como “la teoría interpersonal del suicidio”. “Hay, por así decirlo, tres explicaciones. La primera es la pertenencia frustrada, es decir, sentir que uno ya no forma parte de ninguna familia, ningún grupo, que no tiene amigos... Experimentar esa sensación de soledad y de falta de relaciones, de cuidado y de afecto”, apunta el geriatra e investigador gallego, quien considera que “la palabra soledad, en España, no define bien ese concepto”: “Habría que hablar de aislamiento social. Una cosa es sentirse solo en un entorno familiar y otra sentirse solo y estar aislado de la sociedad. Esto es algo que ocurre y lo vemos, por ejemplo, cuando se dan casos de personas que fallecen sin que nadie se dé cuenta hasta varios meses después”.

El geriatra e investigador de la longevidad Miguel Ángel Vázquez. SGXX/Cedida

La segunda “explicación”, continúa Miguel Ángel Vázquez, “puede ser la carga percibida”: “sentirse como una carga para los demás y pensar que estos estarían mejor sin ti”. La tercera, “haber adquirido la capacidad para autolesionarse”, porque “aunque las dos cuestiones anteriores puedan darse en una persona, no todo el mundo es capaz de quitarse la vida”. “Requiere esa intrepidez, esa tolerancia al dolor y a la muerte. Hay que tener en cuenta, además, que los suicidios en las personas mayores son más violentos que en cualquier otro grupo de edad”, destaca el geriatra e investigador gallego, y reflexiona: “Por el mero hecho de vivir, las personas se van encontrando, a lo largo de su existencia, con situaciones de muerte y van desarrollando, por así decirlo, una especie de tolerancia al dolor. Desde mi punto de vista, estos tres factores mencionados, que se citan en las teorías interpersonales del suicido, confluyen de una manera muy específica en los ciudadanos de mayor edad. Conocer esto puede ser importante para prevenir el suicidio en este colectivo”.

El abordaje del suicidio en las personas mayores, al igual que en otras franjas de edad, empieza por entender que la muerte autoinfligida es una realidad y que silenciarla no evitará que se produzca. Al contrario. Hay que visibilizarla. Hablar de ella. Sin cortapisas. En las familias. Entre amigos. En la consulta del médico. En los medios de comunicación... “La siguiente cuestión que hay que plantearse es cómo es posible saber si una persona está pensando en quitarse la vida. Lo primero es preguntándolo, sin embargo, tradicionalmente ha imperado una cultura muy curiosa, y es que si no se habla del suicidio, la gente no piensa en quitarse la vida, pero esto es mentira. Preguntar a una persona mayor si piensa o ha pensado en suicidarse es pertinente y recomendable. Sabido es, de hecho, que muchos de los mayores que mueren por suicidio visitaron a su médico de Atención Primaria dentro del mes anterior a su fallecimiento”, destaca Vázquez, quien incide en que “preguntar es importante”, no obstante, asegura que “más allá de eso”, y “objetivamente”, existen “señales que pueden advertir de cierto peligro”, como “el aislamiento social antes mencionado”.

"Preguntar a una persona mayor si piensa o ha pensado en suicidarse es pertinente y recomendable. Sabido es, de hecho, que muchos de los mayores que mueren por suicidio visitaron a su médico de Atención Primaria dentro del mes anterior a su fallecimiento"

Miguel Ángel Vázquez - Geriatra e investigador de la longevidad

“La soledad es una emoción y, como tal, es subjetiva. Uno puede sentirse solo dentro de una familia, pero el aislamiento es objetivo y se produce cuando la persona no tiene, literalmente, a quién llamar. Cuando nadie se preocupa por él o por ella. Este fenómeno tiene que encendernos una luz roja. Esas personas mayores que están absolutamente solas, que además tienen problemas de salud física o mental, que sufren dolor...”, apunta el geriatra e investigador gallego y considera: “El dolor crónico es muy dañino. Mina la fuerza de las personas, las deprime, les produce ansiedad, les quita el sueño y limita enormemente su vida, no obstante, se puede tratar. A día de hoy, existe un arsenal terapéutico más que suficiente para abordarlo, e incluso hay unidades especializadas en su manejo”, resalta.

Coincide Raimundo Mateos, doctor en Medicina, profesor de Psiquiatría de la Universidade de Santiago (USC), psicogerontólogo y actual vicepresidente segundo de la Sociedade Galega de Xerontoloxía e Xeriatría, en que los pensamientos acerca de quitarse la vida aparecen como expresión de un “sufrimiento” enmarcado o no, asegura, en un problema de salud mental. “Hay varios factores estresantes, que tienen sus peculiaridades en los mayores, y uno de ellos es la soledad, junto con las enfermedades dolorosas, crónicas e incapacitantes, más frecuentes en este colectivo. Situaciones que, muchas veces, hacen que la vida deje de tener sentido”, expone Mateos, quien afirma que, “con mucha frecuencia (aunque no siempre), el suicido implica psicopatología”, siendo “la más habitual la depresión”. “Y entre los factores causales de la depresión figuran los anteriormente comentados, junto con problemas familiares, económicos, etc... Todas las fuentes de estrés que generan sufrimiento favorecen que una persona, de cualquier edad, pueda llegar a pensar en quitarse la vida, lo que sucede es que en los mayores, tanto la soledad como las dolencias incapacitantes son más usuales, y hacen que los afectados vayan perdiendo las fuerzas para afrontar esas situaciones”, reitera, y resume: “Detrás del suicidio hay siempre un sufrimiento, con independencia de la edad”.

El doctor en Medicina, profesor de Psiquiatría de la USC y psicogerontólogo Raimundo Mateos. CARLOS PARDELLAS

Búsqueda de “luces rojas”

En este punto, Miguel Ángel Vázquez urge “buscar” todas estas “luces rojas del suicidio”, puesto que hacerlo, insiste, “es ya una forma de prevenirlo”. “Los episodios estresantes, como la muerte de un ser querido, incluso un divorcio en personas mayores, un desajuste financiero importante, la pérdida de funcionalidad... No es lo mismo tener el colesterol o la tensión alta que no poder levantarse de la cama. Todas estas circunstancias, unidas, tienen que encender señales de alarma en los servicios sociales, en el personal de enfermería, en los médicos... y también entre la vecindad. Galicia es una comunidad mayoritariamente rural y esto ha favorecido que la sociedad gallega sea muy cuidadora. Deberíamos potenciar esto y apoyarnos mucho más”, sugiere el geriatra e investigador gallego, y destaca: “Tocar la puerta de esos mayores que pueden estar en riesgo de suicidio, realizarles una llamada telefónica, escucharles y hacerlo con atención, es tremendamente importante. Esto lo saben bien los equipos de asistencia que están, por así decirlo, en la actuación preventiva”.

También es importante —prosigue— la potenciación de estrategias de red de servicios para personas mayores, no obstante, en Galicia el tema del voluntariado está por desarrollar. Tanto el Gobierno central, como el gallego en este caso, ceden la responsabilidad de la acción del voluntariado en las entidades sin ánimo de lucro, y esto es un gran error. Tiene que ser la Xunta quien establezca las redes de voluntarios, porque Galicia tiene, histórica y culturalmente, una gran capacidad para desarrollar voluntariado. Además de apoyar a los peregrinos, que está muy bien, deberíamos pensar en apoyar a las personas que están solas y precisan ayuda”, considera Miguel Ángel Vázquez, quien insta a “tejer un Camino de Santiago solidario, y voluntario, que atienda a las personas mayores”. “En áreas rurales, potenciar el voluntariado y reconocer la labor que hacen los buenos vecinos es muy importante. Además de la Atención Primaria de salud están los servicios sociales, y en una comunidad autónoma tan envejecida como la nuestra, la atención a este tema es absolutamente necesario”, reitera.

"Siempre que haya un problema de salud mental, sobre todo aquellos que se asocian más al suicidio como las depresiones graves, hay que pensar que existe riesgo. Y como la realidad psicogeriátrica es compleja, lo más razonable es la continuidad asistencial"

Raimundo Mateos - Doctor en Medicina, profesor de Psiquiatría de la USC, psicogerontólogo y vicepresidente segundo de la Sociedade Galega de Xerontoloxía e Xeriatría (SGXX)

Con todo, cree este geriatra e investigador gallego que “tampoco es criticable la acción de gobierno desde la perspectiva del conocimiento, o de la academia, sin más”. “Para mí, como geriatra o científico, es muy fácil decir ‘esto es lo que habría que hacer’, pero cierto es, también, que quizás esa administración necesite la generación de un caldo de cultivo de expertos que pongan encima de la mesa propuestas razonables, con hojas de ruta y estrategias definidas. Trasladar a los técnicos de las consellerías propuestas definidas y claras es importante. En Política Social, por ejemplo, no hay masa crítica porque quizás cuente menos con esa parte técnica. Si los especialistas en Salud Mental y los geriatras no se sientan a hablar con esa Consellería para trasladarle qué es lo que pueden hacer, puede que ellos tampoco sepan cómo hacerlo”, sostiene.

Continuidad asistencial

Raimundo Mateos considera, por su parte, que el abordaje del suicidio en las personas mayores es “complejo” porque las circunstancias de este colectivo, muchas veces, también lo son. “A veces en las personas mayores es un poco más difícil predecir el riesgo porque un porcentaje de suicidios, en esta franja de edad, son más impulsivos. Claro que los hay planificados también, por supuesto, pero ese componente de impulsividad es más frecuente en este colectivo, lo cual puede desbaratar la detección de las señales de riesgo”, apunta el vicepresidente segundo de la Sociedade Galega de Xerontoloxía e Xeriatría, quien aconseja, por tanto, “sacar varias conclusiones”: “Siempre que haya un problema de salud mental, sobre todo aquellos que se asocian más al suicidio como las depresiones graves, tenemos que pensar que existe ese riesgo. Y como sabemos que confluyen todos esos factores sociales anteriormente mencionados, y que la realidad psicogeriátrica es compleja, lo más razonable es la actitud de continuidad asistencial. Una cuestión tan importante, como desatendida”.

“Los hospitales y los centros de salud —continúa— están llenos de pacientes con enfermedades crónicas, y el paradigma de la cronicidad son las personas mayores. Urge que haya, por tanto, profesionales que sigan a esos pacientes. Ya no hablo solo de equipos especializados, que también, pero hay que ir más allá. Es fundamental que en Atención Primaria exista también esa continuidad asistencial. Cuando un médico de familia ha conseguido entender ya el galimatías de un paciente crónico complejo, si se producen cambios en su situación, tendrá claro como abordarlos. Sin embargo, si en la siguiente revisión a ese enfermo le han asignado otro facultativo, este tendrá que volver a empezar. Y evaluar un problema psicogeriátrico complejo requiere mucho tiempo y esfuerzo. Los dispositivos tienen que percatarse de la necesidad de la continuidad asistencial, pero a veces la rotación de profesionales es demasiado elevada”, advierte.

La “paradoja” del “edadismo”

“¿Hasta qué punto podría verse atenuado ese sentimiento de soledad que lleva a tantas personas mayores a plantearse el suicidio si por parte de la sociedad hubiese una actitud más de apoyo hacia este colectivo?”, se pregunta Raimundo Mateos, doctor en Medicina, profesor de Psiquiatría de la Universidade de Santiago (USC), psicogerontólogo y actual vicepresidente segundo de la Sociedade Galega de Xerontoloxía e Xeriatría, quien considera que “el tema del suicidio es un ejemplo más de edadismo”. “Siempre que se aborda el suicidio es para hablar de los jóvenes, algo totalmente entendible, pero tenía que impresionarnos lo suficiente también que la tasa de muertes autoinfligidas y la incidencia de esta problemática es siempre mayor en las personas de más edad”, plantea.

Mateos sostiene que la “revolución pendiente” es “la de los derechos de las personas mayores”, e insiste en que “ya toca” ponerla en marcha. “El edadismo constituye una paradoja extraordinaria al tratarse de una discriminación hacia nosotros mismos, dado que todos aspiramos a vivir la mayor cantidad de años posible. No se entiende bien”, advierte el experto, a lo que Miguel Ángel Vázquez, geriatra e investigador de la longevidad, agrega: “Cuando entendamos que las personas mayores son sujetos de pleno derecho, comprenderemos un poco más el mundo, y sobre esto hay que trabajar”.