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Historiador, autor de 'Pasionaria. 'La vida inesperada de Dolores Ibárruri'

Diego Díaz: “Toda la vida de Pasionaria fue una rebelión contra el mandato de género por ser mujer”

“Tuvo una relación con otro hombre al que le sacaba 14 años y antepuso su militancia al cuidado de los hijos, por lo que fue muy moderna aunque su imagen pública era tradicional”

Diego Díaz Alonso. La Opinión

¿Cuál es el origen de esta biografía sobre Dolores Ibárruri?

El libro es un encargo con motivo del centenario del Partido Comunista de España y trato de actualizar el personaje con una mirada quizá más atenta a las cuestiones de género que otras biografías, pensando en un lector del siglo XXI que no esté tan familiarizado con ella.

¿Por qué le da el título de La vida inesperada de Dolores Ibárruri?

El tema central del libro es cómo el movimiento obrero dio sentido a la vida de personas comunes. La madre de Dolores le dijo cuando era una adolescente que la vida de una mujer iba a ser hilar, parir y llorar, y yo planteo que toda su vida fue una especie de rebelión contra ese mandato de género y de clase, ya que el movimiento obrero le permitió vivir una vida excepcional.

¿Cómo fueron sus inicios en el movimiento obrero?

Pertenecía a una familia católica y conservadora, pero a los veinte años conoce a un minero socialista, Julián Ruiz, quien le descubre el socialismo, aunque ella pasa de forma muy rápida a convertirse de la mujer de Julián a una figura del movimiento obrero en el País Vasco por derecho propio.

¿Ya se la conocía por Pasionaria?

El nombre de Pasionaria viene porque su familia era muy religiosa que desaprobó su matrimonio, por lo que cuando empieza a colaborar en la prensa socialista de Vizcaya lo hace firmando con seudónimo y se inventa el de Pasionaria porque el primer artículo que escribe fue en Semana Santa, cuando brotan unas flores que se llaman pasionarias.

¿Cuándo salta a la fama fuera del País Vasco?

Había ido hasta los quince años a la escuela, lo cual no era muy común para una mujer de clase trabajadora y tenía un nivel cultural por encima de la media para su época, a lo que se unía que era una lectora voraz y que tenía una gran capacidad oratoria. En 1931 el Partido Comunista le propone que se vaya a Madrid y se convierta en una dirigente a nivel nacional. Eso le hizo romper con su marido, que no quería marcharse del pueblo y, aunque nunca se llegaron a separar legalmente, en la práctica supuso su separación.

¿Fue la guerra su consagración como figura política?

Al iniciarse la República era una figura con una popularidad ascendente, pero su eclosión como figura nacional e internacional fue la Guerra Civil, ya que todos los corresponsales que vinieron a España la quisieron conocer, pero también se convirtió en el diablo para el franquismo.

¿Por qué la atacó tan duramente el franquismo?

Se le atribuyeron las características típicas de una bruja: es una mujer que no tiene tutela masculina, más lista que los hombres y con una voracidad sexual enorme. El personaje que dibuja la propaganda franquista es el de una mujer astuta, malvada, sádica, cruel y con una desaforada pasión sexual.

¿Se aprovechó Stalin de su popularidad mundial cuando se instaló en la Unión Soviética tras la guerra?

Fue una figura totalmente estalinista, pero cuando murió Stalin asumió que había desestalinizarse. Hubo en su vida un suceso trágico, la muerte de su hijo en la batalla de Stalingrado, lo que la destrozó psicológicamente pero terminó de redondear su mito. Fue muy leal siempre a Moscú, aunque hubo un momento en que marcó las distancias y se posicionó en contra de la URSS. Fue probablemente la decisión más difícil de su vida, ya que la URSS la había tratado muy bien y vivió allí un exilio de oro. Pero en 1968 se posicionó junto con el PCE contra de la invasión de Checoslovaquia al entender que sus dirigentes intentaban ensayar un socialismo con rostro humano y que la URSS había cometido un error.

¿Le supuso un coste político?

No, tuvo una discusión fuerte con el Partido Comunista de la Unión Soviética, pero era una figura tan idolatrada que respetó esa salida del tiesto que tuvo.

Su regreso a España durante la Transición hizo que fuese uno de los referentes de ese periodo.

Los únicos diputados en 1936 que volvieron en 1977 a sus escaños fueron Manuel Irujo, del PNV, y Dolores. Fue una imagen icónica de la Transición porque su presencia en el Congreso de los Diputados estableció una especie de puente con la democracia de la República y demostró que existía un sistema democrático homologable. El prólogo que escribió Enric Juliana para mi libro comienza con la foto de Dolores y Adolfo Suárez dándose la mano.

¿Qué imagen queda hoy de Pasionaria?

Es una figura muy mitificada por un sector de la izquierda, aunque hay otro al que lo gusta nada por su faceta estalinista. Una parte de la derecha está muy obsesionada con ella e intenta retirarle los reconocimientos que se le han hecho, como la dedicatoria de calles. Mi libro no es sobre Santa Dolores Ibárruri, ya que trata de abordar las luces y las sombras de un personaje que recorre todo el siglo XX, ya que tuvo momentos muy luminosos y muy oscuros.

Menciona la cuestión de género sobre su figura. ¿No se ha abordado lo suficiente?

Esta biografía destaca su feminismo intuitivo, aunque nunca se definió como feminista. Pero no se separó de su marido, tuvo una relación con otro hombre al que le sacaba 14 años y antepuso su militancia política al cuidado de los hijos, por lo que fue una mujer muy moderna aunque su imagen pública era tradicional. El libro está atento al protofeminismo de los años treinta, en el que la liberación de la mujer no se acaba con el divorcio y el voto, sino que también pasa por el aborto, la creación de guarderías y la igualdad salarial.

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