¿Mató el ‘streaming’ a la estrella de la radio?

Luis Merino, ex directivo de 40 Principales y otras emisoras musicales, rememora en un libro los tiempos en los que la FM entronizaba músicos y generaba fenómenos transversales

Luis Merino (3º iz.) con losRolling Stones en la gira ‘Bridges to Babylon’.   | // CEDIDA

Luis Merino (3º iz.) con losRolling Stones en la gira ‘Bridges to Babylon’. | // CEDIDA / Carlos Pérez de Ziriza

Carlos Pérez de Ziriza

Seguro que lo recuerdan: canciones como Chiquilla (Seguridad Social), Sin documentos (Los Rodríguez) y Veneno en la piel (Radio Futura), por poner solo tres ejemplos, sonaban en todas partes. Las conocía la prole, la abuela, el conductor del autobús, la vecina del quinto, los obreros que apilaban ladrillos en el chaflán de al lado y el propietario del quiosco de la esquina. La única forma de ignorarlas era vivir recluido en un búnker o en un refugio antinuclear. Y a lo mejor ni por esas. Bastaba un diminuto transistor y algo de cobertura.

Merino (d.), con Sabina (centro)y Joaquín Luqui.   | // CEDIDA

Merino (d.), con Sabina (centro) y Joaquín Luqui. | // CEDIDA / Carlos Pérez de Ziriza

Eran los años ochenta y noventa, el esplendor de la radiofórmula y las emisoras musicales de frecuencia modulada. Campañas que podían encumbrar a un puñado de músicos de la noche a la mañana. Audiencias millonarias. Todo el conocimiento pasaba por ellos, y en (mucha) menor medida, por la prensa del ramo. Internet apenas era un protocolo del Departamento de Defensa de EE. UU. que nadie conocía fuera del Pentágono. Los algoritmos, pura ciencia ficción. La palabra clave era “prescripción”: un puñado de disc jockeys —poco que ver con el DJ de masas tal y como lo conocemos— decidía tras un micrófono lo que la gente podía escuchar a través de las ondas, antes de que algunos oyentes emprendieran la voluntariosa tarea de acercarse a una tienda de discos o a unos grandes almacenes.

Luis Merino entrevistaa Julio Iglesias.   | // CEDIDA

Luis Merino entrevista a Julio Iglesias. | // CEDIDA / Carlos Pérez de Ziriza

Luis Merino (Zaragoza, 1954) fue director de 40 Principales y demás emisoras musicales del grupo Prisa entre 1996 y 2001, y tiene claro que el modelo ha cambiado radicalmente. “A partir del 2000 y algo, la radio se dedicó a hacer teología de los estudios de mercado, cuando antes era un programador quien elegía lo que consideraba más adecuado para el oyente: comunicaba y prescribía, que son las dos funciones fundamentales de la radio. Hasta que la gente dice que le molesta el DJ y no quiere voz, que es como decir que las tuberías no deben llevar agua. Pero la radio no es un grifo de música, y a mí lo de una hora sin presentaciones me parecía una salvajada”, argumenta este comunicador y empresario que ha vivido de primera mano la era dorada de la radiofórmula, trabajando con locutores como Joaquín Luqui o José Antonio Abellán, y que a lo largo de su vida ha podido confraternizar con Paul McCartney o Bruce Springsteen, compartir mesa y mantel con Elton John, conocer a Berry Gordy en sus legendarias oficinas del sello Motown, vivir el Live Aid en el estadio de Wembley a pocos metros de Lady Di o disfrutar de una interpretación privada de Brothers In Arms para él solo a cargo de Mark Knopfler, un año y medio antes de que la canción se publicase.

Merino con Bruce Springsteen.   | // CEDIDA

Merino con Bruce Springsteen. | // CEDIDA / Carlos Pérez de Ziriza

Lo cuenta en Cuando la música era redonda (Sílex, 2023), un jugoso libro autobiográfico escrito junto a Tudi Martín que es también el relato de un joven melómano que iba para médico hasta que le pidió una oportunidad al periodista Vicente Ros Belda en Radio Valencia a mediados de los setenta. “Procedí con más caridad que inteligencia: poniendo discos no matas a nadie”, cuenta entre risas quien se define como “un apasionado coleccionista de música” que vio en la radio “un mecanismo en el que poder contar que un disco era lo más”, y cuyo primer single en propiedad fue La chica Ye Yé (1966) de Concha Velasco, que sus padres le regalaron cuando era un crío que pasaba los veranos pegado a su transistor en la pequeña población de Cubillos del Pan (Zamora).

Aquella emisora valenciana se convertiría en Mediterráneo SER, una de las que formaban ya parte de la cadena que emitía Los 40 Principales, el formato que Rafael Revert había adaptado del Top 40 norteamericano. Luis Merino dejó Valencia y se fue a Madrid en 1989 para ser subdirector de Los 40, en cuyo organigrama escalaría durante los noventa.

“La radio musical se ha quedado ahora en pelotas”, reconoce, porque “se aleja de la prescripción y la comunicación que eran su ADN” e “intenta recuperarlas a marchas forzadas, pero está muy sujeta al mercado, y este siempre es previsible: el mercado dice ahora que hay que copiar, y no innovar”. La comparación con las plataformas de streaming y Youtube es inevitable: “Si me gustan los Beatles y Simon & Garfunkel, el algoritmo me dirá que Crosby, Stills & Nash me tienen que gustar también, pero nunca me dirá que Steven Wilson o Gloria Estefan o Los Indios Tabajaras me pueden gustar también: esa es la diferencia entre un estudio de mercado y un programador”, esgrime.

Sostiene Luis Merino que “la radio musical fue la primera red social que ha habido, donde por un lado confluían los artistas y por el otro los oyentes: unos creaban música y otros la disfrutaban, y la radio era el puente entre ambos”. Y es de quienes aún valoran la fisicidad de la música. El denostado formato. “Si alguien compraba un disco, lo poseía, no como hoy en que lo que triunfa es la puesta a disposición: ¿para qué quiero yo doce millones de canciones, como ofrece Apple? Está bien que estén ahí, pero lo que quiero es que alguien me diga, de todo lo que sale, qué es lo que me puede interesar, y ese papel lo jugaba la radio”, explica.

Evidentemente, son muchos los estímulos que ahora concurren. Hasta el punto de que piensa que hoy en día “el talento ya no está al servicio de la música, sino del cine, los videojuegos o las aplicaciones”, y de que valora que la competencia ya difícilmente puede darse entre emisoras de radio, sino entre otros filtros muy distintos: “La radio de aquella época tenía competencia dentro de la misma banda, porque si yo trabajaba en Los 40, mi competencia podía ser Radio 3, Cadena Cien o Europa FM, pero hoy los jóvenes escuchan música en un teléfono, y ahí tu competencia es whatsapp, Facebook, los juegos, las RRSS, y cada uno pelea por la atención del usuario: la música tenía papel preponderante en los 70, 80 y 90 porque la gente quería comprarse música y ropa, fundamentalmente, pero ya no es así”.

Cualquiera que viviese aquella época podrá recordar que Los 40 Principales eran considerados el summum de la comercialidad. Que solo primaban los intereses monetarios. El propio Luis Merino recuerda en su libro las acusaciones de “horteras” o de emisora “para niñatos” que se granjeaba la radiofórmula durante los ochenta y noventa. Pero niega la mayor. De hecho, fue lanzadera de muchos músicos que surgían del ámbito independiente. Rafael Revert recibió una carta desafiante por parte de Servando Carballar y sus Aviador Dro, quienes daban por hecho que eran caso perdido para la emisora, pero recogió el guante y contactó con ellos.

En cualquier caso, Hombres G, Duncan Dhu, Gabinete Caligari o Loquillo y los Trogloditas provenían de un sustrato independiente y gozaron de amplia exposición en un momento en que Los 40 Principales pescaban en ese caladero: “Ese sambenito de música comercial no es verdad, ni tampoco el de que cobráramos nada por poner un disco: con los músicos era un quid pro quo”, recuerda Luis Merino al hilo también de aquellos conciertos que la emisora programaba en espacios urbanos. “Lanzamos a Hombres G, por ejemplo, y ellos necesitaban visibilidad y nosotros acercar la música a la calle, con lo que llevábamos a nuestra audiencia la música que les poníamos en la radio, pero en directo: eso era muy bueno para el grupo y para la radio, y los músicos ganaban así millones y millones”.

Fue la época de los conciertos multitudinarios que arrastraban a decenas de miles de personas, ya fueran matinales o nocturnos, mucho antes de los grandes festivales. “Era maravilloso que el músico y la radio se pudieran ayudar, pero la nuestra no era una relación aséptica, era pasional: recuerdo ir Londres a escuchar el álbum recién mezclado de Los Secretos para elegir qué canciones podían ser las más adecuadas para nuestra audiencia, y creo que eso es ayudar a un grupo, que normalmente no pensaba en singles; ya se ha perdido el papel de oteador de repertorio que la radio tenía”, lamenta.

El disco rojo como santo Grial

Ser disco rojo de Los 40 Principales garantizaba una difusión mastodóntica. Como lograr el codiciado número uno de su lista semanal, que se decidía los martes en la Gran Vía madrileña: “Nos reuníamos las principales emisoras de España, y tres o cuatro pequeñas, veíamos cuál era la evolución de cada canción y sobre eso se votaba”, rememora Merino. “Éramos unas doce personas”, cuenta, “y entre gente que conoce repertorios y artistas, a veces pensábamos que quizá era mejor dejar una canción de Radio Futura creciendo hasta que pudiera rematar su trayectoria de una forma más sólida”.

Argumenta que la fragmentación de las audiencias no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de la era del streaming y las redes sociales, ya que “en los EE.UU. las emisoras de country solo daban country, y las de oldies solo oldies”, y reivindica que el Top 40 del que se nutrió Los 40 nació precisamente para contrarrestar esos nichos, “porque recogía éxitos compatibles de todos los estilos, era como un escaparate de bazar”. Hoy en día se le antoja sumamente difícil que “a los chicos que les encanta el reguetón les vaya a gustar el rock and roll o las baladas”. Y lamenta que a la radio musical “le faltan referencias”, que se hayan ido perdiendo porque sus disc jockeys “o se han ido o son muy mayores”. Es un medio cada vez más huérfano de tótems. Y cada vez menos autónomo, más dependiente de los espacios matinales o despertadores.

Luis Merino, quien pudo haber sido manager de Mecano gracias a la amistad que compartían justo antes de que estos explotaran comercialmente (“solo yo creía en ellos, y logré que la compañía que les iba a dar la carta de libertad les grabara un LP”) y haber ganado un dinero que no podría ni haber imaginado en sus mejores sueños en el mundo de la radio, no se arrepiente de nada: “He sido muy feliz con las cosas que he hecho, el dinero y la fama son en la vida elementos de medición de éxito, pero yo solo he querido tener el dinero que me permitiera vivir razonablemente bien, y si volviera a nacer, haría lo mismo, hasta lo malo, porque si no tienes problemas, no logras evaluar los momentos de felicidad como realmente son”.