La visita del pato cojo

11.07.2016 | 00:32

Pato rengo se suele llamar al presidente de los EEUU durante los últimos días de su mandato cuando ya está su sucesor elegido, aludiendo a su evidente pérdida de poder real. Por extensión se aplica también a los últimos meses de su último mandato. Obama es ahora el pato cojo que decidió, no se sabe bien, si visitar España o sus bases en España. Esta visita, por todas las circunstancias que la rodean, tenía ya escasa relevancia política pero aún ésta la ha perdido cuando el pato cojo se ve obligado a reducir su estancia por los graves acontecimientos de Dallas que, sin duda, acentúan la cojera de un presidente negro que tanto batalló por los derechos civiles y contra el racismo en su país con tan magros resultados, si los comparamos con la lucha, el sacrificio y los esfuerzos de tantos luchadores y luchadoras que se dejaron la piel y la vida en ello. Esto nos da una idea de lo que cuesta erradicar comportamientos ignominiosos, diabólicas ideologías y sentimientos infames. Algo así nos está pasando a nosotros con la corrupción que también se tapa tantas veces con ambigüedades perversas e inicuos cálculos partidistas. El presidente Obama, en su visita de médico, se entrevistará con un presidente en funciones, que adolece también de una prologada cojera y con un jefe de Estado con funciones más bien escasas. Las relaciones reales existentes con los EEUU en los ámbitos político, cultural, comercial y militar hubieran requerido que una visita así se realizara mucho antes, en muy otras condiciones y con una agenda política más allá de protocolos y propagandas, pero es evidente que nuestra capacidad diplomática ha sido muy pobre y creo que revela el papel escasamente relevante que desde el primer país del mundo se nos otorga, por mucho que se calienten los oídos de algunos con los requiebros diplomáticamente obligados de los visitantes. Esto es especialmente preocupante porque, quiérase o no, en nuestras relaciones con los EEUU hay muchas cosas a mejorar y corregir que debieran estar encima de la mesa y en el debate político, si de verdad fuéramos países amigos en pie de igualdad y no tanto vasallos, cuando no cómplices en operaciones execrables de infeliz memoria.

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