La ciudad que viví

El hijo de la 'gobernadora'

Mi familia fue conocida porque el gobernador civil apadrinó a mi hermana por ser la primera en nacer en el grupo que lleva su nombre, Pardo de Santallana, por lo que a mi madre le llamaron la gobernadora

08.11.2015 | 03:12

Nací en la calle del Hostal, en el barrio de Labañou, donde vivían mis padres, José y Carmen, con mis hermanos Socorro, Chus, Reme, Javier, Lolo, Concha, Mari y Moncho. Nuestra casa formaba parte del grupo conocido como Pardo de Santallana, ya que fue el gobernador civil que las inauguró y aquel día anunció que apadrinaría al primer niño que naciera en el nuevo barrio. Curiosamente, el primer nacimiento fue el de mi hermana Socorro, por lo que a mi madre desde entonces la conocieron en toda la zona como la gobernadora.

Mi padre trabajó en la empresa constructora Rodolfo Lama, mientras que mi madre lo hizo en la antigua fábrica de hielo hasta que se casó, momento en que se dedicó a cuidar a nuestra numerosa familia. Mi primer colegio fue el que estaba situado en la calle Seoane Rama, junto a los antiguos lavaderos y pilones, donde tuve como profesores a Juan y Ramón y donde estudié hasta los diez años. Luego pasé al colegio Calvo Sotelo, donde dejé los estudios a los quince años para, al igual que mis hermanos, ayudar a la familia con nuestro trabajo.

Empecé como aprendiz en un taller de lavado y engrase de coches, en el que estuve varios años, para luego pasar al antiguo mercado de frutas de San Roque, situado donde había estado la capilla del mismo nombre, cuyos restos permanecieron allí muchos años. Allí trabajé hasta que fui a hacer la mili en el Parque de Automóviles de Alcalá de Henares. Al regresar, me dediqué a diferentes actividades hasta que entré en el departamento de Fiestas del Ayuntamiento, en el que trabajé hasta finales de los años ochenta, momento en el que ingresé en el Casino, donde continúo ahora.

Mis amigos de la infancia fueron José García, Ciaco Sánchez, Fernando el legionario, Javier Cavero, Pepete Faifa, Chiñas, Luis Rosales y Lolo. Nuestros juegos los hacíamos en la zona del colegio cercana los lavaderos de ropa, donde pasamos muy buenos ratos. Muchas veces subíamos al monte de San Pedro, donde estaban los grandes cañones de costa y donde aprovechábamos para bañarnos en los pilones y bebederos de los caballos, aunque teníamos que escondernos de los soldados que vigilaban allí para que no nos vieran bañarnos a toda la pandilla, aunque en aquellos años nadie nos ganaba a correr.

Cuando había buenas mareas, sobre todo en Semana Santa porque también nos bañábamos, solíamos ir a las rocas llamadas Pidos y Pisín el Caballo, así como a las islas de O Portiño, donde cogíamos erizos y percebes. Esa época del año era bastante aburrida para los chavales, por lo que intentábamos divertirnos jugando al fútbol o al futbolín, además de viendo películas de romanos o de curas, que eran las únicas que ponían en aquellos días, como La túnica sagrada o Fray Escoba. El cine que más nos gustaba era el Hércules, donde si nos sobraba algo de dinero lo gastábamos en la confitería Manolitos.

También íbamos a la calle del Orzán para alquilar bicicletas, ya que en ese local era más barato que en el de la calle de la Torre, así como a pasar por la calle Real de arriba abajo para ver a las chavalas que hacían lo mismo. Por las tardes íbamos por las calles de los vinos y parábamos en el Siete Puertas, que era el punto de reunión de nuestra pandilla y donde nos veíamos con conocidos de la zona de la Torre y el Orzán.

Los chavales solo pensábamos en pasarlo bien jugando en la calle o contando historias en el local social de Labañou, donde pasábamos mucho tiempo animando a la gente mayor cantando y tocando la pandereta, al igual que en el asilo de ancianos de Adelaida Muro, donde alegrábamos a los enfermos con nuestra música.

Me acuerdo cuando venía a la ciudad el circo Price con la trapecista Pinito del Oro, ya que tratábamos de conseguir entradas ayudando en el montaje y llevando agua en cubos con el fin de poder entrar a ver las funciones. También recuerdo las carreras de coches y motos que se hacían en el circuito de Riazor y que se llenaba por completo de gente, que se quedaba admirada del coche deportivo del doctor Larrea, el famoso Pegaso que siempre recorría aquel circuito.

Me casé con la coruñesa Dolores Rodríguez, a quien conocí en la discoteca Rigbabá y con quien tengo una hija llamada Tania. Durante un tiempo vivimos en casa de mis suegros, que era una de las viviendas municipales de As Lagoas, tras cuyo derribo nos trasladamos a la ronda de Outeiro. En la actualidad soy socio de la Asociación de Veteranos de la Legión, con la que celebro todos los años su fiesta con una comida de confraternidad. Como curiosidad, tengo que decir que juré bandera dos veces, una como soldado y otra como civil en los años ochenta con la presencia del padre Taboada, quien portaba la bandera española y nos daba la bendición.

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