El ciclón negro

Marshall Taylor, el segundo afroamericano de la historia en lograr un mundial, triunfó en el ciclismo pese al desprecio que debía soportar del público y parte de sus rivales

04.04.2016 | 00:30
Marshall ´Major´ Taylor, durante su plenitud como corredor.

Décadas antes de que Jesse Owens o Jackie Robinson se convirtiesen en inconos de la lucha contra el racismo hubo un ciclista norteamericano que rompió barreras para convertirse en el segundo deportista negro, tras un boxeador canadiense, que conseguía proclamarse campeón del mundo en cualquier disciplina. Se llamaba Marshall Major Taylor y su vida, como las carreras en las que participaba, estuvo llena de complicaciones y de silencio. La historia tardó décadas en reconocerle su relevancia.

Pensar que en los Estados Unidos de finales del siglo XIX un chico negro podía alcanzar la cima del deporte mundial suponía un ejercicio importante de imaginación. Lo consiguió Marshall Taylor, un muchacho nacido en 1878 en Indiana y que desarrolló una increíble habilidad para montar en bicicleta. Hijo de un veterano de la Guerra Civil Americana, disfrutó de ciertos privilegios cuando era niño por una cuestión puramente casual. Su padre era cochero de los Southards, una familia adinerada de la ciudad. De tanto acompañarle al trabajo y de ayudarle en pequeñas tareas, Marshall entabló amistad con el hijo de la familia y cayó en gracia en la casa. Los detalles eran frecuentes y cuando cumplió los doce años, sin esperarlo, los Southards le regalaron una bicicleta que se convirtió en su principal compañero de juegos.

Taylor aprendió a montar rápido y de inmediato comenzó a realizar todo tipo de trucos y de malabarismos sobre ella. Más que para correr, al principio la quería para jugar. No se bajaba de ella y eso le permitió alcanzar un extraordario dominio de ella y conseguir su primer trabajo. Fue contratado por el dueño de una tienda de bicicletas que le colocaba en la puerta de negocio haciendo equilibrios y malabares para atraer clientes. La estrategia funcionaba y el pequeño empresario estaba encantado con Marshall. Para añadirle más interés a las demostraciones, se vestía con un uniforme militar lo que le valió ese apodo de Major que se añadió a su nombre y del que ya nunca se separaría.

En aquel tiempo, el ciclismo era sobre todo un deporte limitado a los velódromos y a los circuitos cerrados, pequeños, en los que muchos aficionados podían seguir al mismo tiempo la carrera. Las pruebas de ruta, extremas, duras, ligadas a la épica, aún no habían comenzado a florecer y lo harían sobre todo en Europa de la mano de franceses e italianos. En Estados Unidos las carreras en pista habían generado un elevado interés en los aficionados y todas las grandes ciudades organizaban competiciones bien remuneradas. Taylor ganó su primera carrera con solo trece años. Una prueba de aficionados a la que el dueño de la tienda de bicicletas le llevó medio engañado y solo allí, cuando estaba a punto de darse la salida, le comunicó que debía correr. Lo hizo y se impuso al resto de jóvenes, la mayoría mayores que él, a los que se enfrentó.

En Indiana lograría con dieciséis años su primera victoria en una prueba de cierta relevancia. Ese día fue la confirmación de que tenía enormes posibilidades de hacerse un nombre en el ciclismo en pista, pero también que el camino que le esperaba era más complicado de lo que a priori podía imaginar un adolescente que aún no había comenzado a enfrentarse a los problemas serios de la vida. Tras la victoria recibió algunos insultos por parte de los espectadores y sobre todo de sus rivales. Su pecado, que un negro se había impuesto al resto de competidores blancos. Comenzaron entonces los problemas en el estado de Indiana. A Taylor se le prohibía tomar parte en algunas competiciones y en otras se encontraba todo tipo de problemas. Tomó entonces la decisión de poner tierra de por medio y marcharse al este donde imaginaba que habría un poco más de tolerancia con la gente de su raza, que encontraría un clima menos agresivo y mejores condiciones para dedicarse al deporte. Se instaló no muy lejos de Nueva York y comenzó a trabajar en una fábrica de bicicletas en Worcester propiedad de Louis D. Munger, para cuyo equipo comenzó a correr desde que entró por la puerta. Birdie Munger se convirtió en su director deportivo y el hombre que le acompañó en buena parte de su carrera. La historia necesitaba las piernas potentes de Taylor, pero también el dinero, la visión y el sacrificio de gente como Munger. Junto a él ganó la Liga de América Wheelmen en New Haven en 1896, el comienzo de su serie arrolladora de resultados que le convirtieron en una pequeña celebridad hasta el punto de que el presidente de Estados Unidos, Theodore Roosevelt (que siempre fue aficionado al deporte) declaró en algún momento su admiración por el ciclista. Después de ganar la milla de Blue Ribbon los medios de comunicación encuentran el apodo con el que referirse a él. Nace entonces la leyenda del ciclón negro.

Récords mundiales

En 1898 obtiene siete récords mundiales en distancias hasta las dos millas y queda en primer lugar en 29 de las 49 carreras que disputó. En 1899 establece otros siete récord mundiales (el de la milla lo mantuvo durante 28 años, con un tiempo de 1 minuto y 41 segundos) pero, sobre todo, conquista su primer título de campeón del mundo. Era el segundo negro en alcanzar ese logro. Solo se le había adelantado el boxeador canadiense George Dixon, que poco tiempo antes se había hecho con el cetro mundial de su peso.

Su fama traspasó fronteras. Saltó a Europa donde en 1902 ganó 40 de las 57 carreras en las que participó superando a muchos campeones de países como Alemania, Francia o Inglaterra. En el viejo continente encontraba una complicidad que le faltaba en su casa, sobre todo en el complicado sur. A Taylor en Estados Unidos le seguían impidiendo participar en algunas pruebas, se le negaba el acceso a restaurante, hoteles y algunas pruebas se convertían en un tormento para él. Sufría insultos por parte del público o de sus rivales, se le lanzaban clavos para que pinchase o directamente se organizaban verdaderas encerronas para evitar su victoria. De muchas escapaba por su habilidad y potencia pero otras eran poco menos que trampas mortales. Una vez uno de sus rivales le embistió e hizo perder la consciencia. El castigo que recibió fue de apenas 50 dólares. Y aunque intentaba estar por encima de todo aquello (llegó a decir que "la vida es demasiado corta para los hombres como para guardar amargura en el corazón") la situación que vivía en su país acabó por amargarle.

En 1910 tomó la decisión de retirarse. Había ganado una cantidad notable de dinero, se calcula que unos 30.000 dólares. Pero se equivocó en las inversiones, perdió mucho dinero al intentar publicar su biografía y el crack de 1929 hizo el resto. Se arruinó por completo. Comenzó a vivir de la caridad y en 1932, sin llegar a los 53 años, murió en un hospital para pobres de Chicago y fue enterrado en una tumba sin nombre.

En la década de 1940 un grupo de exprofesionales de la bicicleta hicieron una donación para trasladar los restos de Taylor a un lugar de descanso más prominente en Illinois, pero pasarían otros cuarenta años antes de que los logros de Taylor fueron reconocidos de manera más formal. En los ochenta fue incluido en el Salón de la Fama de Estados Unidos, se levantó una estatua en su honor en Worcester y en Indianápolis, donde más incomprensión encontró, se puso su nombre al velódromo de la ciudad.

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