Privatizar el mar

20.11.2015 | 00:59
Privatizar el mar

Primero fue la volanta. Luego, el cerco. Y ahora se prevé que la volanta volverá a hacer pública su protesta ante la escasez de cuotas y las continuas sanciones de la inspección pesquera por cuestiones nimias. Con la volanta y el cerco en paro, el caos total en las lonjas y mercados llegará, con toda probabilidad, de la mano de los arrastreros de litoral, cansados ya de la imposibilidad de pescar y, además, hacer frente también a multas muy duras por asuntos tan aparentemente absurdos como llegar a puerto cinco minutos antes de la hora establecida en el contacto telefónico del barco con las autoridades marítimas. Se prevé que, antes de las próximas elecciones del 20D, el sector pesquero que nutre los mercados y hostelería en general de pescado del día pueda declarar un amarre total de las tres flotas, algo que incidiría notablemente en los mercados gallegos.

Existe la convicción entre los profesionales de la mar de que se están viviendo los peores y probablemente últimos momentos de esas tres flotas. Y no solo porque la Comisión Europea mantenga sus tesis de la necesidad de reducir las capturas para evitar sobrepescas, que también; sino por cómo -por ejemplo en el caso de la volanta- se adjudican a barcos que jamás las utilizan y que ahora las tienen a la venta por 30.000 euros en distintos puertos del Cantábrico Noroeste.

Nadie las compra, por la baja cotización de la merluza. Esto hace que los barcos adjudicatarios de esa cuota acumulen licencias mientras se dedican a otro tipo de artes en teoría más rentables. Pero es llamativo que asignen cuotas a aquellos que no pescan y que los que quieren pescar (muchos volanteros gallegos) carezcan de cuota y se vean forzados al amarre y acumulen sanciones que, en algún caso, se acercan al millón.

Entre los armadores gallegos corre el rumor de que son los primeros pasos para una "privatización" encubierta de la mar, donde pescarán media docena de buques-factoría para suministrar materia prima a la industria acuícola y la mayor parte de la ciudadanía dejará de comer pescado salvaje, que se convertirá en un artículo de lujo.

Si fuese así, los barcos irían al desguace, la profesión de marinero se perdería definitivamente y las poblaciones del litoral se convertirían en fantasmas de su próximo pasado.

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