11 de marzo de 2008
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Fue un verdadero pionero. Matías López, que dejó Sarria a los 15 años para buscar fortuna, la encontró en Madrid y llegó a ser una de las personas más ricas de su tiempo, gracias al emporio de chocolate que montó. Pero sus méritos van más allá: fue un precursor de la mercadotecnia y de los planes de pensiones, además de un gran defensor de los derechos de los trabajadores y de las viviendas dignas

El rey del chocolate

11.03.2008 | 02:04

El gallego Matías López, fabricante de chocolate, fue el industrial más importante de Europa y una de las mayores fortunas.

Llegó a Madrid con lo puesto y supo pronto hacerse un hueco en la sociedad. Matías López (Sarria, 1825-Madrid, 1891) levantó de la nada un imperio en torno al chocolate y llegó a convertirse en una de las mayores fortunas de su tiempo y en uno de los empresarios más importantes de Europa.
Fue el inventor de la mercadotecnia: publicitó su marca con carteles y estampillas y fue el primer empresario en poner carátula a las libras de chocolate para distinguirse de los demás y atraer al comprador.
Construyó en El Escorial una gran fábrica de chocolate y pronto compitió con las casas europeas de mayor prestigio, como Cadbury o Meurnier.
Fue un empresario modelo: creó planes de pensiones para sus trabajadores y lo que hoy llamamos seguridad social, implantó economatos y fue un precursor de la ciudad jardín aplicada a la fábrica y a las viviendas de los obreros. Incluso llegó a elaborar un tímido programa para recoger las reivindicaciones laborales de sus operarios.
Participó en la Exposición Universal de París de 1889, donde fue el primer industrial español en mostrar sus productos. En la capital francesa tuvo ocasión de conocer a Gustave Eiffel
Llegó a ser diputado a Cortes por Sarria en 1872 y poco después obtuvo un escaño en el Senado. A pesar de ser republicano, el rey Alfonso XII lo nombró senador vitalicio, sin duda en reconocimiento a su fortuna, ya que Matías López era uno de los mayores contribuyentes a la Hacienda del Estado.
Abandonó Sarria en 1840, cuando tenía 15 años, en compañía de su madre para instalarse en Madrid, a donde llegó con un sombrero y unos zuecos.
El chocolate era por aquel entonces un dinámico negocio en la capital y Matías López pronto tuvo el suyo. En 1851 montó un molino para chocolate en la calle Jacomettrezo, detrás de la plaza del Callao, y poco después puso a tres de sus trabajadores molinos en A Coruña, Lugo y Madrid. Fue probablemente el primer empresario español que se adaptó a las ideas de Stuart Mill de romper con la tradición en la transmisión de bienes.
No paró en su dedicación hasta construir un gran complejo fabril en El Escorial, rodeado de jardines, con el fin de romper la sensación de suburbio, e hizo casas para los obreros con ventanas con cristales, algo inusual entonces.
Cuando emprendió la expansión definitiva de su negocio, sólo en España se consumían 24.000.000 libras de chocolate, que representaban 140.000.000 de reales, es decir unos 35 millones de pesetas.
El secreto del éxito de los chocolates de López eran las mezclas de distintas clases de cacao, a los que añadía canela y miel para quitarle el sabor amargo.
Mezclaba, eso sí, los chocolates de mejor calidad, porque, como él mismo decía, todo chocolate que costase menos de cinco reales era malo, luego era un producto que debía de ser caro.
Publicó un libro sobre El chocolate, su origen, su fabricación y su utilidad, en el que escribía con conocimiento de causa: sus chocolates, por entonces, ya habían sido premiados en las exposiciones de Londres, París, Bayona, Burdeos, Lisboa, Madrid, Nápoles y Viena.
Una de las batallas de Matías Lopez, que presidió varias sociedades económicas en la capital y colaboró en la creación de la Cámara de Comercio de Madrid, fue contra los aranceles sobre el chocolate, que consideraba debían ser rebajados.
Fue un republicano moderado, que militó en las mismas filas que su amigo Manuel Becerra, y defendió con denuedo la abolición de los fueros vascos.
En su Sarria natal, donde levantó un chalé de estilo francés, quedó constancia de su filantropía con la construcción de escuelas y un asilo.
Después de dejar a un hijo la dirección de la fábrica de El Escorial, retomó otra de sus actividades que había dejado relegada, la especulación urbanística, que en esto también fue precursor el emprendedor lucense.
Su entierro, en 1891, en Madrid, fue multitudinario. El Papa, en gratitud por su obra caritativa, dio a su viuda el título de Marquesa de Casa López. Había sido una de las mayores fortunas de su tiempo, y se cuenta que en su afán de ahorrar, Matías López dormía bajo el mostrador de su tienda.

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