11 de mayo de 2010
11.05.2010
Escritor, traductor y editor

Alberto Manguel: "Leer es rebelarnos contra la imposición de la estupidez"

"Borges me dijo que si quería ser lector, que fuese, que ya encontraría cómo ganarme la vida. Me enseñó a confiar en mi pasión por los libros"

11.05.2010 | 14:57
Alberto Manguel en una fotografía tomada en 2008

Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) es, ante todo, lector. Después, viene todo lo demás: ensayista, narrador, traductor, editor y bibliófilo. El libro ´Una historia de la lectura´ catapultó a este judío argentino, hijo de diplomático, que en su juventud fue lector de Borges, ya ciego, y vivió en varios países. Manguel dará esta tarde una conferencia sobre ´El camino de la lectura´ en la Real Academia Galega

–¿Vive sin teléfono móvil y sin ordenador?
–Tengo un ordenador pero lo utilizo como una máquina de escribir. No tengo internet ni móvil.
–¿No recurre a Google?
–No. Tengo una biblioteca muy grande y, si necesito más información, voy a una pública o compro otro libro.
–Una biblioteca de unos 35.000 libros. ¿Viajó con usted en todos sus traslados?
–Siempre viví en casas pequeñas y nunca tuve sitio para mis libros. Los iba acumulando en un depósito, en Canadá, y es la primera vez que tengo un lugar suficientemente grande. Los traje cuando me trasladé aquí, hace diez años.
–¿Cómo es su biblioteca?
–Cuando compramos esta casa [una rectoral en Mondion, cerca de Poitiers, en Francia] había un establo de piedra demolido tres siglos antes, lo reconstruimos y lo convertimos en biblioteca. Recuerda a la del Ateneo de Madrid.
–¿El contenido?
–Un poco de todo. Está dividida por la lengua en la que el libro fue escrito, sea del género que sea. Tengo secciones de historia universal, de mitologías, sobre la Biblia y comentarios teológicos, además de otras sobre temas que me interesan mucho, como la leyenda de Don Juan o del judío errante.
–¿Su afición a la lectura?
–De pequeño viajaba mucho porque mi padre era embajador. Pasaba mucho tiempo en habitaciones de hoteles o de casas que no eran la mía y los libros me daban seguridad: cuando volvía de noche, allí estaba la misma historia y la misma ilustración de la noche anterior. Siempre tuve la sensación de que mi hogar, mi patria, son los libros.
–¿Diez libros fundamentales?
–Fundamentales, para mí, claro: Alicia en el país de las maravillas; El hacedor, de Borges; El Quijote; La Divina Comedia; La Ilíada; los poemas de San Juan de la Cruz; El libro de Job; Kim, de Kipling; los poemas de Rimbaud, y el El Cancionero Vaticano.
–¿Hay alguno imprescindible?
–Imprescindible es el que necesitas en un determinado momento. El libro que necesitaba esta mañana no es el que necesito esta tarde. Para viajar en tren esta noche me será imprescindible un libro policiaco y voy a llevarme El perseguidor, una novela de Patrick Quentin.
–¿No viaja en avión?
–Odio el avión. Los aeropuertos son enormes salas de espera en las que se propaga el tedio y las enfermedades.
–¿Hay fetichismo en esto de los libros?
–Sí, pero depende. Borges no era nada fetichista para los libros. A mí, en cambio, me gusta el objeto libro, pero no tiene que ser de bibliófilo.
–Pasión que también cultiva.
–No, porque hay que ser muy rico, pero a veces encuentro cosas.
–¿Qué rarezas posee?
–Una biografía de Sancho, publicada en 1723, de autor anónimo; una edición de El Quijote de 1720...
–¿Es de El Quijote del que más ediciones tiene?
–No, de La Divina Comedia.
–¿Una biblioteca que le guste?
–La Biblioteca Histórica de la Ciudad de París, en el Marais, pequeña, con ventanales sobre un jardín; es como un santuario.
–¿Qué aprendió de Borges?
–La confianza de mi pasión por los libros. Querer vivir de los libros era arriesgado, no era una profesión conocida. Borges me dijo que si yo quería ser lector, que lo fuese, que ya encontraría la forma de ganarme la vida. Y decía que no tenía la obligación de terminar un libro o de leer las historias oficiales de la literatura. Borges no creía en las etiquetas, y yo también descreo.
–¿Cómo era su biblioteca?
–Tenía unos 600 libros: literatura anglosajona, literatura clásica argentina heredada de su padre, la Enciclopedia Británica. Un día recibió una edición de lujo de uno de sus libros, en seda negra y letras de oro: ´Parece una caja de bombones´, dijo, y se la regaló al cartero.
–¿Usted presta libros?
–Nunca, es proponer un robo.
–¿A leer se enseña?
–A través del ejemplo. No puedes obligar a nadie a enamorarse pero sí enseñar que eres apasionado.
–No fue a la Universidad.
–Ahora lo lamento. Los estudios dan cierto orden mental.
–¿Vive de derechos de autor?
–¡No, por Dios!, eso es para los autores de bestsellers. Mis libros no se venden mucho. El que más se vendió, Una historia de la lectura, apareció en 32 idiomas pero no llegó a los 100.000 ejemplares en todo el mundo. Vivo de las conferencias, de traducciones, de artículos.
–¿Hay sitio en su biblioteca para los bestsellers?
–Pero claro, tengo novelas de Ángeles Mastretta. Y El código Da Vinci. ¿Cómo podría saber que es malo sin leerlo?
–¿Publica con dificultad?
–No, cobro con dificultad.
–Borges tendría problemas para publicar hoy, según usted.
–Tendría problemas, y yo también si empezase ahora porque toda la industria editorial es un supermercado. Sólo publican lo que creen que van a vender en cantidades enormes. Es gravísimo, estamos en medio de una campaña de promoción a la estupidez y tratan de convertirnos en idiotas.
–¿Qué es leer para usted?
–Leer es descubrir el mundo, compartirlo, encontrar palabras para nuestra propia experiencia.
–Es un acto de rebeldía, dice.
–Se ha convertido en un acto de rebeldía porque el poder no quiere dejarnos leer. Leer es un acto de rebeldía porque nos rebelamos contra esta imposición de la estupidez.
–¿Y un acto de supervivencia?
–Y de supervivencia, porque yo no sabría sobrevivir sin lectura, no sabría sobrevivir sin las palabras.
–¿Qué le parece el proceso por el que pasa el juez Garzón?
–Toda esta campaña para tratar de evitar juzgar a los asesinos y torturadores de la época de Franco es una forma de tratar de cambiar la historia.
–¿Por qué se fue a Francia?
–Porque mis tres hijos crecieron y porque, además de no tener móvil, tampoco sé conducir, y en Canadá no podía vivir en el campo. En Francia encontré este lugar, donde cabe mi biblioteca y desde el que puedo tomar un taxi para trasladarme a la estación de tren e ir a París.

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