Expertos achacan el aumento del consumo de alcohol a la precariedad económica

Crece el número de mujeres que acude a las consultas especializadas por problemas con la bebida | Se trata de un perfil que ya existía, pero que la pandemia ha intensificado

Un hombre coge una copa de alcohol. |   // J. LORES

Un hombre coge una copa de alcohol. | // J. LORES / Marta Otero Mayán

Hay una escena que se repite con frecuencia en cine, televisión, literatura o cualquier manifestación de la cultura popular: la del personaje que utiliza la bebida como forma de evasión ante sus problemas. Es una acción normalizada e incluso, en ocasiones, caricaturesca, que nos dice más sobre el comportamiento humano de lo que se podría pensar. Los expertos en la materia han comenzado a notificar que ese gesto es cada vez más habitual en los últimos tiempos, en los que la crisis económica derivada de la pandemia ha abocado a muchas familias a una situación insostenible que lleva, en ocasiones, a buscar válvulas de escape. “Ahora, asociado al bebedor que tuvimos toda la vida, encontramos a mucha gente con problemas económicos, con situaciones de ERTE y problemas sociales”, aprecia Niceto González, psicólogo clínico de la Unidad de Tratamiento de Alcohol y Conductas adictivas (Utaca).

Las consecuencias del virus que no entendía de clases se han cebado de forma desigual entre los sectores más pudientes y las personas con menos recursos. Las segundas, con menos capacidad de costear ayuda profesional, son las que más han recurrido al alcohol como forma de evasión. El factor principal, la incertidumbre. “Es un tipo de bebedor que antes tenía una cierta estabilidad en su vida y ahora experimenta dificultades. Tiene unas expectativas más inciertas, no sabe si podrá trabajar o no. Era gente que antes tenía un cierto nivel de vida y ahora lo ha perdido”, explica González.

Se trata de un perfil que siempre ha sido habitual en las consultas y asociaciones especializadas, pero que se ha visto intensificado tras la pandemia. En él confluyen situaciones cotidianas, lejanas, en principio, a lo que podría considerarse exclusión: personas que se ven obligadas a sobrevivir a base de ayudas que se retrasan, otras procedentes de sectores golpeados por las restricciones y que han experimentado, puntualmente, situaciones extremadamente complicadas o aquellos que, simplemente, jamás imaginaron tener que hacer cola frente a una institución benéfica de la noche a la mañana. “No se busca tanto un efecto droga como una válvula de escape: ‘el casero me amenaza, tengo que pedirle el dinero a alguien, me tomo unos vinitos para aliviar esa ansiedad’”, ejemplifica Niceto González.

Una salida en falso que nada soluciona, sino todo lo contrario: el componente depresor del alcohol provoca que, tras la euforia inicial, la persona que recurre a la sustancia para relajarse acabe todavía más hundido. “Es un potencial generador de ansiedad y depresión, con lo que el que bebe se agobia todavía más. Beber para superar un problema es una salida socialmente muy integrada, pero es un mito”, apostilla el psicólogo. “Las enfermedades afectan diferente a las distintas clases sociales. En la medida en la que eres más vulnerable a cualquier nivel, cualquier alteración va a generar más desequilibrio”, concluye el profesional de Utaca.

El inicio del confinamiento de la pasada primavera trajo consigo un aumento de las primeras consultas por posibles problemas con la bebida, por parte de personas que, con el encierro, comenzaron a sospechar que su comportamiento con la bebida podría no ser el aceptable. Un año después de aquello, hay quien ha sabido tomar cartas en el asunto. Es el caso de Enrique, un coruñés que se dio cuenta, tras dos meses en casa, de que “no era tan bebedor social como creía”. En su caso, el detonante no fueron los problemas económicos derivados de la crisis sanitaria, sino un divorcio previo a la pandemia que le obligó a pasar el confinamiento “solo con sus pensamientos”. Fue su hija mayor, a la que no había visto en dos meses al residir en provincias diferentes, la que le hizo reaccionar. “Me debió ver hecho polvo. Yo mismo me daba cuenta de que había normalizado mucho el beber todos los días yo solo en mi casa. Cuando llegó la desescalada y me reencontré con mis amigos, ese era el plan que hacíamos, quedar para tomar unos vinos o unas cañas”, recuerda.

El matiz, si se compara con el caso de sus amistades, cambiaba al llegar a casa. “Ellos se iban con sus familias. Yo me sentaba en el sofá y me abría una botella para conciliar el sueño”, recuerda. Un bucle del que, reconoce, todavía trabaja en salir, pero en el que ha hecho bastantes progresos. “Ahora intento hacer algo más de deporte, leer. También evito quedar con los amigos con los que la rutina era tomar unas cañas. Poco a poco”, explica. La ayuda profesional fue fundamental en su proceso. “No me atrevía a ir a una asociación, y, por suerte, puedo pagar a una psicóloga que me ha ayudado muchísimo, sobre todo con los problemas que creo que me hacían utilizar el alcohol como anestésico, de alguna forma”, reflexiona.

El alcohol es, junto al tabaco, la droga legal más consumida por la población. En el caso de la bebida, además, se unen como factores peligrosos lo socialmente aceptado que está su consumo y la poca percepción de riesgo que se tiene hacia esta sustancia. Según la encuesta Edades 2019/2020, que elabora el Ministerio de Sanidad, alrededor del 82% de los hombres son consumidores habituales de alcohol, frente al 71,6% de las mujeres. Ellos son, todavía, muchos más, pero algunos profesionales han comenzado a detectar que el problema se estandariza, cada vez más, entre ambos sexos. “Me llama la atención eso. Antes de la pandemia, venían a la consulta nueve hombres por cada mujer. Ahora vienen muchas más mujeres que antes”, aprecia Juan Carlos Díaz del Valle, psiquiatra del Chuac. Díaz del Valle achaca las causas de este aumento de mujeres consumidoras al mayor número de horas en soledad o en casa, pero la motivación sigue siendo la misma: el uso de la sustancia como salida momentánea a los problemas. “Muchas personas, ante situaciones difíciles de la vida, como puede ser la pérdida de trabajo, o el tener más tiempo libre, se refugian en el alcohol buscando una falsa euforia”, aprecia el psiquiatra.

Un problema que discurre en paralelo al aumento de personas que comienzan a experimentar síntomas de ansiedad y depresión y recurren al alcohol como “remedio rápido”. “A veces, la gente se autoengaña pensando que va a ser un remedio. Hay una fase de euforia al principio, pero es probable que acabe generando un problema”, concluye Díaz del Valle.