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Daniel Capó

Londres contra las cuerdas

En Londres, las aguas llegan turbias para el partido conservador tras la dimisión de la primera ministra Liz Truss. Son las consecuencias del Brexit y de una serie de crisis encadenadas que han puesto contra las cuerdas la tradicional flema británica, amenazando incluso con reabrir el desafío independentista en Escocia. Truss llegó con mal pie a Downing Street, a pesar del planteamiento de una ofensiva fiscal que buscaba convertir el Reino Unido en un país atractivo para la inversión internacional. Los efectos de dicha reforma fiscal —acelerados por la altísima inflación y por la tensión sobre los bonos— han sido nefastos: la destitución del ministro de Economía, primero, y el caos financiero durante unas semanas en las principales plazas bancarias de la capital, han provocado, este mismo jueves, la despedida de la primera ministra.

El problema del Reino Unido, una vez desgajado de la Unión Europea, era y es de modelo económico. Anteriormente vivían en una situación relativamente predecible. Al igual que Suecia o Dinamarca, conservaban la soberanía monetaria y tenían acceso al gran mercado comunitario. Londres actuaba como centro financiero del continente, además de ser su auténtica capital intelectual. Ni París, Berlín, Ámsterdam o Madrid podían —ni pueden aún— competir con una ciudad que se codea con Nueva York, Tokio o Shanghái como posibles capitales globales de un mundo cada vez más interconectado. El caudal humano de sus universidades de referencia —Oxford, Cambridge, Imperial College, etc.— rivaliza con la Ivy League de los Estados Unidos, atrayendo a los mejores estudiantes internacionales. El Brexit supuso romper con algunas de estas tendencias en una apuesta de alto riesgo, que apelaba a los instintos soberanistas de los británicos y que podría haber salido bien en otro contexto y, seguramente, con un mando económico más firme.

Los partidarios más sofisticados del Brexit defendieron la desconexión con una Europa decadente y esclerotizada por la burocracia y el dictado alemán, a fin de convertir al Reino Unido en un eslabón del comercio global. Apoyados en el uso internacional del inglés, en la rule of law y en una fiscalidad favorable, las islas británicas debían convertirse en la plataforma atlántica por excelencia —ya fuera con Norteamérica, Oceanía o el Extremo Oriente— y representar un papel similar al de Singapur en Asia. Se diría que Londres contaba con papeletas para obtener la victoria en ese desafío. Más, desde luego, que cualquier otro país anclado en el euro. Más incluso que Alemania, precisamente por el dominio incontestable de los teutones en el centro de Europa. Que la apuesta no haya ido bien nos indica los escollos que tienen los países pequeños para salirse de los marcos de cosoberanía y también nos habla de la dificultad de calcular los grandes (y pequeños) costes ocultos de este tipo de rupturas.

¿Podría haber sido distinto? Quizás. ¿Se podría haber conducido mejor? Sin duda. ¿Tiene solución? No lo parece; al menos desde la perspectiva del partido conservador, tan ligado últimamente a la demagogia de la soberanía nacional. Más de uno lleva tiempo creyendo que el Reino Unido volverá a Europa, antes —o quizás después— de una eventual marcha de Escocia. En todo caso, cambiar la orientación de un transatlántico en medio de un temporal no es sencillo. Sólo el futuro lo dirá. Y entonces sabremos si habrá podido revertir la zozobra actual.

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