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El 47% de los españoles merienda. Un país que merienda es un país feliz. Hay que animar al 53 por ciento restante a merendar. Incitarlo. La merienda tiene algo de comida infantil, no posee la magia del desayuno ni la grandeza del almuerzo ni el componente romántico, socializador o findesemanero de las cenas. Que si son en casa son mirando el teléfono y la serie de Netflix a la vez. Merendar es un placer sensual. Una regresión saludable a la infancia, pan con chocolate o bocadillo de mortadela. La Fundación Mapfre ha publicado un estudio sobre hábitos alimenticios en el que se reflejan datos interesantes y curiosos: hemos aumentado el consumo de marcas blancas, ha decaído la compra e ingesta de fruta y verdura, dedicamos 30 minutos a cenar y diecisiete al desayuno, lo cual me parece mucho para la cantidad de gente que toma un café bebío, de pie, a toda prisa en casa. A no ser que contemos como desayuno ese cafetín con bollo de media mañana en la jornada laboral. Crece el porcentaje de personas que comen solas. Esto es tomado como dato negativo, la soledad moderna y tal y las prisas y tal y cual, bla, bla. Pero no es desdeñable el placer de, a veces, comer solo, sin brasas (a no ser las que cocinen la lubina), sin interrupciones (salvo las del bendito sumiller), sin tener que compartir el postre ni consensuar los entrantes con amantes de las croquetas apócrifas, las ensaladas engañaturistas o los arroces que ya desde la carta aparecen como infames.

Según el estudio, tres de cada cuatro españoles come alguna vez fuera de casa los días de diario, y ahí ve uno a no pocos encuestados mintiendo, dado que si comer un sandwich de plástico delante del ordenata cuenta como comer fuera, beber calimocho podría contar como beber vino. Como cocineros, los españoles se autocalifican con una nota media bastante alta (6,91), lo cual es notable. Autoestima.

Los restaurantes han encarecido tanto el vino que yo ya voy con la euforia puesta de casa. Más vale lo malo con cocido. En nuestra época preferimos el cupcake de un tuitero a la magdalena de Proust. Hoy es un buen día para merendar. Para merendarse la tarde como de niño se merendaba uno una clase o un partido de fútbol. Merendar, todo es empezar. Incluso luego se cena menos. Siempre me he preguntado, viendo esas terrazas de las churrerías llenas a las siete u ocho de la tarde si esa gente después cena. Es un churro de pregunta o una pregunta de cajón porque no hay preguntas de merengue ni preguntas de limón. Merendar es preguntar a tu madre qué hay, abrir tembloroso un paquete de galletas, vivir una eterna tarde de verano sin más preocupación que si se nos secará el bañador o la arena estará caliente. Tomar la merienda y correr y no volver la vista atrás. Hasta la hora del desayuno.

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