Opinión | Fútbol - Deportivo

Álex Bergantiños, la leyenda blanquiazul que resistió los portazos del Deportivo

Ejemplo de ética, perseverancia y fidelidad, vio como su equipo le rechazaba en varias ocasiones, pero debutó con 26 años y es el noveno que más ha jugado

Álex celebra con Lucas, posa en Abegondo y festeja un tanto en Riazor. |  // LOF/CARLOS PARDELLAS/13FOTOS

Álex celebra con Lucas, posa en Abegondo y festeja un tanto en Riazor. | // LOF/CARLOS PARDELLAS/13FOTOS / Carlos Miranda

Son incontables las veces que el Dépor renegó de Álex Bergantiños (A Coruña, 1985) y él nunca se rindió. Ni en Brunete ni cuando repicaba como fabrilista en las puertas del primer equipo y tuvo que acabar de pasantía en pasantía por Jerez, Tarragona o Granada. Todas las veces veía la puerta ante sí y todas las veces volvía a presentarse. Hasta que no tuvieron más remedio que dejarle entrar para no volver a marcharse. A sus 26 años jugó entonces los 42 partidos de esa liga con Oltra y devolvió al Dépor a Primera, a pesar de que habían fichado a Borja para jugar en su puesto. Desde aquel 2011 solo se fue un año a Gijón porque no lo querían y pronto tuvieron que pulsar el teléfono rojo para que rehiciese el club desde sus cenizas, para que rescatase su esencia. Empezó tarde en Riazor, se hizo eterno hasta jugar 336 partidos y ser el noveno que más veces ha vestido la camiseta del club.

La leyenda blanquiazul que resistió los portazos del Deportivo

La leyenda blanquiazul que resistió los portazos del Deportivo / Carlos Miranda

Y no es cuántas, es cómo. Álex Bergantiños ha sido perseverancia y ejemplo ante las prisas de los tiempos modernos de la cantera, pero también fidelidad a prueba de categorías e integridad y luz en tiempos oscuros. No hay nadie al que le traspasase más el escudo de la camiseta hacia dentro. Por momentos, ha sido él el propio escudo. De defensa en un club vilipendiado y perdido y porque no había nadie que lo representase mejor que él. Un líder silencioso y huidizo al que era imposible no sentir, no escuchar.

La leyenda blanquiazul que resistió los portazos del Deportivo

La leyenda blanquiazul que resistió los portazos del Deportivo / Carlos Miranda

Todo viene de una forma de ser forjada desde la humildad y las buenas decisiones tomadas en la Sagrada y desde la educación de unos padres de la montaña de A Coruña, de Vilasantar. También de lo que percibía a su alrededor. Él fue uno de esos niños de barrio a los que el Dépor encandiló en la década de los noventa y de los 2000. Ese sueño parecía lejano, pero dio sus primeros pasos en el fútbol sala y en el Imperator hasta que su club le rescató en edad juvenil. Estaba tan cerca de lo anhelado y a la vez tan lejos. En el Fabril formó una de las parejas más recordadas junto a Carlos Pita, otro chaval de barrio, de Os Castros. Le costó ese último paso, llegó. Se va doce años después para quedarse en el club del que es parte indisoluble.

Koeman dejó de ser Koeman y aparcó el apodo para convertirse en Álex y se olvidó también de jugar como central o lateral para convertirse en mediocentro. Ese saber estar que siempre tuvo fuera del campo, lo fue perfeccionando también dentro del terreno de juego. No era el más virtuoso, sus cometidos eran otros. Fueron también incontables los directores deportivos que fueron al mercado para buscarle un sustituto y los entrenadores que le sentaron en el banquillo a principio de temporada para luego rescatarlo en las malas. Él siempre volvía. Hasta lo hizo en el último mes a las órdenes de Rubén de la Barrera. Allí estuvo en Castalia. Como en otras tantas desgracias y alegrías: los ascensos de 2012 y 2014 y la salvación del Camp Nou un año después.

En los últimos tiempos vivió en primera persona la cara amarga de la erosión y caída del Dépor. Sufrió un desgaste personal con las decepciones, y, sobre todo, con el caso Fuenlabrada, por el que fue detenido en una actuación policial que fue cuestionada desde los juzgados. Poco a poco su presencia en el campo empezó a ser menor, aunque siempre disfrutaba de una parte de la temporada en la que salía al rescate. A medida que se fue alejando del campo creció su figura fuera. Con el ejemplo que siempre había dado, pero ya desde la experiencia y el estatus de institución. También con la palabra.

Sereno, descarnado y desencantado, verbalizaba dardos y mensajes incontestables ante la deriva del club y del fútbol moderno. Hay muchas imágenes de Álex. Quizás la que más le define es celebrando un gol con la grada, fundiéndose con ella, desde donde un día bajó. Ahora sale del vestuario y se va a un despacho. Todo por un profundo sentido del deber y con el deportivismo intacto de aquel niño.