Envejecer por partes

Cada tejido degenera siguiendo su ritmo, determinado por una combinación de nuestro ADN y la interacción con el entorno

Salvador Macip

Salvador Macip

A pesar de que los humanos logramos la comprensión del concepto de muerte durante la niñez, asumir la mortalidad es un proceso más lento, que a menudo no se inicia hasta que los síntomas de decadencia física empiezan a hacerse evidentes. Esta bajada empieza en la cuarta década de la vida, más o menos cuando pasamos el límite que ha sido durante toda la historia la media de nuestra esperanza de vida, los 35 años. La evolución nos ha dotado de un cuerpo perfectamente adaptado al trabajo que tiene que hacer: sobrevivir hasta que nuestras crías sean autónomas. Lo que pasa después, ya no es relevante. Desde el punto de vista biológico, está claro, porque hoy en día, con 40 años todavía tienes más de media vida por delante, si todo va bien, y muchas cosas por hacer.

Así pues, la obsesión por el envejecimiento, entendido como la lenta degeneración de la carcasa que nos acoge, es un mal relativamente moderno (a pesar de que evitar la muerte sí que nos ha preocupado desde que nos convertimos en animales racionales). Se calcula que un 90% de las poblaciones de los países desarrollados llegará a los 65 años, la edad dónde, por tradición, hemos considerado que estadísticamente empieza la vejez (y que quizá tendríamos que repensar, vistas las condiciones a las cuales llegamos actualmente a este hito). Esto quiere decir que la inmensa mayoría seremos viejos y que, por lo tanto, en un momento u otro nos preocupará estar perdiendo alguna de las facultades asociadas con el óptimo funcionamiento del organismo (desde cosas tan triviales como la caída del cabello o la acumulación de arrugas a otras más peligrosas, como el aumento de fragilidad de los huesos y la pérdida de masa muscular), hasta el punto que muchos se plantearán si pueden hacer algo para hacer que el proceso vaya más lentamente.

Las opciones, de momento, son pocas. Sabemos que hay hábitos que, a la vez que aumentan el riesgo de sufrir ciertas enfermedades, aceleran el envejecimiento (fumar, beber alcohol, el sedentarismo, las dietas poco equilibradas, etc.), así que evitarlos nos puede dar más margen. Pero lo que nos haría falta es algún tipo de intervención que frenara los mecanismos biológicos del envejecimiento. Esto todavía no es posible, a pesar de que ya nos estamos gastando millones en productos y estrategias que llevan la engañosa etiqueta de antienvejecimiento, pero cada vez somos más quienes estamos trabajando en ello. Esto hace que los adelantos espectaculares se sucedan con rapidez.

Edad real

Sin ir más lejos, hace unos días se anunció que se había caracterizado un panel de marcadores que nos permitirían saber la edad real de los principales órganos con un análisis de sangre. Es un hito importante, porque demuestra una realidad que hace tiempo que intuimos: que el envejecimiento es heterogéneo y fragmentario. Del mismo modo que cada cual envejece a un ritmo diferente, dentro de los parámetros determinados por la genética de nuestra especie, el cuerpo envejece por partes: cada tejido degenera siguiendo su ritmo particular, seguramente determinado por una combinación de lo que dice nuestro ADN y los efectos de la interacción con el entorno.

Que ahora podamos medir los niveles de ciertas proteínas que actúan como centinelas de los estragos que causa el paso del tiempo en el cuerpo tiene relevancia, más allá de la curiosidad de saber por dónde estamos flaqueando. Si el hígado de una persona tiene una edad biológica superior a la que le tocaría cronológicamente hablando, podemos empezar a implementar medidas para protegerlo y sanarlo. Quizás no será posible en todos los casos (pienso en condiciones relacionadas con el envejecimiento que, de momento, no tienen cura ni prevención, como el alzhéimer), pero en muchos otros se permitirá evitar muertes prematuras y, sobre todo, aumentar la calidad de vida de la gente mayor, que tendría que ser el objetivo de la medicina antienvejecimiento, más que intentar batir récords de longevidad.

Todavía no podemos hacer este tipo de análisis de manera rutinaria, pero no es descabellado pensar que, en un futuro, del mismo modo que nos miran cómo tenemos el azúcar o la presión, se podrá calcular la edad real de todas nuestras partes y diseñar un plan personalizado para intentar evitar que estallen antes de tiempo.

Acabo, si se me permite la autorreferencia, recomendando El secreto de la vida eterna, un libro que acabamos de publicar Manel Esteller y yo sobre este tema, que puede ser un buen regalo para hacer estas fiestas a quienes estén interesados en conocer mejor qué sabemos (y qué no sabemos todavía) sobre por qué envejecemos, y qué se puede hacer para evitarlo.

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