El final del verano, el final de una quimera

Viaje a los primeros tiempos del concepto de veraneo en Galicia: desde las guías de viajes del XIX, a las postales y los chiringuitos

Lejanos días de playa en los primeros veraneos en A Toxa

Lejanos días de playa en los primeros veraneos en A Toxa / Galiciana

Algo amargo en la boca queda tras el final del verano. Llega septiembre y las palmeras se alejan en un travelling que nos devuelve a la rutina. Esa sensación, casi democratizada en la actualidad, pertenecía hace décadas solamente a las clases pudientes de Galicia. Y sin embargo, en todos quedaba esa sensación del final del verano como el final de una quimera. El inmenso archivo de Galiciana (Biblioteca Digital de Galicia) invita a un chapuzón por el veraneo de estas cuatro provincias, considerado como parte del patrimonio cultural: desde las guías de viajes del XIX, a las postales y los chiringuitos.

Anuncio invitando al veraneo en A Coruña

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Este archivo ya indica esa segregación inicial: “El veraneo era un lujo y una experiencia exclusiva para las capas más altas de la sociedad... la mejora de los medios de transporte y los cambios sociales hicieron que fuese democratizado”. Las colecciones de postales permiten ver imágenes antiguas de A Coruña, Vigo o las primeras estancias en A Toxa. En el primer tercio del siglo XX, A Coruña se ofrecía como “ciudad ideal para el verano”. Un artículo de 1933 celebraba su “amalgama de etiqueta y comodidad, diversión y tranquilidad... uno de los lugares más privilegiados del continente para los que huyen de las altas temperaturas”. Ya en 1901, Pontevedra se posicionaba como enclave invadido por visitantes “ante el inicio de la temporada”.

Postal de las playas cercanas a Vigo, décadas antes del aluvión de bañistas.   | // GALICIANA

Postal de las playas cercanas a Vigo, décadas antes del aluvión de bañistas. | // GALICIANA / patricia hermida

De las playas con trajes de baño que emulaban a Coney Island a los fuegos artificiales en los carteles de las fiestas: la torre de una iglesia que se inclina en el Portal de Ribadavia en 1959, un peregrino que camina hacia Vilagarcía de Arousa en 1960... Las primeras guías de viajes partieron de asombrados extranjeros como Alexander Jardine y sus Letters from Barbary, France, Spain, Portugal by an English officer. Sus observaciones sobre la Galicia de finales del XVIII derrochaban cuando menos clasismo pero deben leerse con el prisma de la época: “Nosotros los ingleses... debemos visitar los países pobres con el fin de saber qué cantidad mínima de alimentos resulta suficiente para que el ser humano afronte la mera supervivencia”.

También en 1810 Alexander de Laborde adoptaba el mismo punto de vista del visitante europeo sobre nuestros ancestros, pero ya con cierto romanticismo: “Es el reino más poblado de España, los gallegos son pobres, sencillos y viven felices”. Pero para invitar al turismo tendrían que llegar las postales del XX, a partir de grandes fotógrafos como Abadal, Artús, Avrillón, Bello, Blanco, Cancelo, Ferrer, Domínguez, González, Picallo, Roisin, Sellier, Torres, Villar... Muchos compaginaban el fotoperiodismo con la estampa de una coruñesa Avenida de la Marina con sus veraneantes, ayudados por las nuevas cámaras portátiles Kodak.

Esas imágenes se mezclaban con las tardes de toros, inmortalizada en carteles de fiestas y entradas que pueden encontrarse en los fondos de Galiciana. Especial tradición tenían las corridas de A Coruña y Pontevedra, aunque también hay registros de Oleiros, Sada, Noia, Monte Xalo y Santiago. Entre las empresas, destacaban Taurina Coruñesa, González Vera o la Promotora Taurina Gallega.

Para deleite de los ociosos con más pedigrí, el Aero Club de Galicia informaba en su revista mensual sobre los visitantes más ilustres en el verano gallego y también sobre sus azares amorosos. Otro ejemplo, ya en agosto de 1901 El Áncora (diario católico de Pontevedra) avisaba de una de las noticias estivales: “En estos días, contraerá matrimonio la elegante señorita Emilia Hueso con el joven médico Señor Ferrer”. Más oportunidades para el brindis ofrecía de nuevo Aero Club de Galicia, que en julio de 1935 (un año antes de la Guerra Civil) ilustraba sobre cómo llevar el pañuelo atado bajo la barbilla en un descapotable.

Mientras tanto, los gallegos de a pie como mucho solicitaban permisos para instalar casetas o chiringuitos de playa, o iban a las Ferias de Muestras... pero ya avanzada la segunda mitad del siglo XX. Así aparece también en Galiciana, como reflejo de un verano más humilde de familias amontonadas tras un cortavientos... pero también más real.

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