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Filósofo, escritor, Premio Nacional de Ensayo

José Antonio Marina: “Que se haya puesto de moda la felicidad es una catástrofe social”

José Antonio Marina Filósofo, escritor, Premio Nacional de Ensayo IRMA COLLIN

José Antonio Marina (Toledo, 1939), filósofo, escritor, premio Giner de los Ríos de innovación educativa y Premio Nacional de Ensayo, tiene nuevo libro, El deseo interminable (Editorial Ariel).

¿Por cuántos libros va ya y qué hay que esperar de este?

No sé el número con certeza. Algo más de 50, creo. De este libro espero que sea útil. Creo que nuestra generación tiene aún una tarea que cumplir. Tal vez estemos viviendo la última oportunidad histórica de comprender la evolución humana. No por falta de capacidad, sino de interés. La misma generación que hizo en España la transición política ha hecho en el mundo la transición digital. Hemos sido el puente entre la cultura antigua y la nueva. Todavía conocemos y valoramos lo antiguo, aunque hayamos inventado lo nuevo. Antes de que la pasión por innovar, y un explicable engreimiento por las fantásticas posibilidades que abre la tecnología, lleve a las nuevas generaciones a rechazar lo antiguo debemos recordar lo que debe permanecer. De lo contrario, puede extenderse una “cultura de la cancelación” que nos lleve a un adanismo estúpido, incapaz de comprender el presente.

Su necesidad de escribir, de reflexionar y dejar esos pensamientos bien ordenados, ¿da la medida de cuánto interés sigue teniendo por la vida o solo demuestra que es incapaz de “jubilarse”?

Creo que la facultad esencial de nuestra especie es aprender y, afortunadamente, no la he perdido todavía. Además, me he convertido en conejillo de Indias de un experimento personal.

Suena intrigante. ¿A qué se refiere ese experimento?

La inteligencia puede usarse bien o mal. En mis libros he llamado “talento” al uso brillante de la inteligencia: elige bien sus metas, y maneja la información necesaria, gestiona las emociones y utiliza las funciones ejecutivas necesarias para alcanzarlas. Cada edad tiene su propio talento: hay un talento infantil, un talento adolescente (al que dediqué un libro entero) y un talento adulto. Ahora cada vez va a tener más importancia un “talento senior”, un talento de la senectud. Es el que aspiro a desarrollar en mi caso, dada mi edad. Necesitamos una pedagogía de la ancianidad, una geragogía. La “inteligencia sénior”, por ejemplo, es más lenta, pero creo que puede mantener en la memoria redes mas amplias. Creo que su gran recurso no es la memoria, sino la capacidad de aprender de la memoria. Puesto que cada vez vamos a vivir más, me interesa explorar ese tema. El secreto está en la memoria.

Ahora se habla mucho de la memoria histórica, ¿tiene algo que ver?

Sí. Las naciones también tienen que desarrollar su talento. Y como tienen muchos años, deben desarrollar su “talento senior”. No basta con recordar: tienen que aprender del recuerdo. Las sociedades suelen aprender mal. Por eso intento promover una “Sociedad del aprendizaje”.

Cuál es ese “deseo interminable” que nos define: ¿la felicidad?, ¿el poder?

En el origen de la acción están las necesidades, los deseos, las expectativas. Lo que los antiguos llamaban “apetitos” y los modernos, “motivaciones”. Los animales, cuando han satisfecho una necesidad, se quedan tranquilos, se duermen. Los humanos, no. Si satisfacemos un deseo, surge otro. Eso nos hace vivir siempre alterados. Esa situación nos impulsa a inventar cosas continuamente, pero nos condena a la inquietud.

Y tanto.

Por eso, los humanos hemos pensado que podía haber alguna experiencia que sacie definitivamente nuestras aspiraciones, y la hemos llamado Felicidad. Lo que ocurre es que, como el horizonte, se aleja cuanto más navegamos. Sin embargo, nos impulsa a navegar. La idea de Felicidad ha sido el gran motor de la historia, porque es el gran motor de nuestras acciones.

Dice que las emociones dominantes ayudan a entender el desarrollo de las sociedades. ¿En qué momento emocional diría que estamos los españoles en este 2023?

Somos una sociedad compleja y, por lo tanto, no podemos hablar de una emoción única. Desde la crisis del 2008 hemos vivido con miedo al futuro, un sentimiento que la pandemia y la situación económica han intensificado. Ha dado lugar a dos derivaciones: una depresiva. No es extraño que se consuman cada vez mas ansiolíticos. Otra, “presentista”, decidida a disfrutar del presente y pensar poco en el futuro. Esto en las generaciones jóvenes se presenta como el síndrome FOMO (Fear Of Missing Out), el miedo a perderse algo, que les fuerza a estar permanentemente alterados, pendientes de una pantalla.

El subtítulo de su libro es Claves emocionales de la historia. ¿Es lo que llama la psicohistoria?

Todos los acontecimientos históricos tienen que comprenderse descubriendo las pasiones que los han originado. La historia es la agregación de acciones individuales, y todas las acciones individuales se explican por las motivaciones y los fines. De ahí mi interés en contar la misma historia que cuentan los historiadores, pero a partir de los conocimientos que nos proporciona la psicología personal y la psicología social y cultural. Creo incluso que se puede hacer una psicopatología de la historia. Lo intenté en Biografía de la Inhumanidad.

Hay mucha unanimidad en que somos una sociedad más infantilizada y narcisista. ¿Lo comparte o lo refutaría?

Kant definió la Ilustración como la llegada de la humanidad a su mayoría de edad, cuando se liberó de los argumentos de autoridad. En ese sentido, la quiebra del sentido crítico, el papel de los influencers, el desdén por la razón, supone una infantilización, una vuelta atrás. Vivimos en una democracia crédula. Las redes sociales la están fomentando. Soroush Vosoughi ha estudiado 126.000 historias tuiteadas 4,5 millones de veces por tres millones de personas. Demostró que las noticias falsas se difunden con más rapidez que las verdaderas. De hecho, la noción de verdad se ha quedado anticuada. Y también los argumentos. Un estudio de Kayla Jordan analizando más de 33.000 textos de todos los presidentes de EE UU desde el siglo XVIII, 5.000 novelas y mas de dos millones de artículos del The New York Times llega a la conclusión de que los mensajes políticos se han infantilizado progresivamente. En 2015, el Boston Globe analizó los discursos de los candidatos a la Presidencia, utilizando un programa que evalúa la dificultad de los textos. Oscilaban entre el nivel de comprensión para niños de 11-12 años de los mensajes de Trump y los de Hillary Clinton, comprensibles para 14-15.

¿Podría eso explicar nuestros comportamientos más individuales y como de vivir en una permanente rabieta?

Desde hace muchos años vivimos en una “cultura de la queja”. En El deseo interminable he dividido la historia de la humanidad en dos grandes épocas: la era de la obediencia y la resignación y la era de la rebeldía, que es, en realidad, la era de los derechos individuales. Quien tiene conciencia de sus derechos protesta más. Además, la mejora innegable del nivel de vida ha provocado un nuevo malestar. La percepción de nuestro bienestar no es absoluta, sino diferencial: la diferencia entre lo que esperábamos y lo que hemos conseguido. Las naciones desarrolladas y democráticas prometen mucho -por ejemplo, la igualdad- y por lo tanto aumentan la probabilidad de que los ciudadanos se decepcionen y cabreen.

¿Nos hemos polarizado en exceso o nos falta capacidad de diálogo?

La polarización es un fenómeno simplificador y emocional. Las pasiones políticas enfrentan. Las democracias crédulas no atienden a razones, sino a creencias y sentimientos. Popper decía: “Conviene que combatan nuestros argumentos para que no tengan que combatir las personas”. En esas estamos. Además, vivimos la glorificación de las identidades y nada refuerza más una identidad que tener un enemigo. El pensamiento woke, que se extiende en las universidades americanas y europeas, niega la posibilidad de entendimiento. Cada grupo tiene su propia verdad y la única manera de imponerla es la fuerza. En España, Podemos captó bien el aire de los tiempos al importar la teoría de Carl Schmitt, para quien el concepto central de la política es el de “enemigo”.

Ahora desayunamos con tazas llenas de eslóganes de felicidad, nos cruzamos a cada paso con frases inspiradores y vivimos a golpe de coaching... ¿y qué conseguimos?

Que se haya puesto de moda la felicidad es una catástrofe social. La ha convertido en un producto psicológico de gran consumo con lo que ha anulado la fuerza progresista, rompedora, que tenía la idea de Felicidad, que era una idea que procedía de la ética. Esta es la historia que he contado en El deseo interminable. El deseo individual de ser feliz choca inevitablemente con el deseo de ser feliz del resto de las personas. La necesidad de hacer compatibles estos deseos ha conducido a buscar buenas soluciones a los conflictos. La buena solución de los conflictos sociales es lo que llamamos “justicia”, que es por lo tanto un instrumento que favorece la felicidad individual a través de conseguir previamente la “pública felicidad”. Esta, por cierto, fue la idea de Jovellanos.

Explíquelo.

El gran descubrimiento de la Ilustración fue la necesidad de la “pública felicidad”, de la “felicidad política” como finalidad de la sociedad. En su Discurso dirigido a la Real Sociedad de Amigos del País de Asturias sobre los medios de promover la felicidad de aquel principado, escribe: “Inflamado por el patriotismo, quisiera llegar de un vuelo hasta la cumbre de la felicidad que es mi objeto”.

Parece que hoy hasta los niños tienen la obligación de “ser felices”. ¿No es un lastre/presión muy grande para ellos?

La “psicologización de la felicidad”, convertirla en la ausencia de experiencias negativas, acaba provocando una gran vulnerabilidad a los niños, que son incapaces de enfrentarse a la frustración, o al esfuerzo.

Precisamente la salud mental de los niños y adolescentes ahora está en boca de todos. ¿Qué lectura hace de lo que está pasando?

Desde hace muchos años los expertos nos están avisando del aumento de problemas psicológicos en la infancia y la adolescencia. La pandemia no ha hecho mas que agravar la situación, especialmente en la adolescencia. En El talento adolescente indiqué que nos estábamos equivocando con el modelo adolescente que los adultos proyectamos. La adolescencia no es una época biológica (eso es la pubertad). Es una época puramente educativa, creada para educar. Y no la educamos. Les hemos intoxicado con una falsa idea de libertad, diciendo cosas como que la libertad se enseña con más libertad. Lo que hay que enseñar es la “autonomía personal”, la capacidad de tomar decisiones inteligentes, de ser responsables, de tomar las riendas de su vida. Lo voy a decir de una manera escandalosa: solo se aprende la libertad obedeciendo primero.

En un mundo que se explica por emociones... o que se entiende mejor por el dominio de deseos, ¿dónde queda el aprendizaje del sentido moral, de la ética o del bien común?

Los sistemas normativos, en especial la idea de que tenemos derechos innatos que debemos respetar, me parece la máxima creación de la inteligencia humana. Y el gran motor para conseguirla ha sido nuestra tenaz búsqueda de la felicidad. Si no se explica bien este proceso, la moral resulta infundada, arbitraria y molesta. Por eso me ha parecido tan importante contar su historia.

Ha dicho que “no hemos conseguido desarrollar una emoción fundamental sobre el término democracia, como tampoco sobre el término Europa”. ¿Cómo habría que hacerlo?

No lo vamos a conseguir si primero no explicamos por qué la humanidad ha llegado, al cabo de los siglos y de innumerables sufrimientos, a construir los sistemas democráticos. No basta solo con saber racionalmente que es el mejor sistema posible, necesitamos recuperar el lazo que la une a la felicidad personal. Entonces conseguiremos transfundir emoción a la razón. Si fuéramos seres perfectamente racionales no lo necesitaríamos, pero la razón por sí sola carece con frecuencia de fuerza para mover a la acción.

¿Qué emoción domina a José Antonio Marina? ¿Y cuál le gustaría que le dominase?

En este momento me domina la preocupación y la prisa. ¿Por qué si somos tan inteligentes hacemos tantas atrocidades? ¿Estaré colaborando inconscientemente a que esto suceda? ¿Cómo podría colaborar para evitarlo? Esas son mis preocupaciones. ¿Qué emoción me gustaría que me dominase? No tengo ninguna duda: la alegría. La plenitud del ser humano no es el placer, es la alegría.

¿Qué hemos aprendido emocionalmente de la pandemia y a qué nos debería llevar?

Lo que hemos aprendido es que de la experiencia no aprendemos nada si no nos esforzamos por aprender.

¿Sigue preocupado por cómo hacer que la inteligencia se convierta en talento para lograr la felicidad y la dignidad? Por cierto, se oye mucho hablar de felicidad, pero mucho menos de dignidad.

Mis últimos tres libros, incluido El deseo interminable, intentan desarrollar una Ciencia de la evolución de las culturas, que nos permitiría comprender el presente y nos ayudaría a tomar buenas decisiones. Me gustaría que fuera una asignatura básica de todo nuestro sistema educativo, porque permitiría unificar y dar utilidad a todas las disciplinas humanísticas que están en trance de desaparición.

En España va avanzando en su aprobación la ley trans, que consolida la autodeterminación de género. ¿Tiene posición sobre ello? ¿El sexo debe dejar paso al género?

Sí, tengo posición sobre ello, y en El Panóptico he publicado Manual para navegar en la ley trans, y otros artículos relacionados. La distinción entre sexo y género me parece un progreso conceptual. El sexo es biológico y el género es cultural. Durante muchos siglos se consideró que lo cultural (los roles de género) eran también biológicos, lo que provocó tremendas injusticias hacia las mujeres. Pero considerar que el sexo también es cultural me parece un error filosófico y científico.

Seguro que ya trabaja en otro proyecto nuevo, si no en varios. ¿Qué le interesa de los grandes titulares del momento?

Sigo interesado en aplicar la psicología a la historia para comprender mejor el presente. Por ejemplo, me interesa el fenómeno del poder y de su ejercicio. Lord Acton dijo: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Tenía razón a medias. No es verdad que todos los políticos sean deshonestos y corruptos, pero sí es verdad que la búsqueda del poder y su ejercicio produce sesgos cognitivos y afectivos. Kant escribió: “No hay que esperar que los reyes filosofen ni que los filósofos sean reyes, como tampoco hay que desearlo, porque la posesión del poder daña inevitablemente el libre juicio de la razón”. Este es el tema que me gustaría estudiar. El poder político es necesario, los políticos son imprescindibles, pero están sometidos a “mecanismos perturbadores no conscientes” que deberían conocer. El aprendizaje de los políticos me parece un tema fascinante y urgente.

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