Que aprendan

10.08.2015 | 00:28

El Papa ha aclarado que los católicos que se divorcian no están excomulgados y esto ha sido noticia principal, al menos en nuestra "católica España". Ello quiere decir que en muchísimos católicos anidaba la convicción contraria, es decir, que cuando uno se casaba por la Iglesia y se divorciaba por lo civil (única forma posible de divorciarse) quedaba automáticamente excomulgado que, para un católico, es una situación de ruptura de la comunicación con la comunidad de creyentes y, en consecuencia, se queda excluido de los ritos de su fe, especialmente de su principal sacramento: la comunión. Para muchos creyentes esto era un verdadero problema de conciencia y en muchos casos causa de angustia. Esta excomunión sería de las que el Código de Derecho Canónico señala como latae senteciae, es decir, una pena aplicada automáticamente y sin mediar proceso jurídico alguno. Algo previsto para los pecados considerados por la jerarquía católica como más graves. Esta convicción se sostenía, al parecer, en la práctica habitual de negar la comunión a divorciados. Pues bien el papa Bergoglio deja claro que estas prácticas punitivas o represivas son propias de jerarcas más papistas que el Papa. No dice el Papa que el divorcio sea admitido por la Iglesia y que no se trate para los creyentes de un pecado. No. Solo que no lleva consigo la pena automática de excomunión, que aquí es lo relevante porque pecados, lo que se dice pecados, los cometen todos los católicos y no por eso son separados de su comunidad. De hecho los jerarcas de la Iglesia no se cansan de repetir y de reconocer que todos ellos son pecadores. Según el Papa, esto siempre fue así. ¿Por qué, entonces, las palabras de Bergoglio se consideran una especie de noticioso levantamiento de la pena general y automática de excomunión a los divorciados? No debe ser fácil saberlo pero parece que se pudiera deber a dos fenómenos: Uno, que cuantos más fieles haya y más fieles y sumisos sean a sus jerarcas, más los embridan y los reprimen y, dos, que cuanto más se generalice una práctica considerada pecaminosa y menos caso se haga a los jerarcas, más tolerantes y razonables se vuelven. Si esto es así, bueno será que los católicos aprendan.

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