Olivia Muñoz-Rojas Socióloga

"Podemos hubiera sido incluido en los acuerdos de la Transición"

"La entrada de los alternativos en las Cortes causó la misma sensación que los 'sans-culotte' en la Asamblea gala en 1792"

29.01.2016 | 01:16
Olivia Muñoz-Rojas Oscarsson.

Estudiosa de aspectos sociales como la indumentaria de los diputados, Olivia Muñoz-Rojas, de padre español y madre sueca, ha trabajado en proyectos culturales, educación comparada, prácticas de regeneración urbana o industria de la construcción de posguerra. Doctora en Sociología por la London School of Economics, donde impartió clases y a la que sigue ligada, vive en París. Allí, esta colaboradora habitual de 'El País' comparte el papel de madre e investigadora

-¿Hay una estética de la nueva política?

-Se ha hecho muy evidente la escenificación en la sesión constitutiva del Congreso de los Diputados: hay dos sistemas de la nueva política, que corresponden a los partidos emergentes, el alternativo y el de la neotransición.

-El primero resulta más llamativo.

-Sí, el alternativo es más claro y más fácil de identificar con Podemos. El segundo revela que hay una nostalgia de la Transición.

-Comparó la llegada al Congreso de Podemos con la entrada de los sans-culottes a la Asamblea Nacional Francesa en 1792.

-Se diría que causó la misma sensación, salvando las distancias. El revuelo, la reacción sobre todo ante las rastas parecía que era algo realmente revolucionario, de ahí la evocación a la Revolución Francesa. Sin embargo, la estética alternativa permea todo el espectro político porque hemos visto una especie de relajación general.

-Para Bono era escandaloso no llevar corbata en la Cámara.

-Si, y no hace tanto. Ahora es un fenómeno generalizado en toda la política europea. El escándalo que causó Varoufakis... Pero también Tsipras, con camisa clara y americana. O Renzi en Italia. Estas cosas que parecen superficiales revelan algo más profundo.

-¿Pablo Iglesias ante el Rey en vaquero y camisa, sorprendente?

-Hay una necesidad de escenificar esa representación del pueblo llano, de la gente corriente.

-¿Por qué esa necesidad?

-Es una respuesta al alejamiento de las élites políticas y económicas de los ciudadanos tras décadas de política neoliberal. Se supone que en una democracia contemporánea la gente tiene que sentirse representada por sus dirigentes, algo que se había perdido. Es como una necesidad de retomar el ágora.

-¿Eliminar prejuicios y acostumbrarse a ver diputados en pantalón corto y deportivas?

-No sé si se llegará a eso. Lo interesante es asumir que este sector de la izquierda tiene una voluntad muy fuerte de decir 'estamos aquí y representamos a la gente corriente, y la gente corriente se viste así y no pasa nada.' El Parlamento es la sede de la soberanía nacional, el espacio público por excelencia, y en un parque público se acepta que cada uno vista como quiera, con el límite de no ir desnudo y ahora estamos en la negociación de esos límites. Espero que sea indicativo de la voluntad de hacer las cosas de otra manera y se refleje a la hora de tomar decisiones y gestionar.

-Esperemos.

-Estamos en la sociedad de la imagen y los medios de comunicación lo alimentan. Llegará un momento en que no sea noticia y el foco vuelva a estar en la política, pero estamos en una situación nueva, están pasando muchas cosas y a la sociedad le pilla por sorpresa.

-Usted dice que esa estética repugna a la vieja derecha y hasta puede ser un obstáculo para un pacto investidura.

-La reacción más visceral y de rechazo viene del sector más conservador pero incluso esta vieja política conservadora está empezando a reivindicar la Transición. En la Transición lo que hubo fue un acuerdo entre todas las fuerzas políticas, incluso el Partido Comunista, que era lo más radical. Si estamos hablando de copiar esa Transición estaríamos hablando de un gran acuerdo entre todos los partidos políticos, incluido Podemos. Pero no, se habla de gran coalición entre PP, PSOE y Ciudadanos.

-¿Tratan de aislarlo?

-Claro, y resulta falso reivindicar la Transición, que hubiera incluido a Podemos. Hay esa especie de rechazo y repugnancia en el inconsciente colectivo hacia este paradigma estético alternativo, de la contracultura y antisistémico.

-Subyace "el odio, y el miedo, entre los señoritos y el pueblo llano" de 1936, escribe usted.

-Es en las dos direcciones, pero cuando oigo hablar a políticos conservadores, incluso a ciertos periodistas, percibo una visceralidad y una incapacidad de otorgar el menor crédito a Podemos, cuando son unos señores que, al fin y al cabo, han sido elegidos democráticamente. Eso no ocurre en otros países, por eso pienso que es algo muy visceral que subyace en el inconsciente y está sin resolver.

-Opone a la repugnancia de la derecha la arrogancia intelectual y moral de esta izquierda.

-Eso nos debería dar que pensar. Hay cuestiones de nuestra historia del siglo XX que aún siguen ahí y, cuando no resuelves un trauma, en momentos difíciles resurge.

-¿El pacto de la derecha en Cataluña con un partido antisistema es digno de admiración?

-Más allá del procés, hay una diferencia. Es llamativo que en la política nacional se hable de la necesidad de pactar y que en Cataluña haya dos sectores ideológica y estéticamente tan alejados capaces de hacerlo.

-¿Ese hecho ilustra que Barcelona está más a la vanguardia?

-Cataluña, y Barcelona, se han trabajado mucho la imagen. Barcelona, desde las Olimpiadas, juega la carta de ciudad más cosmopolita y abierta, que mira más a Europa que al resto de España. Y Cataluña, en su conjunto, sigue esa senda. Ha calado en sus élites políticas y económicas y hay más flexibilidad y aceptación de este tipo de fenómenos estéticos. Madrid, quizá con excepción de la efervescencia de la Transición, ha sido una ciudad más conservadora y convencional.

-La nostalgia de la Transición. Y la llegada del cuadro El abrazo, de Genovés, al Congreso.

-No entiendo que estuviese guardado tantos años en el Reina Sofía. El abrazo es la representación perfecta de esta nostalgia de la Transición, que revisa el pasado de forma restauradora, interesada e idealizada, y no en su complejidad.

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