Se reitera con cierta frecuencia que la juventud actual es la generación mejor preparada de nuestra historia, afirmación que suele plantearse en cuatro sentidos: como timo; como interrogante ¿lo es realmente?; como una indiscutida aseveración; y, partiendo de que dicha generación es la más capacitada, se califica como un drama que nuestros jóvenes de hoy tengan tantos problemas a la hora de encontrar empleo.

El más duro de los planteamientos es que hablar de la generación más preparada de la historia es un timo. Si fuese verdad, nos habríamos educado en valores, querríamos ser científicos, investigadores, matemáticos... y no youtubers o frikis analfabetos funcionales (Diario La Razón 30-8-2017).

Como adivinan por el título del artículo, yo no soy tan duro como los que hablan de timo, estoy con los que dudan de que estemos ante la juventud mejor capacitada de nuestra historia, por las razones que expongo más abajo. En una línea parecida se manifiesta Pedro Lechuga, el cual afirma que “la generación de los jóvenes y no tan jóvenes de hoy ni es la mejor preparada de la historia, ni tampoco la peor. Tiene sus virtudes y sus defectos como cualquier generación anterior y futura” (La Nueva Crónica de León, 25-1-2018).

Hay otros, sin embargo, como Mar Villasante, que considera que “España cuenta con la generación mejor formada de su historia, al menos sobre el papel de los datos cuantitativos. Para empezar, porque nos encontramos en tasas máximas de población que cursa estudios superiores. En concreto, casi uno de cada tres jóvenes de 18 a 24 años. Todos ellos suman más de 1,5 millones de estudiantes de grado y postgrado en 84 universidades de las que salen cada año alrededor de 200.000 egresados”. Y añade que “somos el país de la OCDE con más universitarios respecto a la generación de sus padres” (El Mundo, 15 de junio de 2018).

Finalmente, Domingo Soriano, bajo el título “El drama de la generación mejor preparada de nuestra historia”, escribe que “en estos momentos hay más licenciados y estudiantes en las universidades españolas que nunca. Muchos menores de treinta años no sólo tienen un buen nivel de estudios. Además, saben inglés, han viajado, dominan las nuevas herramientas informáticas y tienen una preparación similar a la de sus coetáneos europeos. Sin embargo, el paro juvenil en España sigue liderando las estadísticas en la eurozona y triplica o cuadriplica el nivel de sus vecinos más ricos” (Libertaddigital.com, 9 de febrero de 2011).

¿Qué hay de cierto en las opiniones que anteceden? Lo primero que debe señalarse es que la palabra “más” es un adverbio comparativo que denota superioridad. Por lo cual, calificar a una generación de jóvenes como la más capacitada de nuestra historia significa que se considera que no hubo antes en España ninguna otra generación como la actual tan habilitada para algo (capacitar es, según el Diccionario de la RAE, “hacer a alguien apto, habilitarlo para algo”). ¿Es cierto?

Si nos atenemos a las cifras de los que cursan estudios, hoy hay más estudiantes que nunca. Lo cual no puede atribuirse solo a que veníamos de un nivel educativo muy bajo, sino a otros dos fenómenos de nuestro tiempo que no pueden ignorarse: que los estudios, sobre todo los universitarios, se han abierto a todas las capas sociales y que las familias en general han invertido en los últimos años más recursos que nunca en la formación de sus jóvenes.

Ahora bien, siendo cierto, numéricamente hablando, que hoy más estudiantes que nunca, no sé si puede equipararse el dato del mayor porcentaje de estudiantes con el hecho de que la actual generación sea las más capacitada de nuestra historia. Quiero decir, que la mayor capacitación no es tanto una cuestión del número de estudiantes cuanto de la preparación de cada uno de ellos. Lo que quiero decir es que una generación no está más capacitada que otras porque tenga el mayor número de universitarios, sino porque tengan un nivel medio de preparación que esté por encima del de las generaciones anteriores. Y esto me parece, al menos, muy discutible.

Y es que es muy importante saber inglés, pero lo es más tener una sólida formación en la materia de que se trate, ya que es más fácil adquirir unos conocimientos aceptables de inglés que convertirse, por ejemplo, en ingeniero nuclear o biomédico, sólidamente formado.

Desde mi experiencia universitaria directa e indirecta, manifiesto que hoy hay jóvenes con una altísima capacitación, que es superior a la obtenida por generaciones anteriores, porque, además de su alta capacidad, han sabido aprovecharse de los importantes medios que tuvieron y tienen a su alcance. Pero con la misma sinceridad debo reconocer que, fuera de ese 30% de estudiantes de primerísimo nivel, los demás o están menos que medianamente capacitados (el 50%) o muy deficientemente formados (el 20% restante).

Lo más relevante de todo es que los defectos de formación de este amplio porcentaje de universitarios los arrastran desde las etapas anteriores. Créanme que me gustaría afirmar otra cosa, pero no exagero un ápice si digo que son muchos los alumnos que no saben estudiar, que no han sido instruidos en que los textos, más allá de las palabras, contienen ideas y que es la comprensión de esas palabras la que permite descubrirlas y entenderlas. Y algo más: entender no equivale a saber. Se puede comprender una idea, pero no se sabe hasta que no queda fijada en el caudal de conocimientos del sujeto.

En resolución, opino que el alarmante desempleo juvenil no solo es consecuencia de la falta de puestos de trabajo. Es verdad que hay menos puestos de trabajo que demandantes de empleo. Pero también lo es que el paro juvenil se debe a que no hemos capacitado suficientemente a la mayor parte de esa generación de jóvenes. Excepto la minoría ya reseñada que está muy capacitada (30%), a los demás la educación e instrucción que recibieron no les llega para ingresar de inmediato en el mercado laboral.