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La Opinión de A Coruña

Juan Gaitán

Invierno en rojo

Algún día recordaremos aquel invierno en que nos llovió el desierto. Las ciudades amanecían como si la atmósfera hubiera ardido y, tras el incendio, solo hubiese quedado una capa de ceniza cárdena depositada sobre las cosas.

Sí, puede que algún día recordemos aquel invierno en que la calima de la guerra tiñó el viejo suelo de Europa otra vez cuando ya nos parecía que aquello era cosa de un pasado irrepetible. En Ucrania siguen cayendo bombas, matando a gente que hace cola para comprar el pan. Las grandes cuestiones se explican, siempre, desde lo pequeño. El mundo solo puede ser interpretado con una sinécdoque, y esta es la de esta guerra injusta: Mientas buscas un poco de pan te matan. En el momento en que escribo Rusia y Ucrania negocian la paz, pero el agresor no deja de agredir. Si se firma será una paz ensangrentada, y cualquiera sabe que ese tipo de paz nunca es una paz del todo, porque sobre la sangre flota siempre el polvo rojo del rencor.

Sí, sin duda alguna vez recordaremos el año aquel en que nos llovió el desierto para alejar el fantasma de la sequía, que es como si el fuego hubiera venido a salvarnos de un incendio, mientras al otro lado del océano, donde no podía llegar el polvo bermejo, tiroteaban en la puerta de su casa, delante de sus hijos, a Armando Linares López, director del Monitor Michoacán. Ocho periodistas mexicanos han muerto en lo que va de año (ciento cincuenta y uno desde el 2000) y cinco reporteros de distintos países han caído ya en la guerra de Ucrania. Este mester de juglaría siempre fue un oficio arriesgado. Ya decía Sebastián de Covarrubias que los juglares “llevaban la vida jugada y a mucho peligro”. Nuestro mayor riesgo fueron siempre los poderosos. Cuenta Menéndez Pidal en su Poesía juglaresca y juglares que al pobre Giraut de Bornelh, después de que el rey Alfonso VIII de Castilla le regalase un soberbio palafrén y muchas joyas, en cuanto pisó el reino de Navarra el codicioso rey de aquellas tierras le hizo robar todo, incluso la ropa, “y al pobre no le quedó más consuelo que componer una delicada pastorela en que tres muchachas cantan lamentando el daño, la desmesura y la malicia que triunfan de la alegría y del buen solaz”. El pobre Giraut supo antes que Machado que “se canta lo que se pierde” y volvió poesía su desgracia. Eso fue a comienzos del siglo XII. Poco hemos cambiado. Los juglares seguimos haciendo lo único que sabemos, cantar lo que vemos. Ahí está el coraje de Marina Ovsyannikova para demostrarlo, jugándose la vida para contarles la verdad a sus paisanos armada con un cartel y el valor de la verdad.

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