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La Opinión de A Coruña

José Manuel Ponte

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José Manuel Ponte

Zelenski, el papel de su vida

Desde el atrevimiento que me otorga mi absoluta ignorancia del arte de la guerra, (si es que puede calificarse de artística la matanza de seres humanos y la destrucción casi completa de las edificaciones que habitaban) debo de confesar que no puedo aventurar cuál de los bandos en liza acabará ganando. Aparentemente, lo son Rusia y Ucrania, aunque gente más enterada apunta que el enfrentamiento se produce entre Rusia y los separatistas prorrusos de la región del Donbás y entre Ucrania y la OTAN, es decir entre Ucrania, Estados Unidos y sus países satélites (España incluida en la relación). En un primer momento la mayoría de medios nos dijeron que la invasión del territorio ucranio lanzada por Rusia duraría pocos días, dada la aplastante superioridad del ejército ruso. Para sorpresa general, los ucranios, que no podían utilizar aviones de combate para no provocar la entrada en su espacio aéreo de aviones de la OTAN, y con ellos la extensión internacional de la guerra, resistieron el primer embate. Y tan eficazmente lo hicieron que los mismos expertos que habían pronosticado una guerra corta pasaron a pronosticar una guerra larga, sin dar más detalles sobre las razones de su cambio de criterio. Y en esas llevamos algo más de un mes, bombazo viene y bombazo va. Un espacio de tiempo en el que quienes capitanean el ejército propagandístico de los “buenos” (para entendernos) se han apuntado varios éxitos. Si es que pudiéramos calificar de tales el descubrimiento de supuestas matanzas, violaciones masivas, torturas y otros crímenes de guerra atribuidos a la legendaria crueldad de los soldados rusos, al frente de los cuales destaca un general conocido por el sobrenombre de “el carnicero de Siria”, en razón de las tropelías cometidas en la guerra civil de aquel país. Capítulo aparte, en este despliegue propagandístico, merece el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, un actor cómico que adquirió fama universal con sus apariciones en televisión con un formato parecido al utilizado por el venezolano Hugo Chávez, aunque más corto y más contenido. Los guionistas eran buenos; el vestuario, una sobria camiseta militar sin condecoraciones ni bordados, destacaba sobre el envaramiento encorbatado de su mayor enemigo, Vladímir Putin. Y él, entretanto, estaba bordando el papel de su vida frente a la cámara. Dicen, los que entienden de estas cosas de la imagen y de la publicidad, que lo importante es que la cámara te quiera. Si eso es cierto, no cabe duda de que al señor Zelenski las cámaras lo quieren mucho. Al menos, de momento. Una vez pasado el enamoramiento, lo habitual es que la pasión decaiga y queden al aire los defectos que estaban ocultos. Esa imagen de Robin Hood moderno puede empezar a desvanecerse en cualquier momento. La guerra de Ucrania nos ha permitido observar el comportamiento de dos escuelas propagandísticas. La del dirigente ucranio, directa y sin bajar la mirada; y la del presidente ruso, alejando a su invitado en la cabecera de una mesa larguísima, de esas que precisan de un teléfono para entenderse.

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