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La Opinión de A Coruña

el correo americano

Lecturas necesarias

José F. Peláez, un agudo columnista de ABC, celebraba en uno de sus artículos que un diario progresista como El País decidiera proporcionarle un espacio al escritor conservador Ignacio Peyró. De ese modo los lectores de este periódico, además de disfrutar de los textos de un refinado prosista, pueden asomarse también a una tradición política distinta y quizás se cuestionen en ocasiones algunos de sus prejuicios. Es una práctica muy recomendable, la de leer a los que no piensan como uno, y con ella se introduce también algo de higiene en la política española, últimamente envenenada por el tribalismo de los unos y los otros. De los unos contra los otros. Aunque por desgracia esto suele ser la excepción. Lo que predomina es la militancia y el sectarismo, en buena medida porque los ciudadanos, que no son inocentes en esto, también lo demandan. Se escucha, en fin, lo que se quiere escuchar.

A unos cuantos lectores, por ejemplo, les irrita la firma de Vargas Llosa en el periódico de Prisa con independencia de lo que defienda el novelista en su página dominical, pues lo asocian con la derecha, es decir, el enemigo. De ahí que al Premio Nobel, antes de concedérsele el derecho a cambiar de opinión (estando o no de acuerdo con ella), se le atribuyan tantas apostasías incomprensibles, como si bajo su pensamiento solo pudiera subyacer un plan siniestro. En Estados Unidos los grandes periódicos como el The New York Times y Washington Post suelen albergar en sus páginas de opinión voces que disienten en muchas ocasiones de su línea editorial. David Brooks y George F. Will son los ejemplos más obvios. La empresas periodísticas ganan credibilidad y los lectores se familiarizan con la discrepancia civilizada. Ahora, debido a las presiones que se ejercen en las redes sociales y el entusiasmo que muestran las turbas anónimas por las cancelaciones, resulta más difícil sobrevivir en el territorio del adversario.

Lo cierto es que no hay mayor elogio que el de ser leído a pesar de las ideas que uno manifiesta. Como lo fue el tan extrañado David Gistau, quien acumuló legiones de lectores en lugares y contextos muy distintos, desde las oficinas de FAES hasta los gimnasios de boxeo, tras haberse ganado el respeto con su honestidad intelectual y la solidez de su estilo. Abrir un periódico y hallar en él nombres que no encajan en el proyecto ideológico de la empresa no solo enriquece el debate público sino también la sobremesa, pues espanta a los cuñados de diversas procedencias. El problema es que un buen número de consumidores de medios quiere un periodismo hecho a su medida. Suelen ser los mismos que luego lamentan la decadencia del oficio. Lean a Peyró, a Vargas Llosa y a Peláez, sobre todo si no está de acuerdo con ellos.

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