Hoy quiero volver a hablarles sobre la soledad, seguramente la gran lacra de Occidente en el siglo XXI. Y no porque esta sea exclusiva de este período navideño, pero sí porque cuando todo el mundo se reúne en la mesa en la Nochebuena, canta más... No lo haré desde un punto de vista censor, ni siquiera crítico, porque no soy nadie para meterme en la vida de los otros. Pero sí que quiero ofrecerles una fotografía que da muchas de las claves de nuestra sociedad de hoy. Y que, a mí particularmente, me preocupa.

Y es que la idea fuerza que hoy me transmiten, y que sirve de base para hilvanar estas líneas, tiene que ver con tal soledad. No con cualquier tipo de la misma, sino con la que está ligada al edadismo imperante en nuestra sociedad.

La soledad de aquellos mayores que, por diversas circunstancias, pasan tan solos sus últimos años, y que se evidencia en unos días especialmente sensibles. Una realidad casi nunca deseada pero que, por la vía de los hechos consumados, termina convirtiéndose en algo a lo que se resignan muchos de nuestros más longevos conciudadanos y conciudadanas.

Me lo cuentan, porque les ocurre a muchas de las personas institucionalizadas, que viven en establecimientos especializados. Un tipo de recurso absolutamente indispensable, y que tiene su lógica y su aporte a la sociedad, pero que con frecuencia se usa incluso en los casos en que quizá no sea el óptimo para el usuario. Les he contado más veces que soy de los que piensan que, en principio, no se está en lugar alguno como en la casa de uno. Y que entiendo que únicamente cuando tal opción no es en absoluto viable, hay que pensar en otro tipo de solución residencial. Pero con tino y cuidado, porque terminar viviendo en Luintra porque allí hay plaza disponible —pongamos por caso— cuando uno ha desarrollado toda su existencia en A Coruña, implica desarraigo. Hay otras posibilidades. Muchas veces un apoyo puntual o el acudir a un centro de día pueden tener mucho mayor recorrido y procurar mayores satisfacciones para el mayor. Y contribuir a paliar la situación de soledad que quizá se generaría de otro modo.

Me da la impresión que, a partir de la crisis desatada por el advenimiento de la COVID-19, nuestra sociedad se ha vuelto aún más líquida. Esto es, con menos lazos sólidos. Y esto afecta a las familias, que cada vez son menos compactas, y que llegan a olvidar a sus mayores a partir de que estos no son del todo autónomos. Craso error. Porque aunque alguien se exprese de forma repetitiva, y quizá aunque todas sus palabras no sean de una coherencia extrema, tiene mucho que contarnos. Los mayores son la memoria viva de una sociedad en marcha, y por tanto son clave para centrarnos, para recordarnos los errores pasados, vitales a la hora de entender las oportunidades futuras. Y los jóvenes que crecen bajo el paraguas de sus abuelos suelen integrar tal memoria en el caleidoscopio de sus propias creencias, ligadas a valores, prácticas, ideas y actitudes.

Obviamente, esto no es una ciencia exacta. Y habrá quien encuentre mil y una excepciones a todo ello. Pero no hablo por hablar, sino como resultado de la escucha de muchos profesionales especializados en la atención a mayores, en mi contexto profesional de la gestión social.

Personal de residencias, pero también de centros de día, de dinamización sociocultural, del trabajo social y de otros ámbitos temáticos. Personal que convierte cada día su jornada en una tabla de salvación y un apoyo a los usuarios con los que trabajan, pero que notan que la soledad avanza cada día más, ganando terreno a la esperanza... A una sociedad más inclusiva.

Bueno, ya me dirán qué les parece. Esto es lo que me inspira a mí este día, en que se recuerda a quienes sufrieron desde la inocencia. Esta es la sensación que hoy tengo a veces cuando pienso en el limbo al que somete nuestro sistema a quien un día nos mostró el camino...