Seguimos, queridos y queridas, navegando en las turbulentas aguas de 2023. Y lo digo de forma literal, si me atengo a lo que veo mientras escribo estas líneas, que no es otra cosa que el bravo mar de A Frouxeira mostrando toda su fuerza y provocando una preciosa estampa, que contemplo en su totalidad desde el lugar en que me encuentro. O también en sentido figurado, analizando muchos de los aconteceres a lo largo y ancho del planeta, o fijándonos en las dinámicas domésticas y en la sempiterna lucha improductiva y fuera de foco a la que se nos tiene acostumbrados desde nuestra esfera política partidista y partidaria. Turbulencias, pues… Y, ya saben, a río revuelto… ganancia de pescadores.

Pero no se engañen, no todos ganan en estas aguas difíciles. Más bien, todo lo contrario. Porque por si algo se ha caracterizado el último tramo del siglo XX y este primer cuarto casi completado del XXI es por brutales dinámicas de concentración de la riqueza. Algo nunca visto, y que se recrudece merced a los potentes instrumentos tecnológicos actuales, así como a la consolidación de una comunicación planetaria en tiempo real, una cultura más convergente y a la agregación de los diferentes mercados para conformar uno solo. Hoy la mundialización económica nos presenta su peor cara: aquella que hace que quien parte de la posición dominante tenga la capacidad de aglutinar la mayor parte de la generación de valor, de forma imparable. Y que, consecuentemente, sus posibles rivales queden con frecuencia destruidos, aplanados por el rodillo del invencible. Tiempos difíciles para la lírica…

La concentración de la riqueza, como les digo, ha crecido sin parar. Lo cierto es que mientras los ingresos del noventa y nueve por ciento de la población se han deteriorado como consecuencia de la crisis económica, en buena parte subsiguiente a la pandemia de COVID-19, las diez personas más ricas del mundo han duplicado su fortuna. Alguien puede entender, de forma candorosa, que esto es fruto del azar o de la buena gestión y planificación de los agraciados por este fenómeno. Pero me temo que no es así: como les digo, la propia dinámica del sistema nos lleva a ello, siendo muy difícil competir. Es por eso que, desde organizaciones como Oxfam Internacional, se promueven reflexiones concienzudas y sosegadas sobre cómo revertir tal tendencia, que a la postre terminará ahogando a la sociedad. Y de eso no tengan duda, porque un grupo humano profundamente asimétrico tiene muchas papeletas para su desintegración, o bien para la instauración de formas de organización no precisamente democráticas.

Son muchos los elementos sobre los que hay que pensar, y cada uno de ellos da para hablar largo y tendido. El caso es que tanto los sistemas de gestión del poder en la toma de decisiones económicas, como los modelos fiscales vigentes hoy están perpetuando y agravando lo que no es más que la antesala de un gran colapso. Y esto es así porque la paulatina destrucción del segmento socioeconómico medio coarta la propia posibilidad de reequilibrar una sociedad cada vez más rota. Algo que los números demuestran y los hechos históricos corroboran, por encima de cualquier ideología.

Es por eso que creo que todos y todas estamos llamados a repensar qué mundo queremos y por qué. Todas las personas, insisto, incluidas aquellas a las que no les va nada mal según el paradigma actual. Y, ¿saben por qué? Porque si las cosas siguen así, esto se torcerá para todos. No olviden que el poderío económico precisa de una cierta masa crítica de retorno del capital a las familias, para que estas puedan ser también un actor relevante en el sistema. Si las mismas ven menguar cada vez más su poder adquisitivo, ¿para qué le sirve a alguien ser el rey de la producción y venta de determinado bien de consumo o de servicios? Y es que quemando el campo, no quedarán ya margaritas... La dinámica económica precisa el buen funcionamiento y la oxigenación regular de las posiciones de todos. Y que unos puedan ganar más, por su capacidad de innovación, su ingenio o incluso su “estar ahí donde se produjo la oportunidad” es asumible. Pero de eso al despiporre actual, con ratios de inequidad que cada vez superan más a la ya muy alarmante situación previa, va un mundo, ¿no creen? Y esto hay que pararlo.

Mención aparte merece el dogma, ya bastante cuestionado, del eterno crecimiento. Eso ya se sabe que hace aguas, y que su machacona aplicación durante décadas nos está trayendo ya grandes problemas. Pero no es necesario abandonar completamente la economía de mercado, introduciendo matices y reforzando su control, para conciliar esta y la fuerza de la iniciativa privada con un panorama de mucho mayor equidad y una creación de recursos más permeable a toda la sociedad. Para ello solamente hay que abordar una reparametrización inteligente, consensuada y orientada a resultados de algunas de las condiciones de contorno que gobiernan la dinámica de la generación de riqueza, desde una visión a largo plazo. Y eso es posible, si hay voluntad. Sin grandes cambios y sin dramas como a los que nos llevará, sin duda, la tendencia hoy generalizada de una cada vez mayor concentración de los recursos.