Buenos días en esta nueva edición del periódico. Aquí seguimos, oigan, y con una hipótesis de partida que no les va a dejar indiferentes. Y esta es una petición expresa de un menor nivel de hipocresía en la sociedad. Y es que no se puede tolerar el que miremos para otro lado cuando no nos conviene... Y es que son muchas las veces en que se predica hasta la extenuación, por un lado, y luego se actúa justamente al revés, cuando intereses y otros elementos ajenos a la idea central de la argumentación primitiva entran en juego...

En el mundo de la generación de energía, por ejemplo, esto es notorio, y a mí me deja perplejo. Centrales de carbón que se planea desmantelar por sus enormes emisiones de dióxido de carbono... hasta que el paradigma económico —que no medioambiental— cambia, de forma que aún con el peaje que han de pagar por su alta contaminación, salen de nuevo rentables y se vuelven a poner en marcha... Pero... oigan... ¿el tema no era el medio ambiente? ¿No hablábamos de una situación ya crítica en términos de emisiones? ¿O solamente era... dinero? ¿En qué quedamos?... Obviamente, expresado así es una simplificación, pero muchos de los mimbres con los que se construye la actualidad no aguantan una revisión concienzuda desde una orientación real a los resultados pretendidos. ¿Por qué? Pues porque lo que un día se esgrime como una acción inaplazable e imprescindible, al día siguiente ni se nombra. Y esto tiene que ver, en muchos casos, con varas de medir de longitud variable, argumentos poliédricos y valores de quita y pon. Comportamientos hipócritas.

En clave mucho más cercana a las personas, esto también ocurre con las tendencias recientes de la industria del automóvil, en un contexto de casi verdadera guerra de emergencia contra las emisiones contaminantes. No hará falta que les recuerde que tal escenario se ha cobrado una primera víctima, la antes venerada tecnología Diesel, sin que se hayan podido expresar muchos matices, que “haberlos, hailos”... Por lo de pronto, pienso aquí en algún Diesel que —por su avanzada tecnología a un precio muy competitivo—, verificaba ya en su día las exigencias de la normativa europea, sin emplear aditivos de urea. Y que, comparativamente, sonrojaría hoy a muchos motores de gasolina. Motores estos últimos que, no lo olviden, también emiten a la atmósfera óxidos de nitrógeno desde que, vía aumentos de presión y temperatura, han jugado a emular a los primeros.

Pero hete aquí que, así las cosas y en este momento crítico y con la industria patas arriba, en los últimos tiempos no ha habido problema alguno en poblar nuestras ciudades y carreteras de vehículos “SUV”, una especie de remedo de los “todoterreno” sin renunciar al confort y pensados, sin embargo, para entornos mucho más urbanos. Tales “vehículos utilitarios deportivos” se han multiplicado por doquier, incluso en versiones eléctricas e híbridas, cuando lo paradójico es que son, por definición, lo más ineficiente que existe. Porque aunque con la tecnología híbrida su consumo baje respecto al gasolina puro de tales características, el mismo muchas veces va a duplicar el de un turismo común. Y sus emisiones, aún así más reducidas, se disparan si comparamos su impacto con el de otros motores que también sabemos hacer, pero que no están pensados para desplazar la masa descomunal de uno de estos “bichos”, con su infernal aerodinámica. Y lo peor, en la cima del despropósito, esos sofisticados “SUV” de marcas carísimas y motores exagerados a los que se les ha dotado de un minúsculo motorcito eléctrico que, vadeando —¿o burlando?— el espíritu de la Ley, les faculta para meterse ¡en las zonas más restrictivas de emisiones, como los centros de las grandes ciudades! La realidad es que, por su consumo, dimensiones, aerodinámica y desplazamiento el impacto de un “SUV” siempre será mucho mayor que el de un turismo convencional moderno. Y, entonces... ¿estamos hablando de medio ambiente o de segregación de personas, según quien pueda permitirse o no tal modelo de automóvil desde un punto de vista meramente crematístico? Es evidente que da para reflexionar...

Pero la hipocresía siempre lleva a la impostura. Y esta, por definición, no se puede mantener demasiado en el tiempo. Por eso es bueno que las costuras de la misma salten, y siempre lo hacen desde dentro. En tal sentido son alentadoras las palabras del máximo responsable de Citroën, Vincent Cobée: “Al igual que los dinosaurios, el SUV también morirá”. ¡Claro! Es que ¡eraaa evidenteee! Al margen de que él lo exprese en plena campaña de promoción de su tecnología eléctrica —que da también para bastantes análisis—, lo cierto es que, mientras andemos huérfanos de tecnologías “diez” —que hoy no las hay como alternativa real a los motores de siempre—, lo virtuoso es ser, al menos, comedidos en consumo, emisiones y coste energético de fabricación. Y el SUV se lleva los peores puestos en tal clasificación...

En fin... Nunca es tarde para aprender. Y, en este sentido, me reafirmo en lo que ya he expresado otras veces, y que ahora parece que empieza a ser planteado desde la industria, aunque aún de forma tímida: el SUV ha sido un despropósito desde su eclosión. Ojalá podamos entenderlo todos, y reconducir la situación creada, lo antes posible, orientando las acciones a sus objetivos reales, sin mucho mayor aditamento.