La Opinión de A Coruña

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Arturo Pérez-Reverte Escritor, visita A Coruña por la publicación de su libro ‘El problema final’

“Yo no tengo talento para hacer una novela policial buena, tenía que saquearlo de quienes tenían ese talento”

Arturo Pérez-Reverte posa, ayer, en el hotel María Pita. | // VÍCTOR ECHAVE

Arturo Pérez-Reverte entró un día en una librería y vio una mesa llena de libros de novela negra. Ahí pensó que había quedado “al margen” la novela-problema y se fijó el “desafío” de escribir una de esas historias que recuerdan a Agatha Christie. El resultado es El problema final, que ha estado promocionando en A Coruña.

Dice uno de sus personajes que los autores copian recursos de otros. ¿Lo ha hecho usted en esta novela? En la novela policial, absolutamente.

Agatha Christie desarrolló todas las situaciones posibles. Es una especie de panoplia o manual de todo, del que coges trucos.

Hasta los de la novela negra también lo han hecho. Yo esta vez lo he hecho de una manera absolutamente deliberada y clara. Como una especie de barman que coge bebidas hechas por otros, pero quien las agitas eres tú. La novela es eso, es un cóctel hecho con todas las recetas canónicas de la novela-problema clásica antigua. La cosa era ver si una novela que estuvo muy de moda hasta los años 20 o 30 y que fue sustituida por la novela negra funciona para un público de ahora. Una novela que requería más intelecto que músculo, más reflexión que puñetazos o crímenes o chapoteo de sangre. Ese era el desafío.

¿Qué ha leído en este año y medio para crearla?

Todo. He releído mucho, yo empecé leyendo este tipo de novela justamente y de aventura. Y he leído cosas que no había leído, cosas que no conocía. De alguna manera es como ir al colegio, apuntando, buscando trucos, referencias, subrayando, yendo a los lugares... Ya con una estrategia ya determinada. El objetivo era engañar al lector, hacerle trampas. Hay dos tipos de lector para esta novela: El lector ingenuo, normal, y el lector perverso, que ha leído muchas novelas de estas, que conoce mucho cine de este y, entonces, jugar con lo que él sabe. Esa especie de cluedo, de jugar con lo que el lector sabe y que disfrute, diciendo este tío me está queriendo llevar por aquí. En ese juego, de hecho, incluye referencias cinéfilas y algunas ni siquiera existen, las ha inventado.Sí. Muchas me las invento. Por eso, además, el actor, que es Basil Rathbone, no es él, es un trasunto de él. Yo necesitaba la libertad de poder manipular. Un novelista no es un historiador ni es un notario. Un novelista es alguien que está creando cosas a partir de otras que existen ya. Su imaginación, su lectura y su vida. He manejado todos los elementos, pero manipulándolos yo, para mi lector, para mi objetivo. Han sido herramientas eficaces para narrar la historia. Yo no tengo talento para hacer una novela policial, tenía que saquearlo de quienes tenían ese talento. Mi talento solo ha sido el combinar todo eso para que funcione hoy.

¿El problema final es una reivindicación de la novela-problema?

No es una reivindicación, es un ejercicio personal. Sí hay una sobredosis de novela negra. Cuando se puso de moda la novela nórdica policía, todos empezaron a imitarla. Pero eso ha pasado siempre. La novela-problema antigua murió porque se imitó muchísimo. Después llegó la novela negra y también se imitó muchísimo. Igual que con la de espías. De todo se abusa. Quise rescatar la novela de antes para un público de ahora. No pretendo hacer homenaje al género, pretendo pasármelo bien. Durante un año y medio, leo, trabajo, viajo, como, imagino, recuerdo, mezclo cosas... Eso es lo bonito. Y después que el lector disfrute de lo que yo he disfrutado.

Pero, ¿le aburrió la novela negra?

No, me gusta mucho. Hammett, Chandler o Patricia Highsmith son magníficos. Pero como ahora hay mucha novela negra, quería hacer este otro tipo de novela. Yo ya tomé elementos de novela policial en La tabla de Flandes o El club Dumas, pero una novela policial pura y dura como las de antes no la había hecho nunca y tenía muchas ganas.

¿Lo más importante es el cómo?

Absolutamente. En la novela negra, lo que importa es quién lo ha hecho y por qué. En la novela-problema, lo que importa es cómo lo hizo, que es lo bonito, es decir, tú se sientas a pensar, a dialogar, a discutir, a reflexionar, no a actuar. Me apetecía volver a eso. Ahora todo son persecuciones, tiros, teléfonos móviles, puñetazos, disparos, mujeres espías, hombres espías... Me apetecía gente tranquila, elegante, educada, y que resuelven un problema matemático. Es como jugar al cluedo.

Y al lector le resulta imposible adivinar quién es el asesino.

Sí, no lo sabe. Mandé la novela a la editorial sin el último capítulo para saber si funcionaba. Ninguno lo adivinó. Y hay gente en la editorial muy lista y muy lectora. Mis trampas funcionaron, así que ya me quedé tranquilo.

También tiene un toque de humor.

Sí. Tiene mucho humor. No es de carcajada, pero el lector que la lee de una manera cómplice, sonríe muy a menudo porque se da cuenta de cómo busco su complicidad y le hago trampas.

La novela está situada en 1960 pero su idea es llegar a un público moderno. ¿Le preocupa que cada vez la gente lea menos?

Se lee menos, evidentemente, pero no es ninguna tragedia. El mundo cambia y hay formatos diferentes como los audiolibros o videojuegos. Al joven le gusta más ser un gamer que un lector. El mundo va cambiando. Yo tengo 71 años, así que todavía tengo un núcleo de gente que me va a leer. Todavía me muevo en ese terreno. Siempre habrá gente que cuente historias aunque cambien los soportes.

¿Es también un guiño a las novelas de kiosco?

Sí. La gente no habla mucho de eso, pero eran novelas policiales y del oeste baratas y algunas estaban muy bien. Eran muy populares y crearon a muchos lectores. Eso era muy bueno y muy digno. Quería hacer un homenaje, ahí sí, a ese tipo de literatura, de kiosco, que alguna era muy talentosa.

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