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Luis Carlos de la Peña

Valores en revisión

La encuesta del Instituto Nacional de Estadística sobre el uso de idiomas en nuestro país indica que el gallego pierde terreno como lengua vehicular entre los jóvenes. Solo los mayores de 60 años se muestran como la franja de edad que lo utiliza, mayoritariamente todavía, en el ámbito familiar. Ambas referencias, la de los menores y mayores, señalan los extremos del arco en la tendencia quizá irreversible en la concreción de una cuestión tan capital como el idioma en que pensamos, escribimos o nos comunicamos con nuestro entorno.

Es cierto que la encuesta también revela que somos la comunidad con menor conocimiento del inglés, cuestión esta que abre inquietantes interrogantes sobre nuestras capacidades para manejarnos en la hoy lengua franca del mundo global, pero el retroceso en el uso y conocimiento del gallego, de manera singular entre los jóvenes ya escolarizados en esta lengua, muestra la dificultad de organizar el mundo desde las leyes educativas, el voluntarismo de las élites culturales y políticas o, incluso, el más amplio y pacífico consenso social.

El presidente de la Real Academia Galega, Víctor Freixanes, ha señalado los ámbitos de socialización —ajenos al familiar— como los más refractarios al uso del gallego. Sin embargo, en los propios hogares, los menores de 20 años que se expresan en castellano triplican ya a los que lo hacen en la lengua vernácula.

Es una tendencia que se observa tanto en Euskadi como en Cataluña y que lejos de encontrar un fácil culpable a quien cargarle el muerto, muestra lo permeable del sistema de valores que hemos construido con muy cuantiosos recursos y el libérrimo pragmatismo utilitario con que, jóvenes y mayores, ordenamos nuestras vidas.

Salvando todas las distancias, sirva como colofón a esta reflexión el reportaje que publica un diario de ámbito nacional bajo el ilustrativo titular: “¿Ir a un museo? Ni de coña”, donde el arte se sitúa a la cola de los planes de ocio en nuestro país, también entre los jóvenes.

Un caso más donde ni la enorme y carísima infraestructura cultural pública creada, ni el marketing turístico, ni la proliferación de expresiones artísticas capaces de seducir a las más variadas sensibilidades, consiguen esquivar lo que puede interpretarse como una revisión en profundidad de muchos de los valores culturales y políticos construidos en el último medio siglo.

El uso del gallego, del inglés y hasta el disfrute del arte muestran el efecto limitado del canon comúnmente aceptado si bien, la búsqueda de la excelencia tampoco fue nunca aspiración de mayorías.

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